Hablar de Capcom en la actualidad es hablar de una compañía que no solo ha encontrado estabilidad, sino que ha sabido reinventarse constantemente en una industria que castiga la repetición. En la última década, la firma japonesa ha logrado consolidarse como una de las desarrolladoras más confiables del mercado, con un catálogo que no deja de sorprender por su consistencia. Desde el fenómeno global que representa Monster Hunter, pasando por la reinvención total de Resident Evil, hasta el regreso sólido de Devil May Cry y el dominio absoluto de Street Fighter, la compañía ha demostrado que entiende perfectamente cómo evolucionar sus franquicias sin perder identidad.
Dentro de ese contexto, Pragmata siempre fue una incógnita interesante. Se presentó hace varios años con un teaser enigmático que no explicaba prácticamente nada, pero que generó expectativa inmediata simplemente por llevar el sello de Capcom. Era uno de esos proyectos que no necesitan demasiadas explicaciones para llamar la atención, porque existía una confianza implícita en que, tarde o temprano, la compañía lograría aterrizar una idea clara detrás de esa propuesta visual.
Después de años de silencio, retrasos y especulación, finalmente tenemos acceso a la experiencia completa, y lo cierto es que la espera no solo valió la pena, sino que terminó por confirmar algo que ya parecía evidente: Capcom sigue en un momento creativo excepcional. Pragmata no es un juego que busque replicar fórmulas existentes ni apoyarse en tendencias actuales, sino que apuesta por construir una identidad propia desde sus cimientos, incluso si eso implica tomar riesgos importantes en su diseño.
Lo más interesante es que, a pesar de su naturaleza experimental, el juego no se siente como un proyecto incompleto o indeciso. Al contrario, transmite una seguridad muy clara en lo que quiere ser desde el primer momento. Esa claridad es la que permite que, incluso cuando rompe expectativas o se aleja de lo convencional, todo tenga sentido dentro de su propia lógica.
Un futuro en la Luna donde la tecnología lo cambia todo, hasta que algo falla
La historia de Pragmata nos sitúa en una estación lunar donde la humanidad ha logrado desarrollar una tecnología capaz de materializar prácticamente cualquier recurso necesario mediante sistemas de impresión avanzada. Este concepto, que funciona como una especie de evolución de la impresión 3D, permite generar desde herramientas hasta entornos completos, facilitando la vida en un entorno que, por naturaleza, debería ser hostil. No se trata de una tecnología perfecta, pero sí lo suficientemente funcional como para sostener una operación compleja fuera de la Tierra.
Sin embargo, esta aparente estabilidad se rompe cuando una inteligencia artificial hostil comienza a alterar el sistema. Lo que antes era un entorno controlado se transforma en un espacio impredecible, donde las estructuras, los sistemas y las dinámicas de la estación dejan de responder a la lógica original. Es en este punto donde conocemos a Hugh, un astronauta que, tras una serie de eventos caóticos, queda aislado y sin respuestas claras sobre lo que está ocurriendo.
La sensación de soledad es inmediata, pero no permanente. En medio de ese caos aparece Diana, una figura que en un primer momento parece simplemente una niña, pero que rápidamente revela su verdadera naturaleza como androide. A pesar de sus capacidades avanzadas, Diana no se comporta como una máquina fría, sino como una entidad curiosa, casi inocente, que intenta entender el mundo que la rodea desde una perspectiva completamente distinta.
El vínculo entre Hugh y Diana se establece desde ese primer encuentro y se convierte en el eje central de la experiencia. Más allá de la premisa de ciencia ficción, el juego encuentra su fuerza en la construcción de esta relación, que evoluciona tanto en lo narrativo como en lo jugable. No se trata únicamente de sobrevivir o descubrir qué ocurrió en la estación, sino de entender cómo dos entidades tan distintas logran complementarse en un entorno donde todo parece estar en contra.
Una experiencia que exige pensar, coordinar y adaptarse
Uno de los mayores aciertos de Pragmata es su capacidad para romper con las expectativas del jugador desde el primer momento. A simple vista, podría parecer un shooter en tercera persona con ambientación espacial, pero esa percepción se desvanece rápidamente cuando el juego comienza a desplegar su sistema principal. Lo que encontramos no es una experiencia centrada únicamente en la acción, sino un híbrido que combina disparos, estrategia y resolución de problemas en tiempo real.
El núcleo del gameplay se construye a partir de dos capas perfectamente integradas. Por un lado, tenemos a Hugh, quien representa la parte más familiar del juego: movimiento, disparo, esquiva y uso de diferentes armas. Desde escopetas hasta armas de largo alcance que requieren carga, pasando por herramientas tácticas como señuelos o dispositivos que alteran el entorno, su diseño responde a lo que esperaríamos de un personaje en un juego de acción moderno.
Sin embargo, la verdadera innovación llega con Diana. Su función no es atacar directamente, sino hackear a los enemigos mediante un sistema que introduce un minijuego de tipo puzzle en medio del combate. Cada vez que apuntamos a un enemigo, se despliega un tablero donde debemos conectar nodos y encontrar una ruta hacia un objetivo específico. Solo al completar este proceso podemos debilitar las defensas del enemigo y permitir que los ataques de Hugh sean realmente efectivos.
Lo más importante es que todo esto ocurre en tiempo real. No hay pausas, no hay transiciones que separen una mecánica de la otra. El jugador debe apuntar, resolver el hackeo, disparar y moverse constantemente mientras enfrenta ataques enemigos. Esta combinación genera una tensión constante que exige coordinación y atención en múltiples frentes, creando una sensación de multitarea que pocas veces se ha visto en el género.
Conforme avanzamos, el juego introduce nuevos tipos de enemigos, combinaciones más complejas y situaciones que obligan a dominar el sistema en su totalidad. La curva de aprendizaje está bien diseñada, permitiendo que el jugador se adapte progresivamente, pero sin dejar de desafiarlo en ningún momento. Es aquí donde Pragmata puede dividir opiniones, ya que su propuesta no es inmediata ni complaciente, pero para quienes logran conectar con ella, el resultado es profundamente satisfactorio.
Hugh y Diana: una conexión que trasciende lo jugable y se convierte en el corazón del juego
Más allá de su propuesta mecánica, Pragmata encuentra su mayor fortaleza en la relación entre sus protagonistas. Diana, a pesar de ser un androide, se comporta como una niña que intenta comprender el mundo humano a través de preguntas simples pero significativas. Su curiosidad contrasta con la experiencia de Hugh, quien asume un rol casi paternal sin que esto se sienta forzado o artificial.
Las conversaciones entre ambos son uno de los elementos más destacados del juego. A través de diálogos naturales y bien escritos, el jugador presencia cómo se construye un vínculo basado en la confianza, la paciencia y el descubrimiento mutuo. Diana cuestiona aspectos básicos de la vida humana, mientras Hugh responde desde su propia perspectiva, generando momentos que van desde lo emotivo hasta lo reflexivo.
Este vínculo se refuerza mediante pequeños detalles que enriquecen la experiencia. Objetos que pueden compartirse, gestos que fortalecen la relación y situaciones que permiten ver la evolución de ambos personajes en un entorno adverso. Todo esto contribuye a que la conexión se sienta orgánica, alejándose de clichés o construcciones narrativas forzadas.
Lo más interesante es que esta relación no se limita a la narrativa, sino que se integra directamente en el gameplay. La dependencia mutua entre Hugh y Diana no es solo emocional, sino también mecánica, lo que refuerza la sensación de que ambos personajes funcionan como una unidad. Este equilibrio entre historia y jugabilidad es uno de los mayores logros del título.
Un diseño variado, progresión sólida y una ejecución que refuerza la experiencia
A nivel de diseño, Pragmata evita caer en la monotonía gracias a la flexibilidad que le otorga su propia premisa. Aunque la historia se desarrolla en una estación lunar, la tecnología de impresión permite introducir entornos variados que rompen con la expectativa de pasillos y estructuras repetitivas. Esta diversidad visual mantiene la experiencia fresca y refuerza la sensación de estar en un mundo dinámico.
El sistema de progresión también juega un papel importante, ofreciendo mejoras constantes tanto para Hugh como para Diana. Desde nuevas habilidades de hackeo hasta mejoras en el armamento, el juego incentiva la exploración y el dominio de sus sistemas. Además, la presencia de zonas bloqueadas que pueden revisitarse más adelante añade una capa adicional de profundidad sin caer en la complejidad innecesaria.
Una de las apuestas más interesantes del año, aunque no será para todos
Pragmata no es solo un nuevo lanzamiento dentro del ya impresionante catálogo reciente de Capcom, es una declaración de intenciones. En una industria que muchas veces apuesta por fórmulas seguras, este juego decide arriesgar con una propuesta que no busca encajar en lo conocido, sino construir su propia identidad desde cero. Y lo logra. No es un título que intente parecerse a otros referentes del género, aunque inevitablemente existan puntos de comparación; más bien, toma elementos familiares y los reconfigura en una experiencia que se siente fresca, exigente y profundamente pensada. Es un juego que no te lleva de la mano, pero tampoco te abandona: te invita a aprender, a equivocarte y, sobre todo, a entender su lenguaje.
El mayor mérito de Pragmata está en su núcleo jugable. La combinación entre acción y hackeo en tiempo real no solo es innovadora, sino que se convierte en el corazón de toda la experiencia. No se trata de un simple añadido o de una mecánica secundaria: es una decisión de diseño que permea cada combate, cada encuentro y cada momento de tensión. Esta dualidad entre Hugh y Diana no solo funciona en lo narrativo, sino que eleva el gameplay a un terreno donde la coordinación y la toma de decisiones constantes generan una sensación de reto muy poco común en los juegos actuales. Es exigente, sí, pero también extremadamente satisfactorio cuando todo hace clic.
A esto se suma una relación entre personajes que logra destacar en un género donde muchas veces la narrativa queda en segundo plano. Hugh y Diana no son solo protagonistas funcionales, son el eje emocional que sostiene el viaje. Su dinámica, construida a partir de la inocencia, la curiosidad y una conexión que crece de forma orgánica, le da al juego una capa humana que contrasta perfectamente con su entorno frío y tecnológico. Es en esos momentos de calma, en esas conversaciones aparentemente simples, donde Pragmata encuentra una de sus mayores fortalezas: hacerte sentir que hay algo más en juego que simplemente sobrevivir.
Por supuesto, no todo es perfecto. Hay pequeños detalles, especialmente en la dirección del doblaje o en ciertos ritmos narrativos durante momentos de alta tensión, que pueden romper ligeramente la inmersión. Sin embargo, son aspectos puntuales dentro de una experiencia que, en términos generales, se mantiene sólida, coherente y muy bien ejecutada. Además, el juego ofrece suficientes opciones de accesibilidad y ajustes de dificultad como para que más jugadores puedan adaptarse a su propuesta sin perder la esencia de su diseño.
Al final, Pragmata se posiciona como uno de esos títulos que no solo se disfrutan, sino que se recuerdan. Es una experiencia que exige, que sorprende y que, sobre todo, deja claro que Capcom sigue en un momento creativo excepcional. No es un juego para todos, y está bien que así sea. Pero para quienes estén dispuestos a entrar en su lógica, aprender sus reglas y dejarse llevar por su propuesta, lo que encontrarán aquí es uno de los experimentos más interesantes y valientes de los últimos años. Un serio candidato a lo mejor del año, y una muestra de que todavía hay espacio para innovar dentro de la industria.
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