
El experimento funcionó casi tan bien como las mantas de plástico tradicionales
Lo que comenzó como una idea aparentemente insólita en las aulas universitarias acaba de arrojar resultados sorprendentes en las alturas de los Alpes suizos. Un grupo de estudiantes decidió extender un manto de lana de oveja cruda sobre una sección de hielo alpino para poner a prueba su capacidad térmica durante el verano. Al revisar los datos en septiembre, descubrieron que este aislante natural logró reducir el deshielo localizado entre un 50% y un 70%, rindiendo a la par de las cubiertas plásticas sintéticas que la industria alpina utiliza comúnmente.
Un manto de 200 metros cuadrados en la alta montaña. La iniciativa, bautizada como proyecto Keep It Wool, fue concebida en 2025 dentro de la Universidad de Lausana en colaboración con la Summit Foundation. Detrás de ella están cuatro estudiantes de maestría: Maxime Galley, Elliot Gaffiot, José Bastidas y Léonard Duloube.
La prueba de campo arrancó formalmente el 22 de junio de 2026 en el glaciar Tsanfleuron, ubicado en la zona de Glacier 3000. Allí desplegaron dos cubiertas experimentales de 100 m² confeccionadas por la firma suiza Fisolan, cada una con un gramaje distinto: 400 y 750 gramos por metro cuadrado. Justo al lado colocaron un geotextil sintético tradicional para medir bajo idénticas condiciones meteorológicas el desempeño de ambos materiales.
El reto del verano alpino. El equipo ascendió cada 15 días a la cumbre para registrar la pérdida de volumen de nieve y hielo, además de monitorear cómo respondía la fibra natural al desgaste por viento, lluvia y oscilaciones térmicas extremas. Existía bastante escepticismo inicial sobre si la lana resistiría semanas a la intemperie sin pudrirse ni desintegrarse, pero el balance final superó las proyecciones más optimistas de los propios fabricantes.
El tejido mantuvo su integridad estructural durante toda la temporada estival. Al comparar los resultados, el rendimiento fue casi idéntico al del plástico: la lana logró una protección térmica comparable al 50% a 70% de reducción en el derretimiento que suelen ofrecer las lonas sintéticas comerciales.
La física detrás del abrigo de lana. Estas mantas funcionan como un escudo térmico: reflejan buena parte de la radiación solar directa e impiden que el aire caliente circundante entre en contacto directo con la masa helada. La lana, sin embargo, aporta una ventaja física que la humanidad conoce desde hace milenios: su estructura microscópica retiene diminutas bolsas de aire que actúan como un potente aislante pasivo.
Por si fuera poco, posee la cualidad de absorber agua sin compactarse por completo de inmediato, una característica crucial en un entorno dominado por la lluvia y el agua de escorrentía.
El dilema ecológico del plástico en los glaciares. Colocar mantas sobre la nieve no es una técnica nueva. Diversos centros de esquí y complejos turísticos alpinos llevan años recurriendo a geotextiles de polipropileno o poliéster para preservar tramos clave de pistas durante el verano. El verdadero aporte del proyecto estudiantil fue cuestionar el material con el que se fabrican.
Aunque los sintéticos funcionan, su exposición prolongada a los rayos UV, las tormentas y la fricción mecánica provoca que se degraden en microfibras plásticas, las cuales terminan arrastradas por el deshielo directamente hacia los ríos y mantos acuíferos ladera abajo.
Aprovechar un residuo que Suiza tira a la basura. La gran ironía es que la alternativa biológica siempre estuvo al pie de las montañas. En el campo suizo, las ovejas se crían fundamentalmente para la industria cárnica, lechera o para el mantenimiento de pastizales, lo que ha provocado que su lana carezca prácticamente de valor comercial en el mercado textil moderno.
De acuerdo con los datos recopilados por Keep It Wool, entre el 40% y el 70% de la lana suiza termina incinerada, en compostaje o desechada como residuo cada año. La propuesta resuelve dos problemas en uno: sustituye el plástico por un recurso 100% biodegradable y le da salida comercial a un excedente agropecuario local.
La dura realidad: forrar los Alpes es imposible. A pesar del éxito técnico de la prueba, los propios impulsores reconocen los límites de la estrategia. En la actualidad, las lonas artificiales apenas cubren el 0.02% del área glaciar de Suiza. Con esa cobertura se logran salvar unos 300,000 m³ de nieve por año, una cifra minúscula frente a las pérdidas globales del país, que rondan los 1,000 millones de m³ anuales.
Cubrir las cumbres a una escala suficiente para revertir el retroceso de los glaciares exigiría una inversión superior a los 1,500 millones de dólares, sin contar con que el aumento global de temperaturas continuaría intacto. La lana representa una solución viable para proteger infraestructura específica —como bases de teleféricos o pistas de esquí vulnerables—, pero no un salvavidas climático para cordilleras enteras.
Lo que falta por demostrar. Los resultados del ensayo de 2026 son apenas un primer paso. Los investigadores necesitan comprobar cómo se degrada la lana tras múltiples temporadas de heladas y deshielos continuos, cuáles serían los costos de almacenamiento y mantenimiento, y si la huella de carbono derivada de su lavado, procesamiento industrial y traslado a la montaña realmente compensa frente a los materiales convencionales.
Aun con esas interrogantes pendientes, el experimento dejó una lección fascinante: cuatro estudiantes extendieron 200 metros cuadrados de lana en la cima de un glaciar y demostraron que la misma fibra milenaria con la que nos protegemos del frío puede servir, paradójicamente, para proteger al hielo del calor.
Imagen | Flickr
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