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Parece un cráter o un observatorio espacial, pero en realidad es una de las obras de arte público más importantes de LATAM

Espacio Escultorico

Hace más de 45 años, seis artistas mexicanos construyeron una obra que rompió con todas las reglas del arte público.

Samantha Guerrero

Editora Jr

Desde el aire parece un enorme cráter. Hay quienes creen que se trata de un antiguo observatorio astronómico; otros, de una construcción prehispánica escondida entre la vegetación del sur de la Ciudad de México. Su forma circular, rodeada por decenas de prismas de piedra volcánica, hace pensar cualquier cosa, menos que se trata de una obra de arte.

Pero eso es exactamente lo que es. En realidad, se trata del Espacio Escultórico de la UNAM, inaugurado en 1979. Seis artistas mexicanos decidieron hacer algo que hasta entonces parecía una contradicción: crear una escultura donde la protagonista no fuera la escultura.

Con el paso del tiempo, esa idea convertiría al Espacio Escultórico en una de las obras de land art más importantes de América Latina y en un referente internacional de la relación entre arte y naturaleza.

Lo que comenzó con una pregunta poco común

A finales de los años setenta, el arte público mexicano seguía casi siempre la misma receta. Las esculturas monumentales rendían homenaje a personajes históricos, conmemoraban acontecimientos nacionales o buscaban convertirse en el centro de plazas y espacios urbanos.

Entonces surgió una pregunta distinta. Helen Escobedo, Hersúa, Sebastián, Federico Silva, Manuel Felguérez y Mathias Goeritz comenzaron a preguntarse si era posible crear una obra donde la escultura dejara de ser la protagonista. ¿Y si el arte no estuviera hecho para mirar una pieza, sino para descubrir el paisaje que siempre había estado ahí?

Aquella idea terminaría dando origen a uno de los proyectos artísticos más ambiciosos del siglo XX en México.

Eligieron un paisaje que llevaba casi dos mil años ahí

El lugar tampoco fue una casualidad. El Espacio Escultórico se construyó sobre el Pedregal de San Ángel, un paisaje de roca volcánica formado hace aproximadamente dos mil años tras la erupción del volcán Xitle. Aquella explosión cubrió buena parte del sur del Valle de México con enormes mantos de lava y cambió para siempre la geografía de la región.

Siglos después, ese mismo terreno terminaría formando parte de Ciudad Universitaria. Mientras gran parte del antiguo Pedregal desaparecía por el crecimiento urbano de la capital, la UNAM decidió conservar uno de sus fragmentos más representativos. 

Los artistas entendieron que ese paisaje no necesitaba esconderse detrás de una gran construcción. Al contrario. Pensaron que la mejor intervención era dejar que siguiera siendo el centro de la experiencia. La obra no debía imponerse sobre la naturaleza. Debía hacer que el visitante la mirara con otros ojos.

La escultura nunca fue la verdadera protagonista

El resultado fue un enorme círculo de 120 metros de diámetro rodeado por 64 prismas triangulares construidos con piedra volcánica. Lo curioso es que el centro quedó completamente vacío.

No hay una estatua, una fuente ni un edificio. Solo permanece el mismo terreno de lava que existía miles de años antes de que apareciera la obra y esa fue una decisión completamente deliberada.

Cuando el visitante recorre el anillo superior, los prismas limitan parcialmente la vista del horizonte. Poco a poco ocurre algo curioso: el ojo deja de fijarse en la estructura y comienza a mirar el paisaje. Es entonces cuando se entiende la idea y la verdadera escultura nunca fueron los bloques de piedra, siempre fue el Pedregal.

Nuestro cerebro ayuda a explicar por qué muchos creen que es un cráter

Hay una razón por la que tantas personas confunden el Espacio Escultórico con un cráter, un observatorio o incluso una construcción arqueológica. La psicología de la percepción explica que nuestro cerebro intenta reconocer formas conocidas incluso cuando dispone de muy poca información. 

Al observar desde el aire un enorme círculo rodeado de roca volcánica, busca automáticamente una explicación familiar: un accidente geológico o una construcción antigua.

La realidad resulta mucho más inesperada. Ese enorme círculo no intenta imitar un volcán ni un sitio arqueológico. Fue diseñado precisamente para dirigir la mirada hacia el paisaje que ya existía.

Estuvo a punto de ser una obra completamente diferente

Lo curioso es que el proyecto original pudo haber cambiado por completo esa experiencia. Durante el proceso creativo surgió la idea de construir pequeños museos o salas de exhibición dentro de los prismas que rodean la estructura. Sobre el papel parecía tener sentido: la obra estaba dentro de la universidad más importante del país.

Pero el escritor y crítico de arte Luis Cardoza y Aragón defendió una postura muy distinta. Su argumento era sencillo: el centro debía permanecer vacío. Gracias a esa decisión, el Espacio Escultórico dejó de ser un conjunto de esculturas para convertirse en una experiencia donde la naturaleza ocupa el lugar que normalmente pertenece a la obra artística.

México cambió la forma de entender el arte público

Lo interesante es que aquella idea no se quedó en Ciudad Universitaria. Con el paso de los años, el Espacio Escultórico comenzó a estudiarse en universidades y centros de investigación de distintos países. La historiadora del arte Rita Eder lo considera un punto de quiebre porque rompió con siglos de tradición monumental.

En lugar de levantar un monumento para ser admirado, propuso algo distinto: una experiencia donde el visitante también forma parte de la obra. Por eso hoy es considerado una de las expresiones de land art más importantes de América Latina.

Mientras proyectos como Spiral Jetty, de Robert Smithson, modificaban radicalmente el paisaje, el Espacio Escultórico apostó por otra idea: intervenir lo mínimo posible para que la naturaleza siguiera siendo la protagonista.

También protege uno de los ecosistemas más importantes de la Ciudad de México

Lo curioso es que el Espacio Escultórico también protege uno de los espacios naturales más valiosos de la capital. El paisaje que permanece en su interior forma parte de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel (REPSA), uno de los últimos fragmentos del ecosistema original del Valle de México.

Gracias a su conservación, sobreviven especies de flora y fauna que prácticamente desaparecieron del resto de la ciudad. Además, la roca volcánica cumple una función ambiental clave. Permite que el agua de lluvia se infiltre hacia los acuíferos que abastecen a millones de habitantes de la Ciudad de México.

En otras palabras, el Espacio Escultórico no solo conserva una obra de arte. También protege un ecosistema fundamental para la capital.

Una obra mexicana reconocida en todo el mundo

La importancia del Espacio Escultórico no terminó con su inauguración. Con los años comenzó a aparecer en libros especializados sobre arte, arquitectura y paisaje como uno de los mejores ejemplos de integración entre naturaleza y creación humana.

La relevancia del Espacio Escultórico no terminó con su inauguración hace más de cuatro décadas. Con el paso de los años, especialistas en arte, arquitectura y paisaje comenzaron a estudiarlo como un ejemplo excepcional de integración entre creación humana y naturaleza. Hoy forma parte de las referencias obligadas cuando se habla de arte ambiental en América Latina.

Ese reconocimiento alcanzó un nuevo nivel en 2023, cuando el Espacio Escultórico y la Reserva Ecológica del Pedregal recibieron el Premio Internacional Carlo Scarpa para Jardines, uno de los reconocimientos más importantes del mundo dedicados a paisajes culturales.

No se premiaba únicamente una escultura, sino que se reconocía una forma completamente distinta de entender la relación entre el ser humano y el territorio.

Una obra que solo podía existir en México

Quizá por eso resulta imposible imaginar el Espacio Escultórico en cualquier otro lugar. No tendría sentido construirlo sobre un bosque, una playa o una montaña.

Realmente necesitaba exactamente ese mar de roca volcánica dejado por el Xitle, esa historia geológica de dos mil años y ese fragmento del antiguo Valle de México que todavía resiste al crecimiento urbano.

Más que imponer una construcción sobre la naturaleza, los artistas hicieron exactamente lo contrario. Construyeron una estructura cuya única función consiste en dirigir la mirada hacia un paisaje que siempre estuvo ahí.

La verdadera obra nunca que llamó la atención

Quizá por eso tantas personas siguen creyendo que el Espacio Escultórico es un cráter, un observatorio o una construcción de origen prehispánico. La obra consigue exactamente lo que sus autores buscaban: hace que dejemos de mirar la escultura para terminar observando el paisaje.

Al final, esa era la verdadera pieza artística. No los 64 prismas de piedra volcánica, sino la posibilidad de redescubrir un pedazo del Valle de México que llevaba casi dos mil años ahí. Y pocas obras de arte público han conseguido algo así: convertir a la naturaleza, y no al artista, en la auténtica protagonista.

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