Cada que alguien menciona a Mitsubishi muy probablemente nos imaginamos a la compañía automotriz. Al final, es una de las más representativas de Japón. Sin embargo existe una industria que a la marca le ha sido imposible desarrollar, aunque en algún momento lo intentó. Eso sí, gastaron cerca de 8,000 millones de dólares.
La historia se remonta a 2008 cuando la compañía dio luz verde a la filial Mitsubishi Aircraft Corporation. Con una inversión inicial de 100,000 millones de yenes, se tuvo como objetivo desarrollar el Mitsubishi Regional Jet (MRJ), un avión que prometía una revolución en el mercado. Y no solo eso, contó con el apoyo del gobierno.
Así, Mitsubishi tuvo el respaldo de los altos mandos nipones -e incluso de Toyota- a fin de producir sus propias aeronaves. En parte porque además de ser un paso adelante para la industria, podría reducir los costos de las aerolíneas. A grandes rasgos, el MRJ era una apuesta ambiciosa: un jet moderno capaz de competir a nivel internacional.
Desafortunadamente, las cosas no salieron como se esperaban. En un inicio Mitsubishi prometió que el avión estaría listo en 2012 tras la presentación del proyecto. Que de hecho, sería impulsado por motores Pratt & Whitney. No obstante, el primer modelo en realidad llegó hasta 2014. De ahí en adelante todo fue a pique.
Este retraso no fue el único. En noviembre de 2015, el MRJ completó su primer vuelo y esto dio pie a que la empresa anunciara unas primeras entregas para 2017, pero un análisis del vuelo cambió estos planes. Resulta que los ingenieros encontraron fallos que comprometían sistema eléctrico: si el motor o una tubería fallaba, habría un incendio.
Consecuentemente, la segunda promesa tuvo que recorrerse. Si querían entregar un avión seguro y confiable esto sucedería hasta 2018 o 2019. Para colmo, en dicho lapsus Estados Unidos cambió las normativas de aviación lo que obligó a Mitsubishi a replantear algunas cuestiones de la aeronave. Así surgió el Spacejet.
Para adaptarse a dichas reglamentaciones y ahorrar tanto tiempo como dinero, la compañía adquirió el programa CRJ a Bombardier. Entonces pasaron los años, pero no los encargos. Para 2019 se prometieron 450 aviones de los cuales no había rastro alguno y el último clavo en el ataúd llegó un año después con la pandemia de COVID-19.
Bajo este escenario Mitsubishi decidió cancelar el proyecto, el cual tuvo un costo aproximado de 8,000 millones de dólares para entonces. Aunque la negativa de continuar los salvó de invertir otros 900 millones que se utilizarían en fases siguientes del desarrollo, Japón perdió la oportunidad de convertirse en un fabricante de aviones comerciales.
Claro está, pasar de fabricar autos a aviones es un panorama complejo. Además de incursionar en un mercado controlado por gigantes como Airbus y Boeing. Esto pone en una situación difícil a aquellas marcas que quieran entrar a la industria y para ejemplo se encuentran países como China, Brasil y Rusia, con COMAC, Ebraer y UAC, respectivamente, en su búsqueda de hacerse un hueco. Tener sus propias aerolíneas no solo les permitiría posicionarse en un nuevo mercado, sino ampliar su influencia.
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