Bryan Johnson, el hombre que quería vivir 100 años, admite que "fue demasiado lejos en su búsqueda de la longevidad"

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Su rutina consistía en una dieta estrictamente calculada, entrenamiento diario, decenas de análisis médicos de todo tipo y mucho más

Ismael Garcia Delgado

Editor Jr

Durante años, Bryan Johnson convirtió su propio cuerpo en un experimento de longevidad mediático. El multimillonario estadounidense llegó a gastar dos millones de dólares al año, tomar más de cien pastillas diarias, monitorear prácticamente cada uno de sus órganos y asegurar que la tecnología terminaría por convertir la fuente de la juventud en una realidad tangible. 

Johnson saltó al ojo público tras vender Braintree, su empresa de procesamiento de pagos, y destinar una buena tajada de su fortuna a Project Blueprint, una iniciativa enfocada en ralentizar el envejecimiento biológico. Sin embargo, el hombre detrás del lema Don't Die acaba de admitir algo que parecía imposible: tal vez llevó al extremo su obsesión por postergar la muerte.

Su rutina diaria consistía en una dieta estrictamente calculada, entrenamiento diario, decenas de análisis médicos de todo tipo, cientos de biomarcadores bajo la lupa, un séquito de aproximadamente 30 médicos y terapias experimentales que iban desde sesiones en cámaras hiperbáricas hasta transfusiones de plasma. Johnson se autonombró como un "atleta del rejuvenecimiento" y presumía que su organismo era el más monitoreado de toda la historia de la humanidad.

Para Johnson, su proyecto nunca se trató de un simple régimen de bienestar personal, sino del banderazo de salida para una nueva era de la humanidad. Llegó a plantear públicamente la posibilidad de que nuestra generación fuera la primera en no morir de la forma en que lo han hecho todas las anteriores. Con ello, afirmó que el secreto de la inmortalidad ya no era un mito, sino algo oculto en la tecnología moderna.

Su movimiento Don't Die se transformó en una filosofía de vida que combinaba medicina preventiva, inteligencia artificial, biohacking y la convicción de que el envejecimiento no es más que un fallo técnico que se puede optimizar. La fama de Johnson despegó de la mano con el auge de la nueva economía de la longevidad: clínicas exclusivas, suplementos premium, perfiles genéticos, monitoreo de biomarcadores y hasta terapias hormonales.

Johnson pasó a ser el rostro más visible de esta tendencia, pero también el recordatorio de los excesos de una cultura obsesionada con cuantificar, medir y optimizar cada milímetro de la biología humana capaz de cruzar a menudo la línea entre el cuidado de la salud y la persecución de una perfección biológica de ciencia ficción.

Pero llegó el golpe de realidad. Johnson reveló que le diagnosticaron una gastritis autoinmune que no había sido detectada durante años, a pesar de los rigurosos chequeos de vanguardia a los que se sometía de forma rutinaria. Esta noticia supuso un revés importante para alguien que cimentó su reputación en la premisa de que la tecnología médica podía prever cualquier fallo en el sistema humano.

A los pocos días, compartió un mensaje en sus redes sociales: "He estado reflexionando y me pregunto si he llevado demasiado lejos todo este tema de la longevidad". Fue la primera muestra pública de duda de un hombre que siempre defendió su experimento sin reservas.

La ironía es evidente. Durante años, Johnson intentó controlar el envejecimiento como si se tratara de programar una computadora. No obstante, una enfermedad autoinmune se manifestó en silencio sin que su millonario arsenal tecnológico lograra anticiparla. Su caso deja una lección importante: experimentar de forma empírica en uno mismo no se traduce automáticamente en ciencia rigurosa

Esta confesión de Johnson no significa que tire la toalla en su meta de retrasar el reloj biológico, pero sí marca un parteaguas en su filosofía. El máximo exponente del biohacking admite que existe una frontera donde obsesionarse tanto por prolongar el futuro puede arruinar el presente. Su reflexión final indica que tal vez el dilema no es cuántos años podemos llegar a vivir, sino qué tanto estamos dispuestos a sacrificar en el intento.

Imagen | Bryan Johnson

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