
Un Premio Nobel ya advertía que los virus seguían siendo la mayor amenaza para la humanidad.
En 1958, con apenas 33 años, Joshua Lederberg recibió el Premio Nobel de Medicina por un descubrimiento que cambió la microbiología: demostró que las bacterias podían intercambiar información genética. Sin embargo, una de las ideas por las que terminaría siendo más recordado nunca apareció en un laboratorio ni en un artículo científico; fue una advertencia: "La mayor amenaza para el predominio del hombre en el planeta es el virus".
Durante años pasó casi desapercibida. Después comenzó a citarse entre epidemiólogos, especialistas en salud pública y escritores científicos. Finalmente, cuando el COVID-19 paralizó al mundo, millones de personas volvieron a compartirla como si hubiera sido escrita para explicar exactamente lo que estaba ocurriendo.
La historia detrás de la frase
Joshua Lederberg nunca fue un virólogo en el sentido tradicional, ya que su campo era la genética bacteriana. Pero precisamente por estudiar cómo evolucionan los microorganismos, comprendió una idea que muchos daban por resuelta: los virus nunca dejarían de cambiar.
A mediados del siglo XX predominaba un enorme optimismo en la medicina. Los antibióticos habían revolucionado el tratamiento de muchas enfermedades, las campañas de vacunación avanzaban con éxito y la viruela parecía demostrar que la humanidad finalmente estaba ganando la batalla contra los microbios.
Muchos pensaban que las grandes epidemias pertenecían al pasado, pero Lederberg creía exactamente lo contrario. Para él, virus y bacterias no eran enemigos derrotados.
Eran organismos capaces de evolucionar constantemente y, mientras los seres humanos desarrollaban nuevas tecnologías, ellos seguían perfeccionando su capacidad para adaptarse.
Una preocupación que fue creciendo con los años
Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer señales de que aquella tranquilidad quizá había sido demasiado optimista. Durante las décadas de 1970 y 1980 surgieron enfermedades como el VIH y el ébola, además de otros brotes que sorprendieron a la comunidad científica.
Para Lederberg aquello no era una casualidad, era una consecuencia natural de la evolución. También observaba otro fenómeno que estaba transformando al mundo.
Nunca antes las personas habían viajado tanto entre países, ni nunca antes existía una circulación tan intensa de mercancías, animales y alimentos. Eso significaba que un virus podía recorrer el planeta en cuestión de horas y por esa razón impulsó uno de los conceptos que hoy forman parte de la salud pública moderna: las enfermedades infecciosas emergentes.
En 1989 organizó junto con el epidemiólogo Stephen Morse la conferencia Emerging Viruses, donde investigadores de distintas disciplinas discutieron un problema que entonces parecía lejano: la aparición de nuevos virus capaces de propagarse rápidamente entre los seres humanos. Aquellas reuniones ayudaron a sentar las bases de buena parte de la vigilancia epidemiológica moderna.
No era una profecía
Con el paso del tiempo, muchas personas comenzaron a citar la frase como si Lederberg hubiera predicho la pandemia de COVID-19. En realidad, él nunca afirmó que un coronavirus fuera a paralizar al mundo.
Lo que decía era algo mucho más amplio: la evolución nunca se detiene; mientras los seres humanos desarrollan medicamentos, vacunas y nuevas tecnologías, los microorganismos también evolucionan.
Para Lederberg, la verdadera competencia entre la humanidad y los virus no era una guerra que pudiera ganarse definitivamente. Era un proceso continuo de adaptación.
En una conferencia pronunciada en 1989, llegó incluso a afirmar que, en esa competencia evolutiva, "nuestros únicos competidores reales siguen siendo los virus y otros microorganismos", insistiendo en que la complacencia era uno de los mayores riesgos para la salud pública.
Por qué solemos bajar la guardia
Curiosamente, la psicología lleva décadas estudiando un fenómeno que ayuda a entender por qué advertencias como la de Lederberg suelen pasar desapercibidas: se conoce como sesgo de normalidad (normalcy bias).
Consiste en la tendencia a pensar que, si algo grave no ha ocurrido durante mucho tiempo, probablemente tampoco ocurrirá en el futuro. Ese mecanismo ayuda a explicar por qué muchas personas subestiman amenazas poco frecuentes como terremotos, grandes apagones o pandemias.
Desde esa perspectiva, la frase del Nobel nunca buscaba generar miedo, sino que buscaba evitar la complacencia. Recordaba que los virus no desaparecen simplemente porque llevemos varios años sin enfrentarnos a una gran epidemia.
Décadas después, el mundo terminó dándole la razón
Durante mucho tiempo, la frase permaneció dentro de libros especializados y publicaciones científicas. Pero cuando llegó el COVID-19, volvió a aparecer una y otra vez. No porque Lederberg hubiera predicho aquella pandemia, sino porque había descrito un principio biológico que seguía siendo cierto décadas después.
En un mundo conectado por vuelos internacionales, cadenas globales de suministro y millones de personas desplazándose cada día, un virus podía expandirse mucho más rápido que nunca.
Lo curioso es que Lederberg nunca quiso convertirse en un profeta. Solo quería recordar que la salud pública no podía permitirse bajar la guardia.
Y México ya había vivido algo parecido
La reflexión del Nobel adquirió un significado especial en México. El país ya había enfrentado episodios que demostraban el impacto de los virus mucho antes de la pandemia de COVID-19. En 2009, el brote del virus de influenza A(H1N1) convirtió a México en el centro de la atención sanitaria internacional y marcó un antes y un después en los sistemas de vigilancia epidemiológica.
A partir de entonces se fortalecieron capacidades como el diagnóstico molecular, la vigilancia epidemiológica y la secuencia genómica. Precisamente las herramientas que Lederberg consideraba indispensables para anticiparse a futuras amenazas.
La respuesta también siguió la lógica de Lederberg
Si algo dejó claro la pandemia fue que reaccionar cuando un virus ya circula no es suficiente; también hay que vigilar cómo cambia. Después de las experiencias con la influenza A(H1N1) y el SARS-CoV-2, México fortaleció sus sistemas de vigilancia epidemiológica y secuenciación genómica.
Uno de los ejemplos más importantes fue CoViGen-Mex, un consorcio integrado por instituciones de salud e investigación que logró secuenciar cerca de 82 mil genomas del SARS-CoV-2 y seguir prácticamente en tiempo real la llegada de variantes como Alfa, Delta y Ómicron.
Ese trabajo permitió entender cómo evolucionaba el virus dentro del país y tomar decisiones con mayor información y, en muchos sentidos, era exactamente la estrategia que Lederberg había defendido décadas antes.
La mejor forma de enfrentar un virus no consiste únicamente en desarrollar tratamientos; también implica observar cómo cambia antes de que provoque la siguiente crisis sanitaria.
Una frase que México terminó entendiendo dos veces
Cuando Joshua Lederberg escribió la frase, todavía faltaban muchos años para que aparecieran el SARS, el MERS, la influenza A(H1N1) o el COVID-19. No estaba haciendo una predicción, sino que estaba describiendo una realidad biológica: los virus cambian, evolucionan y siempre encuentran nuevas oportunidades para propagarse.
Quizá por eso su frase sigue citándose más de medio siglo después. No fue una profecía, fue la conclusión a la que llegó un científico después de dedicar toda su vida a estudiar cómo evolucionan los microorganismos.
Mientras buena parte del mundo pensaba que las grandes epidemias pertenecían al pasado, Lederberg insistía en una idea mucho más incómoda: Los virus nunca dejan de cambiar y precisamente por eso, la vigilancia tampoco debería detenerse.
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