La psicología dice que el problema del color morado en CDMX quizá no sea estético: existe algo más que genera tanto rechazo

La ciencia dice que el color no es el problema; podría ser cómo se percibe.

Samantha Guerrero

Editora Jr

En los últimos meses, el color morado comenzó a aparecer cada vez más en distintos espacios públicos de la Ciudad de México. Desde mobiliario urbano y señalética hasta puentes, bardas y estructuras públicas, el tono se volvió parte constante del paisaje urbano.

Y aunque para algunas personas es solo una decisión estética o de identidad visual, para otras el efecto ha sido completamente distinto: molestia, saturación visual e incluso la sensación de que la ciudad ya no se siente igual. La reacción puede parecer exagerada hasta que entra la psicología ambiental a explicar por qué ocurre.

La ciudad también forma parte de nuestra identidad

Uno de los conceptos más importantes para entender este fenómeno es la identidad del lugar. El psicólogo ambiental Harold Proshansky explica que las personas no construyen una identidad únicamente a través de relaciones sociales, sino también mediante los espacios físicos que habitan. Calles, colores, edificios y paisajes urbanos terminan convirtiéndose en referencias emocionales que generan familiaridad y sensación de pertenencia.

Es por eso que, cuando una ciudad cambia de manera abrupta, especialmente en elementos visuales repetitivos, el cerebro puede interpretarlo como una ruptura de esos mapas emocionales que daban estabilidad y reconocimiento cotidiano. Es decir, no se trata únicamente de que el color no guste. Para algunas personas, el rechazo nace porque sienten que el entorno que reconocían como propio fue reemplazado sin consenso.

El exceso del mismo color también puede generar fatiga visual

La psicología del color aplicada al diseño urbano lleva años estudiando cómo los tonos afectan emociones, percepción y comportamiento dentro de espacios públicos. Y aquí aparece un detalle importante: el problema no es el morado, sino su saturación.

Estudios sobre percepción cromática y diseño ambiental explican que los tonos como el violeta o el púrpura pueden transmitir calma, sofisticación o introspección en contextos equilibrados. Pero cuando dominan visualmente un entorno completo, también puede generar sensaciones de frialdad, distancia o cansancio visual.

La Universidad Anáhuac explica que la elección de paletas cromáticas debe considerar el equilibrio, iluminación y contexto espacial para evitar saturación sensorial y fatiga social. Y en una ciudad como CDMX, donde el concreto, la contaminación visual y la exposición solar intensa forman parte del paisaje cotidiano, ciertos tonos pueden percibirse mucho más agresivos o vibrantes de lo que parecían en otros contextos.

El color también tiene una función práctica en la infraestructura urbana

El debate sobre el uso del morado en CDMX no solo tiene que ver con estética o preferencias personales. También existe una razón técnica detrás de por qué muchas ciudades utilizan ciertas paletas cromáticas en puentes, pasos peatonales, mobiliario y estructuras urbanas.

Manuales de movilidad y diseño urbano, como los utilizados por la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México, explican que los colores ayudan a mejorar la orientación, el reconocimiento visual y la percepción espacial.

La razón es simple: el cerebro procesa algunos colores con mayor rapidez y claridad, especialmente en entornos urbanos complejos donde intervienen velocidad, distancia, contaminación visual y luz solar intensa. Por eso, tonos como verde, azul, amarillo o naranja suelen utilizarse con mayor frecuencia en infraestructura pública, ya que ofrecen mejor contraste y legibilidad.

El morado, en cambio, no suele utilizarse con tanta frecuencia en infraestructura urbana. Algunos estudios de percepción cromática señalan que esto puede provocar una sensación de vibración visual o mejor claridad bajo ciertas condiciones de iluminación exterior, particularmente en ciudades con alta exposición solar como la Ciudad de México.

El rechazo también puede venir de sentir que el color fue impuesto

Aquí entra otro concepto clave: la reactancia psicológica del psicólogo Jack Brehm. Esta ocurre cuando las personas sienten que alguien intenta controlar su conducta, percepción o libertad de elección. Y sí, el cerebro suele responder con rechazo automático.

Por eso, incluso si el color no desagrada objetivamente, el hecho de verlo repetido constantemente como parte de una identidad gubernamental puede generar resistencia emocional. La molestia entonces deja de ser puramente estética y se convierte en algo simbólico: la sensación de que el espacio público perdió parte de su diversidad visual.

El color urbano también afecta el bienestar y el sentido de pertenencia

Investigaciones recientes publicadas en Frontiers sobre diseño urbano y psicología ambiental encontraron que los colores dominantes dentro de una ciudad sí modifican la percepción de seguridad, comodidad y orientación espacial.

El estudio Urban color in public design explica que las paletas urbanas funcionan mejor cuando existe equilibrio entre identidad institucional y expectativas culturales de los habitantes. Cuando esa relación se rompe, por ejemplo, mediante colores dominantes percibidos como invasivos o ajenos al entorno, puede aparecer algo llamado estrés ambiental.

Se trata de una sensación constante de incomodidad generada por el entorno físico. Y aunque parezca un detalle menor, el color en una ciudad no funciona solo como decoración; también comunica pertenencia, identidad y poder visual dentro del espacio público.

En México, el color siempre se asocia con lo político

En el contexto mexicano, el impacto del color va mucho más allá de la estética. Investigaciones de semiótica visual y diseño explican que los colores históricamente han funcionado como símbolos políticos, culturales y sociales. 

Por eso el morado no solo se interpreta como una decisión de diseño urbano. Dependiendo del contexto, también puede percibirse como una forma de apropiación visual del espacio público. 

Sin embargo, desde el Gobierno de la Ciudad de México, la explicación es distinta. La administración ha señalado que tanto el color morado como varios elementos de su identidad gráfica buscan funcionar como referencias culturales y sociales de la ciudad. 

En el caso del color, la justificación oficial apunta a su relación con los movimientos de las luchas de las mujeres en la capital, convirtiéndolo en una representación simbólica dentro de la imagen institucional en CDMX.

Quizá ahí está la clave de toda la discusión: el problema no necesariamente es el color morado. El conflicto aparece cuando un color deja de sentirse parte de la ciudad y comienza a sentirse como algo impuesto sobre ella.

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