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Hay un país que hizo de las sopas instantáneas parte de su cultura y no es Japón: es México

Fideos Preparados

Japón las inventó y México hizo algo que nadie esperaba.

Samantha Guerrero

Editora Jr

En México hay algo que casi nunca ocurre cuando alguien prepara una sopa instantánea: seguir las instrucciones al pie de la letra. Antes del primer bocado ya apareció el limón y después llega la salsa Valentina, el chile piquín, el chamoy o el queso. Hay quien les pone huevo, salchicha, camarones, carne o hasta aguacate.

Para cuando la sopa está lista, ya se parece muy poco a la receta que imaginó su inventor y resulta que esa costumbre llamó la atención hasta en Japón. Medios japoneses destacaron que existe un país donde los fideos instantáneos dejaron de ser únicamente una comida rápida para convertirse en parte de la cultura gastronómica cotidiana.

México no solo consume sopas instantáneas: las hizo parte de su cultura

No se trata únicamente de una impresión. De acuerdo con la World Instant Noodles Association (WINA), México consume alrededor de 1,600 millones de porciones de sopas instantáneas al año. Son más de 4.5 millones cada día, una cifra que coloca al país entre los 15 mayores consumidores del mundo y como el segundo mercado más importante de América Latina, solo detrás de Brasil.

Pero ese número explica únicamente cuánto las comemos, no explica por qué aquí terminaron convirtiéndose en algo completamente distinto. Mientras que en muchos países las sopas instantáneas suelen prepararse exactamente como indica el envase, en México casi siempre ocurre lo contrario.

El sobre de condimentos rara vez marca el final de la receta: es apenas el comienzo. Después aparecen el limón, las salsas, el chile, el queso, las verduras, el huevo o distintos tipos de carne. En otras palabras, la sopa deja de ser un producto industrial para convertirse en una base sobre la que cada persona arma su propia versión.

Lo curioso es que casi nunca dejamos intacto un producto extranjero

Las sopas instantáneas no son una excepción; en realidad, siguen un patrón que se repite constantemente en la cocina mexicana. Pasa con las papas fritas bañadas en limón y salsa, con las botanas preparadas con chamoy, con la fruta acompañada de chile y con muchos otros alimentos que llegan del extranjero para terminar adaptándose al gusto local.

Las sopas simplemente siguieron ese mismo camino. Hoy incluso existen negocios dedicados exclusivamente a prepararlas, afuera de preparatorias, universidades y oficinas es común encontrar puestos donde cada cliente decide qué quiere agregar: queso, elote, champiñones, pollo, salchicha, camarón, carne o distintas combinaciones de salsas.

Al final, la experiencia se parece mucho más a pedir un esquite preparado que a servir una sopa instantánea. Cada vaso termina siendo diferente.

En realidad, esto tiene nombre

Lo que ocurrió con las sopas instantáneas se conoce como glocalización. Es un concepto utilizado en marketing y antropología para explicar qué sucede cuando un producto pensado para venderse en todo el mundo termina adaptándose a las costumbres de cada región.

En otras palabras, un producto puede ser global. Pero muchas veces su éxito depende de qué tan local logra sentirse y eso explica por qué una sopa instantánea puede representar cosas completamente distintas según el país donde se consuma.

En Japón, el invento de Momofuku Ando sigue siendo principalmente una comida práctica y rápida. En México terminó convirtiéndose en un lienzo donde cada persona agrega limón, salsa Valentina, chile, queso, camarones o cualquier ingrediente que tenga cerca y, más que seguir la receta original, los mexicanos hicieron lo que históricamente hacen con muchos alimentos: apropiarse de ellos.

No es la primera vez que pasa

La cocina mexicana lleva décadas reinterpretando productos llegados de otras partes del mundo; los tacos al pastor nacieron de adaptar el shawarma que trajeron inmigrantes libaneses.

El sushi mexicano incorporó ingredientes como queso crema, chile o empanizados que difícilmente encontrarían espacio en Japón. Con las sopas instantáneas ocurrió exactamente lo mismo. El producto llegó desde Asia y la receta terminó escribiéndose en México.

La historia de las sopas también cuenta cómo cambiaron las ciudades mexicanas

Su popularidad tampoco se explica únicamente por el sabor. Las sopas instantáneas crecieron al mismo tiempo que lo hicieron las tiendas de conveniencia, las jornadas laborales más largas, la vida universitaria y el ritmo acelerado de las grandes ciudades.

Para estudiantes, oficinistas y trabajadores, preparar una comida en menos de cinco minutos representó una alternativa práctica y económica. Pero si todo se explicara por la rapidez, probablemente la historia terminaría ahí y lo que hace diferente a México es que ese producto dejó de ser simplemente una solución rápida para convertirse en un antojo.

Quizá el mejor ejemplo de esa apropiación está en el lenguaje. En México, pedir una Maruchan no siempre significa comprar una sopa de esa marca.

Para millones de personas, la palabra terminó convirtiéndose en una forma genérica de referirse a cualquier sopa instantánea en vaso. Es un fenómeno conocido en lingüística como genericización de marca; eso mismo ocurrió con palabras como Kleenex, Curitas o Resistol y pocas marcas consiguen algo así.

Japón creó una solución. México encontró un antojo

Cuando Momofuku Ando inventó los fideos instantáneos en 1958, buscaba resolver un problema muy concreto. Quería ofrecer un alimento económico, fácil de preparar y capaz de ayudar a alimentar a la población japonesa durante la reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Décadas después, ese mismo invento encontró una segunda identidad a más de 11 mil kilómetros de distancia. En México dejó de ser únicamente una comida rápida y se convirtió en algo que podía personalizarse, compartirse e incluso venderse como comida callejera.

Pero no todo ha sido positivo, ya que esa popularidad también ha venido acompañada de críticas. En 2021, la Profeco analizó distintas sopas instantáneas comercializadas en México y detectó irregularidades en el etiquetado de algunos productos. 

Además, recordó que muchas contienen niveles elevados de sodio y recomendó consumirlas con moderación dentro de una alimentación equilibrada, y aun así, siguen formando parte de la despensa de millones de hogares mexicanos.

Japón nunca imaginó que alguien les pondría limón

Quizá por eso la historia llamó tanto la atención en el país donde nacieron los fideos instantáneos. Japón creó un alimento práctico para resolver un problema.

Difícilmente imaginó que, décadas después y al otro lado del Pacífico, alguien le exprimiría un limón antes del primer bocado, le agregaría salsa Valentina, chile piquín, queso, camarones o carne.

Pero eso dice mucho sobre la cocina mexicana: aquí rara vez consumimos un producto extranjero exactamente como llega; lo adaptamos, lo mezclamos, lo transformamos y, con el tiempo, termina sintiéndose tan mexicano como si siempre hubiera estado aquí.

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