El CEO de OpenAI es el rostro más visible de la era de la IA... con todo lo bueno y lo malo que eso implica.
Un joven de 20 años viaja desde Texas hacia un tranquilo barrio residencial en una zona privilegiada de San Francisco. Lleva consigo un manifiesto… y un coctel molotov. Su blanco no es otro que la casa de Sam Altman, el director ejecutivo de OpenAI y uno de los nombres de referencia del turbulento paisaje de la IA en este lado del mundo. Dos días después de su arresto, otro hombre, aparentemente con ideas similares, dispara contra la misma vivienda.
Hasta hace un par de años, el nombre de Altman conjuraba nociones de éxito, innovación e inteligencia. Con 40 años recién cumplidos, es un prolífico inversionista de riesgo, no tiene participación accionaria en la compañía que dirige y debe su fortuna -calculada en 3,500 millones de dólares- a acertadas inversiones en toda clase de negocios, que van de Stripe a Reddit y a una firma de fusión nuclear.
Pero hoy, el nombre de Altman trae a la mente nociones muy distintas, que recogieron los periodistas Ronan Farrow y Andrew Marantz en un informe de The New Yorker titulado: "Sam Altman podría controlar nuestro futuro: ¿podemos confiar en él?". En el reporte, basado en 18 meses de investigación y entrevistas en profundidad, la figura del CEO aparece en el centro de un patrón de engaños, ambiciones y conexiones que conducen a la conclusión de que no todos en su círculo creen que deba ser quien tenga "el dedo en el botón" de una tecnología tan potente como la IA.
‘Alguien en quien no se puede confiar’
En 2005, cuando tenía la edad del hombre que trató de quemar su casa, Altman abandonó Stanford para fundar Loopt, una startup de cartografía que vendió siete años después por 43 millones de dólares. En lugar de gastar su nueva fortuna, el joven inversionista la usó para financiar su propio fondo de capital riesgo. Se hizo socio de la aceleradora Y Combinator, de la que se volvió presidente en 2014.
En 2019, dejó YC para convertirse en CEO de OpenAI, una firma que alcanzó, este año, una valoración de 730,000 millones de dólares, tras cerrar, por 110,000 millones de dólares, la ronda de financiación más grande de la historia de Silicon Valley. Nada mal para alguien que hace dos años y medio fue despedido de OpenAI y recontratado después de que 700 de sus 770 empleados amenazaron con abandonar la firma y pasarse a Microsoft, donde a todos, incluido a Altman, se les habían prometido empleos.
Pero el que fue su momento de mayor gloria es también la fuente de muchos de sus problemas actuales. Así como muchos lo defendieron, otros lo consideraron "manipulador", "tóxico" y "abusivo". El reportaje de Farrow profundiza en los motivos por los cuales fue despedido, citando falta de transparencia y problemas de confianza. Hoy, incluso aliados que, como Microsoft, pelearon públicamente por restituirlo como CEO tras su despido, dejan entrever su preocupación y algunos de sus colegas lo describen como “alguien en quien no se puede confiar”.
En febrero, la compañía de Redmond confirmó a The Financial Times que desarrollará sus propios modelos de inteligencia artificial, lo que les convierte en competidores directos de OpenAI y de hecho llegó a sugerir que emprenderá acciones legales si la nueva asociación de 50,000 millones de dólares entre la empresa de Altman y Amazon infringe su acuerdo exclusivo de nube.
No es el único frente en problemas: OpenAI cerró a finales de marzo Sora, el generador de video con IA que debutó hace dos años. En noviembre de 2025, había anunciado una alianza estratégica con The Walt Disney Company para licenciar más de 200 personajes de Disney, Marvel, Pixar y Star Wars, pero tras el fin de Sora, la firma de Mickey Mouse canceló el acuerdo, avaluado en 1,000 millones de dólares.
Las ambiciones en torno a Stargate, el masivo plan de centro de datos de 500,000 millones de dólares anunciado en la Casa Blanca el año pasado, parecen estarse replanteando: en espacio de una semana, OpenAI canceló sus planes para construir centros de datos en Noruega y el Reino Unido. Los planes para ampliar un sitio en Abilene, Texas, han sido abandonados.
El rostro de la IA
Aunque dominó la primera ola de la IA generativa con el lanzamiento, en noviembre de 2022, de ChatGPT, OpenAI enfrenta ahora la perspectiva de posible salida a bolsa y la creciente competencia de rivales como Anthropic. Más aún, la IA que antes era una novedad juguetona y apasionante ha llegado a ser vista en muchos círculos como una promesa incumplida y, en algunos otros, como un peligro existencial.
Algunos analistas creen que el giro en la percepción de Altman es simplemente un reflejo del giro en la percepción de la IA y que está pagando el precio de ser el rostro más visible de una industria que pasó de ser aclamada como la tecnología que iba a salvar la humanidad, a ser vista como la responsable de una ola de despidos sin precedentes, una fuente masiva de desinformación, y una vergonzosa derrochadora de recursos naturales. Lo que indica el episodio del coctel molotov y los disparos es que el rechazo público comienza a dar paso a la violencia.
Una de las voces más críticas de la gestión de Altman es la de Elon Musk. El hombre más rico del mundo fue, en sus inicios, un inversionista en OpenAI, que por entonces era una organización sin ánimo de lucro dedicada a perseguir el hito máximo: la Inteligencia Artificial General (AGI). Ahora es el motor de una demanda multimillonaria contra la firma, que reclama la destitución del CEO y denuncia su “traición” a la que fue su misión original.
Por supuesto, Musk, que es él mismo un competidor -rezagado- en el mercado de la IA, no es una parte imparcial en este debate. Pero eso no niega que OpenAI, la empresa que alguna vez se propuso “avanzar en la inteligencia digital de la manera que más probablemente beneficie a la humanidad en su conjunto, sin estar limitados por la necesidad de generar un retorno financiero” es la misma que firmó, hace un par de meses, un acuerdo con el Pentágono para desplegar modelos de IA en entornos militares clasificados, tras un acuerdo fallido con Anthropic.
Así que todas las miradas están puestas en la empresa y en su CEO, y con la industria de la IA en permanente cambio y los competidores cada vez más cerca, todo indica que la presión solo va a aumentar, en especial si se concreta la tan esperada salida a bolsa. OpenAI es, todavía, un nombre de referencia en esa industria y Altman es su rostro más visible, para bien o para mal.
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