En 1900, un ingeniero asumió una tarea titánica contra el desierto: hoy su obra es un bosque de 800 hectáreas frente al Mediterráneo

Dunas Guardamar

Un ambicioso plan de ingeniería y reforestación frenó la arena y salvó a la localidad

Ismael Garcia Delgado

Editor Jr

Hay destinos turísticos tan imponentes que parecen obra exclusiva de la naturaleza, cuando en realidad esconden detrás una profunda intervención de la ingeniería humana. Es el caso de Guardamar del Segura, una localidad costera en España que hacia finales del siglo XIX estuvo al borde de quedar sepultada por la arena.

El avance constante de las dunas amenazaba con transformar la región en un auténtico desierto, engullendo viviendas, vialidades y áreas de cultivo impulsado por la fuerza del viento. Para contener la catástrofe, las autoridades encomendaron la misión al ingeniero Francisco Mira Botella, quien diseñó y lideró una de las intervenciones medioambientales más ambiciosas de su tiempo.

Los trabajos formales comenzaron en 1900 con una prioridad absoluta: fijar el terreno antes de que la arena borrara del mapa al poblado. Mira adaptó un sistema ideado por Nicolas Brémontier, entonces inspector general de Caminos y Puentes, que ya había demostrado su efectividad al frenar el avance de las dunas en Francia.

La estrategia iba mucho más allá de simplemente sembrar árboles sobre terreno movedizo. Primero resultaba indispensable inmovilizar el frente de arena. Para lograrlo, construyeron empalizadas de madera y cañizo que actuaron como barreras de retención; estas estructuras atraparon el material arrastrado por el viento hasta moldear una duna litoral artificial que sirvió de contención.

Una vez estabilizado el terreno, arrancó la fase intensiva de reforestación. El equipo probó distintas variedades vegetales para comprobar cuáles toleraban mejor las duras condiciones de la costa. Al final, se plantaron sobre todo pinos, acompañados de palmeras, eucaliptos y otras especies capaces de subsistir en ese suelo.

La intervención transformó por completo la geografía local: se construyeron ocho kilómetros de senderos, 14 kilómetros de contradunas, además de viveros, casas forestales y almacenes de apoyo. En conjunto, las obras abarcaron entre 700 y 800 hectáreas de dunas móviles, convirtiéndolas en una frondosa masa arbórea conocida como la Pinada de Guardamar. Gracias a esta barrera verde, el viento dejó de esparcir arena hacia las calles y la localidad quedó a salvo de ser enterrada.

El proyecto también tuvo un fuerte componente social, pues los propios habitantes de Guardamar del Segura participaron activamente en las faenas de reforestación. La entrega de Francisco Mira Botella con la obra fue total: incluso después de jubilarse en 1925, continuó supervisando los avances de forma voluntaria hasta su conclusión definitiva en 1930. 

Más de un siglo después, el municipio mantiene viva su memoria a través de una casa museo y dos monumentos dedicados a su figura, conmemorando al ingeniero que salvó a su comunidad.

Imagen | Wikimedia

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