
Lo que parecía un desierto en Oaxaca ahora vuelve a tener bosque.
Durante años, algunas laderas de la Mixteca Alta de Oaxaca parecían condenadas a quedarse sin bosque. Primero desapareció el suelo, después el agua comenzó a escasear y finalmente quedaron grandes extensiones de roca donde los árboles apenas podían crecer.
Dos décadas después, el paisaje comenzó a cambiar. Pero no porque alguien llegara con miles de árboles y los plantara. Según Mongabay, las comunidades de la región tuvieron que hacer algo mucho más complicado: recuperar el suelo, frenar el agua de lluvia y devolverle al territorio las condiciones necesarias para que un bosque pudiera volver a crecer.
El resultado ya se mide en miles de hectáreas. La Alianza de Comunidades Chocho-Mixtecas ha restaurado más de 25 mil hectáreas durante los últimos 25 años, de acuerdo con información reciente del Gobierno de Oaxaca. Y detrás de esa cifra hay una historia de trabajo comunitario, tequio y décadas de paciencia.
Antes de que regresaran los árboles, había que recuperar la tierra
Uno de los casos más conocidos se encuentra en San Juan Bautista Coixtlahuaca. Desde alrededor del año 2000, la comunidad agraria ha trabajado en la restauración de unas 2 mil hectáreas mediante labores comunitarias.
Para dimensionar la superficie, equivale a casi tres veces el tamaño del Bosque de Chapultepec. Pero el dato por sí solo no cuenta lo difícil que era recuperar ese territorio. La Mixteca Alta es una región montañosa con suelos particularmente vulnerables a la erosión. Durante generaciones, los cambios en el uso de la tierra, la agricultura y, especialmente, la ganadería contribuyeron a deteriorar el paisaje.
Investigadores de la UNAM han documentado que la región presenta una enorme complejidad geológica y que en distintas zonas la erosión estuvo relacionada con la transformación del territorio.
El resultado era un círculo difícil de romper. Cuando llovía, el agua bajaba por las laderas y se llevaba consigo la poca tierra fértil que quedaba. Sin suelo suficiente, los árboles tenían cada vez más dificultades para crecer. Y sin vegetación, el agua podía correr todavía más rápido y llevarse todavía más tierra.
El problema podía medirse en toneladas. Algunos proyectos de restauración de la región estiman que la erosión promedio puede alcanzar alrededor de 17 toneladas de suelo por hectárea al año. Incluso se ha estimado que por cada kilogramo de maíz cosechado pueden perderse entre cinco y 20 kilogramos de tierra y, en ese escenario, decir que había que "reforestar" se quedaba corto.
La Mixteca Alta llevaba siglos perdiendo suelo
La degradación tampoco comenzó hace unas décadas. El INIFAP estima que la Mixteca oaxaqueña comprende 125,605 hectáreas y que 59% presenta erosión en grado alto o muy alto. En este contexto, la supervivencia de algunas especies utilizadas en trabajos de reforestación puede ser inferior al 40%.
Investigaciones de la UNAM también señalan que la transformación del paisaje de la Mixteca Alta está relacionada con procesos de erosión y con el uso agrícola del territorio durante al menos 3,500 años.
Es decir, las comunidades no estaban intentando solucionar un problema reciente. Estaban tratando de recuperar un territorio que llevaba muchísimo tiempo acumulando cambios. La intensidad de la erosión llegó a convertir a la región en un ejemplo de lo que algunos investigadores han descrito como un auténtico "desastre ecológico" y por eso plantar árboles no podía ser el primer paso.
No empezaron por los árboles
Esta es quizá la parte más interesante de toda la historia. Cuando una superficie ha perdido buena parte de su suelo, plantar miles de árboles no necesariamente resuelve el problema. Si llega una lluvia intensa y no existe vegetación ni estructuras capaces de retener el agua, el suelo puede volver a desaparecer antes de que los árboles tengan oportunidad de crecer.
Por eso los trabajos de restauración en la Mixteca Alta también han incluido zanjas trinchera, zanjas bordo, terrazas, cercado de terrenos y otras obras destinadas a conservar suelo y agua. La lógica es sencilla: primero hay que conseguir que el terreno vuelva a ser capaz de sostener vida. Después, los árboles tienen mejores posibilidades de sobrevivir.
La propia organización Proyecto Mixteca Sustentable explica que restaurar un paisaje no consiste simplemente en plantar árboles, sino en recuperar la capacidad del ecosistema para retener suelo, agua y biodiversidad.
Es una diferencia importante. Una reforestación puede medirse contando árboles. Restaurar un ecosistema implica preguntarse algo mucho más complicado: ¿el territorio volvió a funcionar?
Después de recuperar el suelo, llegaron los pinos
Recuperar el terreno era solo el principio. Una vez que las comunidades comenzaron a conseguir que el agua se quedara en las laderas y que el suelo dejara de desaparecer con cada lluvia, también pudieron volver a plantar árboles.
En San Juan Bautista Coixtlahuaca, una de las especies que forma parte de este proceso son los pinos. Mongabay documentó en 2022 cómo los comuneros mostraban los ejemplares que habían conseguido establecer después de años de trabajos de restauración.
Y aquí hay otro detalle importante: no se trata simplemente de plantar un árbol y esperar a que crezca. En una zona que había sufrido una erosión tan intensa, conseguir que un pino sobreviva implica que las condiciones del terreno también están empezando a cambiar.
Los árboles ayudan a recuperar la cobertura vegetal, sus raíces contribuyen a estabilizar el suelo y, conforme crece la vegetación, el terreno puede retener mejor la humedad. Es un proceso que se retroalimenta: primero hay que recuperar las condiciones para que los árboles sobrevivan y, después, los propios árboles ayudan a que el ecosistema siga recuperándose.
Eso permite entender mejor por qué la restauración de la Mixteca Alta no puede medirse únicamente por el número de árboles plantados. El verdadero avance está en conseguir que esos árboles puedan crecer, reproducirse y formar parte nuevamente del paisaje.
El agua también tenía que regresar
Cuando una ladera queda desnuda, la lluvia puede convertirse en una especie de cinta transportadora y el agua baja rápidamente por la superficie y arrastra partículas de suelo. Las obras de conservación buscan hacer justamente lo contrario: disminuir la velocidad con la que el agua baja por las pendientes y permitir que una mayor cantidad se infiltre en el terreno.
Así, una zanja o una terraza puede parecer una obra pequeña cuando se observa de manera aislada. Pero cuando esas estructuras se distribuyen por cientos o miles de hectáreas, el efecto sobre el paisaje cambia.
El suelo comienza a acumular materia orgánica, la vegetación encuentra mejores condiciones para crecer y el agua puede permanecer durante más tiempo en el territorio. Por eso recuperar el bosque también significa recuperar parte de la relación que el paisaje tenía con el agua.
El trabajo no lo hizo una sola organización
La recuperación de la Mixteca Alta tampoco puede explicarse como resultado de una única campaña gubernamental. Una parte fundamental del proceso ha sido el trabajo de las propias comunidades.
En muchas de ellas existe una tradición de trabajo colectivo conocida como tequio, mediante la cual los habitantes participan en actividades que benefician a la comunidad.
Un estudio académico realizado en Santa María Chachoápam, en Nochixtlán, encontró precisamente esa relación entre el tequio, la organización comunitaria y la restauración ambiental. En ese caso, la comunidad consiguió reforestar 142.54 hectáreas distribuidas en 10 áreas de uso común afectadas por la erosión.
Esto ayuda a entender por qué la recuperación de la Mixteca Alta no puede reducirse a una cifra de árboles plantados y hay una parte ecológica, pero también una parte social. Los habitantes tienen que decidir qué zonas conservar, dónde intervenir, qué especies utilizar, cómo manejar el ganado y cómo repartir el trabajo. Y después tienen que volver a hacerlo al año siguiente; y al siguiente; y al siguiente.
Coixtlahuaca ya había sido un bosque
Hay otro detalle que cambia por completo la forma de entender esta historia. El paisaje que hoy vuelve a llenarse de árboles no necesariamente representa la creación de un bosque completamente nuevo.
En San Juan Bautista Coixtlahuaca, habitantes de la comunidad recuerdan que esas tierras fueron anteriormente bosques capaces de sostener una población considerable. Horacio Miguel, presidente de los comuneros de la localidad, explicó a Mongabay que esos bosques habían sostenido una ciudad de más de 100 mil habitantes antes de la llegada de los españoles.
Eso cambia la perspectiva. No se trata simplemente de convertir un territorio desértico en bosque. En buena parte de la región, el objetivo es recuperar una función ecológica que el paisaje había perdido: es como si el territorio estuviera intentando regresar a un estado que alguna vez conoció.
La recuperación también tiene una historia mucho más antigua
La historia de Coixtlahuaca no comienza hace 25 años. La UNAM ha documentado la importancia histórica de Coixtlahuaca y de la Mixteca Alta, una región donde las comunidades desarrollaron durante siglos distintas formas de aprovechar un territorio montañoso y con condiciones ambientales difíciles.
Incluso la geología de la zona cuenta una historia mucho más antigua que la de sus habitantes. En distintas partes de Oaxaca existen evidencias de que algunos territorios actualmente montañosos estuvieron relacionados con ambientes completamente diferentes hace millones de años.
La evolución geológica ayuda a explicar la diversidad de suelos, formaciones rocosas y ecosistemas que existen actualmente, pero la transformación más visible ocurrió mucho después, cuando la actividad humana modificó profundamente el territorio.
Las cifras de restauración ya superan las de años anteriores
La dimensión de lo conseguido también ha cambiado con el tiempo. Reportes anteriores hablaban de más de 20 mil hectáreas restauradas en la Mixteca Alta. Ahora, el Gobierno de Oaxaca informó que la Alianza de Comunidades Chocho-Mixtecas ha superado las 25 mil hectáreas restauradas durante los últimos 25 años y contempla sumar otras 7 mil mediante nuevos apoyos de CONAFOR.
La diferencia entre ambas cifras no significa que una sea necesariamente incorrecta. Refleja que los trabajos continúan y que la superficie restaurada sigue creciendo, y hay otro dato que ayuda a entender la escala.
En 2017, CONAFOR destinó 17.7 millones de pesos para restaurar y mantener 4,213 hectáreas distribuidas en 79 municipios de Oaxaca. La restauración, por tanto, no ocurrió de golpe ni fue producto de una sola inversión. Ha sido un proceso acumulativo en el que participan comunidades, instituciones, investigadores y organizaciones.
Un ecosistema no se recupera contando árboles
La historia de la Mixteca Alta también muestra por qué contar árboles puede ser una forma demasiado sencilla de medir una restauración. Un bosque no es solamente un conjunto de troncos.
Es suelo, agua, microorganismos, plantas, animales y relaciones ecológicas que funcionan juntas. Por eso existen lugares donde la regeneración ocurre de manera natural y otros donde las comunidades necesitan intervenir directamente.
En algunos sitios se plantan árboles; en otros se permite que la vegetación se recupere por sí misma. También hay zonas donde se recuperan terrazas agrícolas o se modifican prácticas relacionadas con el manejo del ganado. El objetivo no es que las 25 mil hectáreas terminen exactamente iguales, sino que el territorio vuelva a funcionar.
Dos décadas después, el paisaje cuenta otra historia
En 2021, la experiencia de estas comunidades recibió un reconocimiento de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, que eligieron la región como sede de las actividades por el Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía.
Pero quizá el dato más importante no sea la superficie recuperada: es el tiempo. En Coixtlahuaca, los trabajos comenzaron alrededor del año 2000. No hubo un cambio visible de un día para otro. Durante años hubo que construir, plantar, cuidar, esperar y volver a trabajar.
Eso es algo que suele perderse cuando hablamos de restauración ambiental. Un bosque puede tardar siglos en degradarse y décadas en recuperarse, no funciona al ritmo de una obra de infraestructura ni responde a una campaña de reforestación de unas cuantas semanas. La Mixteca Alta demuestra que un paisaje que parecía perdido todavía puede cambiar, pero también demuestra que recuperar un bosque es mucho más complicado que plantar árboles.
Primero hubo que devolverle al suelo la capacidad de sostener vida. Después hubo que conseguir que el agua volviera a quedarse en el territorio. Y finalmente hubo que darle algo que ninguna maquinaria puede acelerar: tiempo.
En Coixtlahuaca son alrededor de 2 mil hectáreas recuperadas. En el conjunto de comunidades de la Mixteca Alta, más de 25 mil. Desde lejos, el resultado puede parecer sencillo: donde antes predominaban la roca y el suelo desnudo, ahora vuelven a aparecer árboles.
Pero detrás de ese paisaje hay zanjas, terrazas, trabajo comunitario, tequio y décadas de paciencia. El bosque no regresó porque alguien plantara suficientes árboles. Regresó porque sus habitantes comenzaron a devolverle algo mucho más básico: suelo, agua y tiempo.
Imágenes | Mongabay, Wikimedia, Wikimedia
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