
La ciencia quiere convertir al océano en un mejor capturador de CO2.
El océano está absorbiendo cada vez más dióxido de carbono de la atmósfera y eso está cambiando su química. La respuesta de un grupo de científicos fue tan extraña como suena: vertieron decenas de miles de litros de hidróxido de sodio, mejor conocido como soda cáustica, en el mar. Y no, no se trató de un derrame ni de un intento de "limpiar" el mar.
Fue un experimento cuidadosamente controlado en el Golfo de Maine, frente a la costa de Estados Unidos, para poner a prueba una idea que podría convertirse en una nueva herramienta contra el cambio climático: aumentar artificialmente la alcalinidad del océano para que pueda absorber y almacenar más CO2. El proyecto LOC-NESS liberó hidróxido de sodio durante seis horas en agosto de 2025 y después siguió lo ocurrido durante cuatro días.
La escena parece contradictoria: echar una sustancia cáustica al océano para intentar protegerlo, pero aquí está el detalle interesante: detrás de esa decisión hay una propiedad química del agua de mar que los científicos llevan años estudiando. La pregunta no es si el océano puede capturar carbono, porque ya lo hace, sino si podemos conseguir que capture un poco más sin provocar un problema todavía mayor.
El océano ya captura CO2 por sí solo
El océano no es solamente una enorme masa de agua que cubre buena parte del planeta; también funciona como uno de nuestros grandes reguladores naturales del carbono, porque absorbe una parte del dióxido de carbono que liberamos a la atmósfera. Cuando ese CO2 entra en contacto con el agua de mar, participa en una serie de reacciones relacionadas con el sistema de carbonatos.
Parte de ese carbono termina convertido en bicarbonato y carbonato, formas que pueden permanecer almacenadas durante mucho tiempo. El problema es que este proceso no ocurre sin consecuencias: mientras más CO2 absorbe el océano, más cambia su química, y eso contribuye a la llamada acidificación oceánica.
Ese cambio puede afectar a distintos organismos marinos y alterar el equilibrio de los ecosistemas. Corales, moluscos y otros seres vivos dependen de condiciones químicas relativamente estables para desarrollar estructuras y realizar funciones vitales. Por eso el aumento de la alcalinidad oceánica, conocido como OAE por sus siglas en inglés, parte de una idea bastante sencilla en teoría: aumentar la capacidad natural del agua para incorporar carbono.
Dicho de una forma mucho más sencilla, los investigadores no están tratando de "limpiar" el CO₂ que ya está en el océano. Lo que buscan es que el propio mar pueda capturar una mayor cantidad del dióxido de carbono que todavía se encuentra en la atmósfera.
¿Por qué utilizar soda cáustica?
El hidróxido de sodio es una sustancia extremadamente alcalina y, precisamente por eso, puede cambiar rápidamente las condiciones químicas del agua. Cuando se incorpora al océano, aumenta su alcalinidad y eleva temporalmente el pH, lo que desplaza el equilibrio del sistema de carbonatos.
Ese cambio puede favorecer que una mayor cantidad de CO2 atmosférico termine incorporándose al agua y transformándose en bicarbonato y carbonato. La idea, entonces, no consiste en que la soda cáustica actúe como una especie de esponja que absorbe directamente el dióxido de carbono, sino en modificar las condiciones para que el océano tenga una mayor capacidad de hacerlo por sí mismo.
La lógica no es completamente ajena a la naturaleza. El problema es que aquí los científicos intentan acelerar deliberadamente un proceso que normalmente ocurre de forma mucho más lenta y ahí aparece el verdadero reto: el océano no es un laboratorio en el que podamos cambiar una variable y esperar que todo lo demás permanezca igual.
La prueba tuvo que seguir la química casi minuto a minuto
Durante el experimento del Golfo de Maine, los investigadores añadieron el hidróxido de sodio junto con un colorante rojo que funcionó como trazador. De esa manera podían seguir el movimiento de la zona modificada y saber hasta dónde se desplazaba la llamada "pluma" de alcalinidad.
Un segundo barco siguió esa zona mientras los científicos medían distintas condiciones físicas, químicas y biológicas del agua. También utilizaron cuatro vehículos submarinos autónomos, planeadores, muestras de agua, redes para recolectar plancton y observaciones satelitales para tener una imagen lo más completa posible.
Todo este despliegue tiene una razón bastante obvia: si quieres cambiar las condiciones del mar, primero necesitas saber qué tan rápido se dispersa la sustancia, cuánto cambia el pH y qué ocurre con los organismos que quedan dentro de esa zona. No basta con demostrar que la química cambia; también hay que saber qué pasa alrededor.
El experimento fue autorizado por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos después de una revisión que duró aproximadamente un año e incluyó dos periodos de comentarios públicos. Es decir, no fue un barco llegando al mar con miles de litros de sosa cáustica y simplemente arrojándolos al agua.
Los primeros resultados son prometedores, pero tienen letra pequeña
Los resultados preliminares publicados por Woods Hole Oceanographic Institution en febrero de 2026 sugieren que el experimento consiguió modificar la química del agua como estaba previsto y que también se observaron señales relacionadas con la incorporación de carbono.
Pero había otra pregunta todavía más importante: ¿qué les pasó a los organismos que estaban ahí? Durante las observaciones realizadas, los investigadores no encontraron diferencias significativas en la abundancia de zooplancton, larvas de peces y larvas de langosta dentro y fuera de la zona donde se aumentó la alcalinidad.
Sobre el papel, eso es una buena señal. El problema es que una prueba de unos cuantos días no alcanza para demostrar que echar hidróxido de sodio al océano sea seguro a una escala mucho mayor, donde las cantidades serían radicalmente distintas y los tiempos de exposición podrían cambiar.
Los propios investigadores señalan que todavía hacen falta estudios sobre concentraciones, tiempos de exposición y organismos que no pudieron evaluarse directamente durante este ensayo. También quedan preguntas sobre lo que podría ocurrir en niveles superiores de la cadena alimentaria y en ecosistemas completos.
El océano tampoco puede cambiar de pH demasiado rápido
Aquí aparece uno de los detalles más importantes de todo el experimento. Que el océano se esté acidificando no significa que hacerlo más alcalino de golpe sea automáticamente bueno para la vida marina. Los organismos también necesitan mantenerse dentro de determinados rangos químicos para funcionar con normalidad.
Un estudio publicado en 2026 analizó qué ocurría con Calanus finmarchicus, un pequeño crustáceo que forma parte importante de las redes alimentarias del Atlántico Norte. Los investigadores lo expusieron durante periodos cortos a agua con un pH muy elevado después de añadir hidróxido de sodio.
En general, los ejemplares mostraron una tolerancia considerable a exposiciones breves. Sin embargo, a valores extremos de pH, algunos adultos tuvieron una menor capacidad para realizar su respuesta de escape, mientras que uno de los grupos juveniles sometidos a la exposición más intensa presentó una reducción significativa de supervivencia después de 72 horas.
Eso no significa que el experimento del Golfo de Maine haya provocado ese tipo de daño. Lo que demuestra es algo mucho más útil para los investigadores: la dosis, la concentración y el tiempo de exposición pueden cambiar por completo el resultado.
Una nube de agua muy alcalina que se diluye rápidamente no es lo mismo que mantener una zona del océano con un pH elevado durante horas o días. Por eso uno de los grandes retos del aumento de la alcalinidad oceánica consiste en controlar cómo se dispersa el material y cuánto tiempo permanece alterada esa parte del mar.
El riesgo es crear una zona demasiado alcalina
La paradoja de esta tecnología está justo aquí. El océano se está volviendo más ácido por el exceso de CO2, pero hacer que una zona del mar sea demasiado alcalina también puede ser perjudicial para los organismos que viven en ella.
El hidróxido de sodio eleva rápidamente el pH del agua y, en condiciones naturales, los organismos marinos están adaptados a determinados rangos químicos. Un cambio repentino puede convertirse en una fuente de estrés fisiológico. La EPA señala que las variaciones importantes de pH pueden afectar el crecimiento, la reproducción, el comportamiento e incluso la supervivencia de organismos acuáticos.
Y el asunto podría ir más allá de los animales que entren directamente en contacto con la zona tratada. Otro estudio publicado en 2026 encontró que una alcalinización abrupta podía modificar la diversidad de microorganismos marinos y favorecer la proliferación de ciertos parásitos en experimentos de laboratorio.
Eso abre otra incógnita importante. Aunque un tratamiento no mate de inmediato a los organismos que se encuentran en la superficie, todavía podría modificar relaciones ecológicas mucho más pequeñas y difíciles de detectar. En un ecosistema tan complejo como el océano, un cambio aparentemente localizado puede tener consecuencias que no sean tan fáciles de medir.
Por eso la pregunta ya no es solamente cuánto CO2 puede retirar esta tecnología. También hay que preguntarse cuánto puede modificar el ecosistema mientras intenta hacerlo.
Capturar más CO2 no significa que el problema esté resuelto
Incluso suponiendo que podamos aumentar la capacidad del océano para absorber dióxido de carbono, todavía queda otro obstáculo: hacerlo requiere materiales, infraestructura y energía. Y esa energía también tiene que salir de algún lado.
Un estudio publicado en Scientific Reports sobre otro experimento de aumento de alcalinidad con hidróxido de sodio en Tasmania señala precisamente que la energía necesaria para producir las soluciones alcalinas es uno de los principales límites para llevar esta tecnología a gran escala. Si esa energía depende de combustibles fósiles, parte del beneficio climático podría terminar perdiéndose.
Además, hay una diferencia enorme entre demostrar que una reacción funciona y demostrar que puede utilizarse para retirar grandes cantidades de carbono de la atmósfera. El experimento australiano, por ejemplo, permitió medir cómo cambiaba la química del agua y cómo se diluía rápidamente la pluma, pero fue diseñado como una prueba de funcionamiento y monitoreo, no como una demostración de captura de carbono a gran escala.
Ese detalle ayuda a poner las cosas en perspectiva. El aumento de la alcalinidad oceánica no está listo para convertirse en una especie de servicio de limpieza del planeta; todavía está en una etapa mucho más básica, en la que los científicos intentan descubrir qué ocurre cuando intervienen deliberadamente en las condiciones químicas del mar.
El "antiácido" del océano todavía está en fase de prueba
El aumento de la alcalinidad oceánica forma parte de un grupo más amplio de tecnologías conocidas como remoción de dióxido de carbono. La idea general es retirar CO2 que ya se encuentra en la atmósfera mediante distintas estrategias, desde bosques y minerales hasta sistemas capaces de capturarlo directamente del aire.
El OAE apuesta por algo distinto: utilizar la química del océano para aumentar su capacidad natural de almacenar carbono. Sobre el papel resulta atractivo porque el mar ya cuenta con procesos capaces de incorporar parte del CO2 que emitimos, pero convertir esa idea en una herramienta climática a gran escala es un problema completamente diferente.
Modificar una pequeña zona durante un experimento es una cosa; hacerlo en cantidades suficientes para tener un impacto climático medible es otra completamente distinta. Y entonces aparece la pregunta incómoda que todavía no tiene una respuesta definitiva: ¿qué ocurre cuando intentamos intervenir de forma deliberada en la química de un ecosistema que cubre más del 70% del planeta?
Y esto también importa en México
Lo que ocurre en el Golfo de Maine no es un problema exclusivo de Estados Unidos. México también enfrenta cambios en la química de sus mares como consecuencia del aumento del CO2 atmosférico, y el propio gobierno mexicano reconoce que la acidificación oceánica puede afectar a corales, moluscos y otros organismos que necesitan condiciones específicas para formar sus estructuras.
Esto importa todavía más cuando se considera la extensión de las costas mexicanas. El país tiene más de 11,500 kilómetros de litoral y sus aguas abarcan regiones tan distintas como el Golfo de México, el Caribe, el Golfo de California y diferentes zonas del Pacífico, cada una con ecosistemas y condiciones oceanográficas particulares.
Pero hay otro detalle que hace especialmente interesante esta historia para México: el océano no solamente está sufriendo las consecuencias del exceso de CO2. También forma parte de las herramientas naturales con las que contamos para amortiguarlo.
Los manglares, los pastos marinos y las marismas costeras almacenan carbono en sus sedimentos, mientras que el propio océano absorbe una parte importante del dióxido de carbono que emitimos. A este conjunto de procesos se le conoce como carbono azul y muestra que la naturaleza ya tiene mecanismos para almacenar carbono sin necesidad de añadirle soda cáustica.
Por eso el experimento del Golfo de Maine también plantea una pregunta relevante para México: ¿podemos aumentar artificialmente la capacidad del océano para almacenar carbono sin alterar los ecosistemas que ya hacen ese trabajo de manera natural?
No es un antiácido para el océano. Todavía
La imagen parece sacada de una película: un barco vertiendo soda cáustica en el mar con la intención de combatir uno de los efectos del exceso de CO2. Pero detrás de esa escena hay una pregunta científica bastante más seria: si el océano ya absorbe carbono de manera natural, ¿podemos aumentar esa capacidad sin provocar daños que terminen anulando el beneficio climático?
Los primeros resultados del experimento del Golfo de Maine indican que la química del agua puede modificarse de la manera esperada y que, al menos durante el ensayo, no aparecieron diferencias significativas en algunos de los organismos estudiados. Pero eso todavía no responde qué ocurriría a mayor escala, durante más tiempo o en ecosistemas mucho más complejos.
La ciencia, en otras palabras, no acaba de encontrar un antiácido para el océano. Acaba de probar, en una escala diminuta, qué ocurre cuando intentamos convertirlo en uno.
Imágenes | Woods Hole Oceanographic Institution, Pexels
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