
A principios del siglo XX los administradores del parque nacional promovieron su caza al considerarlos "destructivos".
A menudo las personas solemos olvidar que en los ecosistemas cada organismo cumple una función específica y que romper el delicado equilibrio de la naturaleza puede tener grandes consecuencias. Por poner un ejemplo podemos mencionar a Yellowstone y cómo la desaparición de los lobos grises en la década de 1930 provocó una reacción en cadena que solo se detuvo con su reintroducción ocho décadas después.
Y es que desde que una campaña de exterminio impulsada por la caza intensiva y la policía federal acabó con la presencia de estos cánidos en la zona, la población de alces comenzó a crecer sin control. Estos mamíferos, a su vez, devoraron los brotes de álamos, evitando que la especie se reprodujera. Sin embargos, estudios recientes han revelado el crecimiento de nuevos álamos en Yellowstone, a la vez que la población de alces se ha reducido.
La mala idea de dejar a Yellowstone sin lobos
De acuerdo con información del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, los primeros administradores de Yellowstone llegaron a considerar a los lobos como depredadores destructivos, por lo que promovieron su caza. Entre 1914 y 1926 al menos 136 de estos animales habían sido abatidos en el parque. Para 1940 la especie estaba casi extinta en la zona, y para la década de los 70 ya no quedaba rastro de ellos.
Si bien se pensaba que esto protegería a otras especies, pronto la naturaleza demostró por qué cazarlos hasta el exterminio fue un grave error. Y es que al estar libres de sus principales depredadores, los alces se multiplicaron sin control, instalándose en los valles y cerca de los ríos, donde se alimentaban de brotes de árboles, al punto de impedir el crecimiento de nuevos ejemplares.
Así, durante más de 80 años, los álamos de Yellowstone fueron envejeciendo sin poder dejar descendencia, al punto de que en la década de 1990 fue imposible encontrar un álamo joven en el parque. Al no haber nuevos ejemplares, Yellowstone fue perdiendo poco a poco su diversidad.
1995: el año que lo cambió todo
En 1995, los científicos decidieron reintroducir a los lobos grises en Yellowstone para controlar la expansión de los alces. Para ello trajeron ejemplares desde Canadá y los liberaron en el parque. Lo que ocurrió después se convirtió en el ejemplo perfecto de lo que la ciencia llama una cascada trófica.
La presencia de los lobos no solo redujo la población de alces de manera natural (pasando de unos 18,000 a cerca de 2,000 ejemplares en la actualidad), sino que cambió su comportamiento. Con los lobos al acecho, los alces dejaron de pastar en los valles abiertos y se refugiaron en zonas más seguras, alejándose de los ríos.
Esto permitió a los brotes de álamos y sauces crecer sin la amenaza de los alces. Según investigadores de la Universidad Estatal de Oregón, en más del 40% de las zonas estudiadas, los jóvenes álamos están mostrando un crecimiento vigoroso, alcanzando alturas que no se veían desde la década de 1940.
El efecto mariposa
Al haber más sauces y álamos, otras especies volvieron, como pájaros e insectos. Pero quizás los mayores beneficiados fueron los castores, quienes volvieron a construir represas que se volvieron hábitats para patos, peces y anfibios.
Incluso los ríos cambiaron físicamente. Las raíces de los nuevos árboles estabilizaron las orillas, reduciendo la erosión y haciendo que los cauces fueran más definidos y serpenteantes. Los expertos señalan las variaciones en el clima y la acción de osos y pumas también han ayudado a este cambio, pero el papel de los lobos fue sumamente importante.
Imagen de portada | Pexels.
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