A menudo me pregunto cómo es que los humanos descubrieron qué frutas y hojas podían comerse y cuáles no. Quizá más de uno fue la carnada para averiguarlo, y otros más lo aprendieron y lo apuntaron en algún lado.
De la misma manera, con lo que hace el paso del tiempo con las frutas, por ejemplo cuando les sale hongo o moho. Y es que más de uno ha encontrado cómo su fruta favorita se pone grisácea y empieza a oler extraño. En mi caso, con las fresas, quise quitar la parte afectada, aunque no fue la mejor idea del mundo y me terminé enfermando.
Qué es el moho y qué pasa si como lo como
En el caso de mis fresas, y en general, el moho lo reconocemos por esa textura grisasea en algunas partes del fruto. Lo que no sabía era que existían varios ripos, de acuerdo al fruto. Por ejemplo, el Penicillium, que crece en las manzanas; el Aspergillus, en uvas y café, aunque en este caso producen micotoxinas que, en altas cantidades, pueden causar intoxicación o daños renales.
También podrían presentarse la aflatoxina y la micotoxina, comunes en cacahuetes, frutos secos, maíz, arroz, higos y otros alimentos secos, especias, aceites vegetales crudos, granos de cacao y cereales. Estos hongos pueden causar cáncer de hígado si hay constante exposición con ellas, aunque tiene sentido porque los alimentos secos suelen tener menor problema con ello.
Algo a destacar es que la mayoría de los mohos que crecen visiblemente en los alimentos son inofensivos, pero es imposible distinguir cuáles son peligrosos y cuáles no. La identificación precisa requiere observación microscópica y otras técnicas de laboratorio. Si identificas estos hongos en prácticamente cualquier alimento, lo mejor es desecharlo, porque probablemente también haya bacterias y una fecha de caducidad próxima o pasada.
En el caso de las fresas que comí, seguramente fue Alternaria, que es un hongo filamentoso saprofito perteneciente al filo Ascomycota y al grupo de los dematiáceos, caracterizados por presentar una coloración oscura. Este patógeno vegetal puede infectar a más de 4,000 especies vegetales, causando daños significativos en granos, frutas y verduras, lo que lo convierte en responsable del 20 % de las pérdidas de la producción agrícola, de acuerdo con el INSST.
Y lo importante es saber qué ocurre si comemos alguno de estos hongos. De acuerdo con el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), los principales riesgos asociados al moho son las reacciones alérgicas, incluyendo problemas respiratorios, así como intoxicaciones. Los daños por intoxicación por micotoxinas pueden afectar varios órganos, como el hígado, el bazo y los riñones, además de provocar trastornos gastrointestinales como vómitos, dolor abdominal, diarrea, irritación cutánea y toxicidad para el sistema nervioso.
En algunos casos, la intoxicación puede ser mortal. Los niveles de tolerancia establecidos para diversos alimentos son muy bajos, del orden de microgramos por kilogramo de sustancia. Por suerte, y en mi caso, dejé de lado las partes con afectación más visible y solo comí el resto en cantidades mínimas.
Puedo comer una fruta con moho si le quito la parte afectada
La respuesta corta es no. Cometí el error de querer eliminar la parte afectada y solo dejar "lo bonito". Que si lo pensamos con calma, es hasta una acción "natural", pues eliminamos lo malo para poder comer lo que se ve bien.
La explicación científica es que el moho, aunque sea visible, no es lo único afectado. Por ejemplo, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recomienda no consumir alimentos con moho, ya que su presencia indica deterioro y riesgo de micotoxinas, sustancias tóxicas que pueden causar graves problemas de salud, incluyendo efectos crónicos.
El problema principal no es que dé asco el aspecto del hongo, sino que ese hongo funciona como una planta: aunque elimines el tallo, las raíces siguen ahí produciendo micotoxinas que son tóxicas y pueden causar dolor de estómago, náuseas o diarrea. Si consumes un poco por accidente, tendrás síntomas de enfermedades puntuales, pero si lo repites constantemente, puedes provocar daño hepático, renal o incluso cáncer, según los mismos expertos.
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