La psicología explica que si guardas todos los tickets y recibos, no es por acumulador, es porque quieres tener todo el control

Tickets Guardados

Ese cajón lleno de tickets podría tener una explicación psicológica.

Samantha Guerrero

Editora Jr

Posiblemente eres de los que tienen un cajón lleno de papeles. No importa cuánto tiempo pase: cada vez que alguien lo abre, aparecen tickets del supermercado, recibos de hace meses, garantías, facturas y comprobantes de compras que nadie recuerda haber guardado; y aun así, casi nadie se atreve a tirar todo. Siempre aparece el mismo pensamiento: "por si algún día lo necesito".

Puede ser una garantía que todavía podría hacerse válida, un electrodoméstico que quizá falle o simplemente la necesidad de conservar una prueba de que aquella compra ocurrió. Pero detrás de ese pequeño gesto cotidiano también existe algo que la psicología lleva años estudiando: guardar información puede hacernos sentir que tenemos un poco más de control sobre lo que podría ocurrir después.

Eso no significa que tener una carpeta llena de recibos sea señal de un trastorno de acumulación. Guardar cosas por razones prácticas es completamente normal. La diferencia está en qué ocurre cuando el “por si acaso” deja de tener límites.

Ese ticket que guardas “por si acaso” sí puede ser útil

Antes de buscar una explicación psicológica, hay que reconocer algo bastante obvio: a veces guardar un ticket es simplemente una buena idea. Si el producto falla, el comprobante puede servir para una devolución o una garantía; si aparece un cobro que no reconocemos, permite comprobar cuándo se realizó la operación y, si queremos revisar cuánto gastamos durante el mes, basta con volver a ese pequeño papel.

En México, además, algunos comprobantes tienen funciones prácticas y fiscales. El SAT cuenta con herramientas para consultar, recuperar y validar facturas electrónicas, mientras que determinados recibos de servicios pueden utilizarse como comprobantes de domicilio para algunos trámites, siempre que cumplan con los requisitos correspondientes.

Es decir, guardar un recibo no siempre tiene que ver con una obsesión por conservar cosas. En ocasiones estamos guardando una evidencia que realmente podría hacer falta, pero aquí aparece la parte interesante: ¿qué ocurre cuando seguimos guardando documentos incluso cuando ya no tienen ninguna utilidad evidente?

Cuando guardar algo nos hace sentir que tenemos el control

La psicología ha estudiado durante años las razones por las que las personas deciden conservar objetos. Gail Steketee, Randy Frost y Michael Kyrios desarrollaron el Saving Cognitions Inventory, una herramienta de 24 preguntas que permite estudiar las creencias relacionadas con la decisión de guardar pertenencias.

La escala contempla cuatro dimensiones principales: apego emocional, memoria, control y responsabilidad. Y las dos últimas ayudan bastante a entender ese cajón lleno de tickets.

Una persona puede conservar un objeto porque piensa que tendrá que utilizarlo más adelante. Otra puede sentir que tiene la responsabilidad de conservarlo porque “algún día podría hacer falta”. Y otra puede experimentar cierta tranquilidad simplemente por saber que la información sigue disponible.

El ticket encaja perfectamente en esa lógica. No sabemos si el producto fallará. No sabemos si tendremos que devolverlo, tampoco sabemos si algún día necesitaremos comprobar cuánto pagamos, pero sí sabemos dónde está el recibo: El papel no elimina la incertidumbre. Solo nos hace sentir un poco más preparados para ella.

Nuestro cerebro tampoco quiere recordar todo

Hay otra explicación bastante sencilla: recordar información constantemente cuesta. ¿Cuánto pagaste por aquella licuadora? ¿En qué fecha la compraste? ¿Cuánto costaba el producto que compraste hace tres meses? ¿Qué decía exactamente la garantía?

Podríamos intentar almacenar todos esos datos en nuestra memoria, pero no tendría demasiado sentido si existe una alternativa mucho más fácil: guardar el documento y consultarlo cuando haga falta.

La teoría de la carga cognitiva parte de una idea básica: la memoria de trabajo tiene una capacidad limitada. Por eso externalizamos información constantemente.

Apuntamos una cita en el celular, hacemos una lista del supermercado o ponemos una alarma para recordar algo que no queremos olvidar. El ticket puede cumplir una función parecida.

No significa que el cerebro esté utilizando el recibo como un disco duro. Pero sí estamos haciendo algo parecido a sacar información de nuestra cabeza y ponerla en otro lugar para consultarla después y, cuando esa información podría ser útil, conservarla parece una decisión bastante razonable.

También hay algo de “mejor prevenir que lamentar”

La teoría de las perspectivas de Daniel Kahneman y Amos Tversky introdujo otro concepto que ayuda a entender esta conducta: las personas solemos experimentar las pérdidas con mayor intensidad que las ganancias equivalentes.

Dicho de una manera mucho más cotidiana: encontrar 500 pesos puede alegrarnos bastante, pero perder esos mismos 500 pesos probablemente nos molestará todavía más. Con un ticket sucede algo parecido, aunque a una escala mucho menor. Tirarlo apenas produce un beneficio: tenemos un papel menos en el cajón.

Pero conservarlo nos protege frente a una posible pérdida futura: no poder devolver un producto, no tener cómo demostrar una compra o no contar con un comprobante cuando aparezca un problema. Así que guardar el recibo puede funcionar mentalmente como una especie de seguro contra el “¿y si lo necesito?”.

El problema empieza cuando todo se convierte en “por si acaso”

Aquí está la diferencia importante. Guardar el ticket de una computadora que acabas de comprar tiene sentido. Conservar la garantía de un electrodoméstico también. Incluso guardar ciertos documentos durante años puede ser necesario.

Pero piensa en ese recibo de hace cinco años que todavía sigue en el cajón, o en la factura de un producto que ya no tienes o en la garantía que terminó hace una década.

En algún momento, la pregunta deja de ser: “¿Puedo necesitar esto?” Y comienza a convertirse en: “¿Y si algún día lo necesito?” La diferencia parece pequeña, pero puede cambiar por completo la forma en que una persona se relaciona con sus pertenencias.

Esto no significa que seas un acumulador

Aquí conviene detenernos porque es muy fácil convertir cualquier comportamiento cotidiano en un diagnóstico: tener muchos tickets no significa tener un trastorno de acumulación.

Una investigación clínica distingue entre conservar objetos de manera normal y un patrón de acumulación que implica una dificultad persistente para deshacerse de cosas, genera un desorden significativo o termina interfiriendo con la vida cotidiana; por eso, tener una carpeta llena de facturas no es suficiente para hablar de un problema.

La situación cambia cuando tirar prácticamente cualquier documento provoca angustia, cuando la persona siente que no puede desprenderse de ellos aunque ya no tengan utilidad o cuando los objetos empiezan a ocupar espacios que deberían utilizarse para otras cosas. Ahí ya no estamos hablando simplemente de alguien precavido.

En México, guardar documentos también puede tener una explicación práctica

Hay otra razón por la que esta conducta puede resultar especialmente comprensible: no todos los papeles que guardamos son inútiles. Una factura puede ser necesaria para comprobar una operación; un recibo puede servir para un trámite. Una póliza puede ser importante durante años; incluso algunos comprobantes de servicios pueden utilizarse para acreditar un domicilio.

Por eso tampoco sería correcto decir que una persona guarda recibos únicamente porque necesita sentir control. A veces simplemente está haciendo algo bastante lógico: guardar una prueba hasta estar seguro de que ya no la necesita; el problema aparece cuando esa fecha nunca llega.

Por eso algunas personas tienen un cajón que parece archivo

La próxima vez que abras ese cajón donde conviven tickets del supermercado, facturas, garantías y recibos de hace años, quizá la escena tenga otra explicación. No necesariamente estás acumulando papel porque no puedas desprenderte de él.

Puede que estés intentando mantener organizada cierta información, reducir la cantidad de cosas que necesitas recordar o asegurarte de contar con una prueba si algún día aparece un problema.

La investigación sobre las creencias relacionadas con el ahorro de objetos muestra precisamente que memoria, control y responsabilidad pueden influir en nuestra decisión de conservar pertenencias.

Pero existe una diferencia importante. Guardar un ticket porque podría ser útil es una conducta cotidiana. Sentir que no puedes tirar prácticamente ningún documento, aunque ya no tenga utilidad, y que eso termina llenando espacios de la casa o afectando tu vida diaria, es otra cosa.

Así que quizá ese montón de recibos no diga que eres un acumulador. Tal vez solo diga que prefieres tener la prueba guardada antes que necesitarla algún día y descubrir que ya la tiraste, y el problema es que, si todo es “por si acaso”, algún día el cajón puede quedarse sin espacio.

Imágenes | Pexels

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