Basta con mirar la cartelera cinematográfica actual para notar un patrón evidente: secuelas, remakes, precuelas y spin-offs dominan las salas. En su afán por esquivar descalabros en taquilla, los grandes estudios prefieren refugiarse en franquicias consolidadas con bases de seguidores leales.
Esta aversión al riesgo en Hollywood no significa necesariamente que todas sus películas sean malas, pero sí ha dejado en el olvido la emoción de sumergirse en mundos completamente inéditos y conectar con personajes salidos de la más pura imaginación.
Bajo las reglas que rigen la industria hoy, una propuesta tan desbordante y libre como Laberinto -Labyrinth por su título original-, la obra cumbre con marionetas dirigida por Jim Henson e impregnada del espíritu onírico de las fábulas de Lewis Carroll, jamás habría recibido luz verde.
La trama sigue a Sarah (Jennifer Connelly), una joven de 15 años que lidia con la incomprensión de su padre y su madrastra mientras cuida a su llorón medio hermano. Agotada por las quejas del bebé, Sarah pronuncia un deseo impulsivo: pide que los duendes se lleven al pequeño. Es entonces que Jareth (David Bowie), el Rey de los Goblins, hace acto de presencia y cumple la encomienda al pie de la letra.
Arrepentida al instante, la adolescente solo cuenta con un plazo límite para recuperar a su hermano antes de que sea transformado para siempre. La misión la obliga a internarse en un misterioso y traicionero laberinto donde nada es lo que aparenta. A pesar del peligro inminente en cada esquina, Sarah forma una entrañable alianza con peculiares criaturas locales para plantarle cara al monarca y a sus huestes.
El triunfo de los efectos prácticos sobre el CGI
Aunque Connelly entrega una actuación notable con apenas 15 años y David Bowie inmortalizó a su villano —con pantalones ajustados y peinado glam incluidos—, el auténtico corazón de la cinta radica en el despliegue animatrónico de Henson. Las creaciones de tela y mecanismos eclipsan a los intérpretes de carne y hueso gracias a un nivel de artesanía irrepetible.
Caracoles parlantes, piedras vivientes, bestias tímidas, gnomos y el inolvidable Sir Didymus, un fiero zorro caballero montado sobre un perro pastor inglés: cada elemento es un tributo a la confección manual. La horda de goblins de Jareth funciona casi como un cuadro detalladísimo donde cada figura cuenta con una personalidad grotesca y única.
Si bien es una aventura idónea para disfrutar en familia, la estética de los títeres puede resultar desconcertante o algo aterradora para los niños más pequeños, pues transita con soltura entre lo adorable y lo bizarro. No obstante, secuencias como la alocada travesía por el pantano del hedor logran disipar cualquier tensión con humor absurdo.
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Imagen | IMDb
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