En 1890, un neoyorquino liberó 100 estorninos en Central Park. No tenía ni idea de lo que desencadenó en el continente

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La historia de cómo una especie invasora conquistó Norteamérica y hasta transformó la aviación comercial

Ismael Garcia Delgado

Editor Jr

A finales del siglo XIX, un experimento aparentemente inocente alteró para siempre el equilibrio ecológico de América del Norte. En Central Park, Nueva York, unas cuantas decenas de estorninos europeos fueron liberadas en libertad. Lo que nadie previó fue que ese modesto grupo desataría una de las expansiones biológicas más agresivas y desconcertantes de las que se tenga registro.

Un fenómeno migratorio que cruzó el continente de costa a costa, llegó a rozar los 200 millones de individuos y acabó envuelto en una célebre leyenda sobre Shakespeare. El responsable de aquella primera suelta fue Eugene Schieffelin, miembro de la American Acclimatization Society

Aunque las crónicas históricas manejan ligeras discrepancias, la revisión respaldada por Smithsonian fija el consenso en 60 aves introducidas en 1890 y 40 más en 1891: alrededor de 100 en total. Varios intentos previos por introducir la especie en otros puntos del subcontinente habían fracasado por completo; sin embargo, esta población neoyorquina logró arraigar y detonó una explosión demográfica sin precedentes.

Durante sus primeros años en libertad, los estorninos se mantuvieron confinados en los alrededores de Nueva York. No obstante, en cuanto consolidaron su presencia, comenzaron a expandirse a un ritmo frenético: hacia 1900 ya poblaban Connecticut y Nueva Jersey, y durante las décadas posteriores avanzaron firmes rumbo al oeste. 

La Universidad de Cornell sintetiza la magnitud del fenómeno mediante dos cifras contrastantes: un grupo fundador diminuto frente a un pico histórico estimado en torno a los 200 millones de adultos reproductores en Norteamérica. En términos teóricos, supuso multiplicar la cifra inicial por unos dos millones, aunque los ornitólogos señalan que otras liberaciones secundarias pudieron aportar material genético a la población.

La clave de semejante invasión no radicó únicamente en su capacidad reproductiva, sino en una adaptación evolutiva acelerada. Tiempo después se reveló que los estorninos norteamericanos experimentaron una veloz adaptación local en apenas 130 años. Al secuenciar el ADN de ejemplares procedentes de distintos ecosistemas, los científicos hallaron poblaciones genéticamente muy homogéneas, pero con divergencias sutiles en zonas del genoma vinculadas con la respuesta a la temperatura y las lluvias.

Es decir: ciertas variantes genéticas presentes de antemano en la población resultaban neutrales en un clima pero conferían una gran ventaja al colonizar otro. Su alta movilidad aérea hizo el resto, posibilitando el establecimiento constante de colonias que supieron prosperar en ambientes muy diversos. El triunfo biológico del estornino no consistió solo en multiplicarse sin control, sino en especializarse sobre la marcha conforme avanzaba sobre el mapa.

A la par de su expansión ecológica creció una leyenda fascinante: durante décadas se aseguró que Schieffelin tenía la fijación de aclimatar en Estados Unidos a todas las aves mencionadas en los textos de William Shakespeare, un relato que encajaba a la perfección porque el estornino figura en Enrique IV, parte 1

De hecho, instituciones como Cornell y el Smithsonian llegaron a avalar esa hipótesis. Sin embargo, una revisión histórica de Lauren Fugate y John MacNeill Miller publicada en 2021 desarmó la teoría: no existen escritos de Schieffelin, ni cartas personales ni testimonios de la época que respalden tal proyecto shakesperiano.

La Folger Shakespeare Library sostiene hoy que dicha versión es en realidad un mito construido con posterioridad. La realidad era más mundana: Schieffelin integraba una sociedad de aclimatación, un movimiento internacional decimonónico que trasladaba flora y fauna entre continentes bajo la ingenua premisa de que introducir especies foráneas enriquecía los ecosistemas y facilitaba el estudio científico de su adaptación.

Aquella intromisión ecológica desencadenó consecuencias impensables para los paseantes del Central Park de 1890. El 4 de octubre de 1960, el vuelo 375 de Eastern Air Lines acababa de despegar del Aeropuerto Logan de Boston cuando atravesó una inmensa parvada de estorninos. Múltiples aves fueron succionadas por tres de sus turbinas, lo que provocó una drástica y asimétrica caída de potencia; el avión perdió sustentación y cayó, dejando únicamente diez supervivientes de las 72 personas a bordo.

La Administración Federal de Aviación (FAA) cataloga ese desastre, con 62 víctimas mortales, como el choque con aves más mortífero en la aviación estadounidense. La tragedia impulsó una profunda reestructuración en la industria aeronáutica, fijando nuevos estándares obligatorios para que los motores de turbina fueran capaces de soportar el impacto e ingestión de aves en vuelo.

En tierra firme el impacto tampoco ha sido menor. Los estorninos forman concentraciones gigantescas que devoran cosechas, consumen el alimento del ganado y dispersan patógenos, además de deteriorar instalaciones agropecuarias. Por ello, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) los considera un vector crítico de pérdidas en conflictos con la agricultura. Un cálculo muy citado en el año 2000 situó sus perjuicios económicos en unos 800 millones de dólares anuales.

Con todo, los datos actuales del USDA matizan el panorama: se calculan en más de 150 millones de dólares al año los daños directos sobre granos, frutas y bayas provocados de manera conjunta por estorninos y otras aves. Asimismo, la narrativa tradicional sobre su impacto destructivo en la fauna nativa está siendo reevaluada, pues investigaciones recientes sugieren que las acusaciones sobre el desplazamiento de especies locales se exageraron al parejo del mito de Schieffelin.

Pese a su rotundo éxito histórico, la especie enfrenta hoy un declive imprevisto: los 200 millones de estorninos norteamericanos ya no existen. Mediciones de Cornell estiman que la población reproductora cayó de aproximadamente 166.2 millones en 1970 a cerca de 85.1 millones medio siglo después, lo que representa un retroceso cercano al 50%, en consonancia con la baja poblacional que el ave registra también en territorio europeo.

Esa reducción no borra la magnitud histórica de lo ocurrido: una introducción de apenas cien individuos en el Nueva York del siglo XIX derivó en una marea de aves que rozó los 200 millones y dominó Norteamérica. Detrás de esta imponente invasión biológica nunca hubo un capricho literario ligado a Shakespeare, sino una muestra elocuente de la soberbia humana del siglo XIX.

Imagen | X/Charles J. Sharp

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