Puerto Rico introdujo mangostas para combatir las ratas en los cañaverales. 150 años después, son el principal foco de rabia en la isla

Las haciendas azucareras del Caribe quisieron acabar con las ratas al importar mangostas, pero el plan falló

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Ismael Garcia Delgado

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Ismael Garcia Delgado

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Comunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.

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Hacia la década de 1870, los dueños de las plantaciones de caña de azúcar en el Caribe enfrentaban un dilema en apariencia simple: las ratas estaban devorando y arruinando sus cosechas. Para resolverlo, decidieron importar desde la India a un pequeño depredador que parecía ideal para la tarea: la pequeña mangosta india

Puerto Rico fue uno de los territorios donde se implementó la medida. Siglo y medio más tarde, la industria azucarera que debían proteger casi ha desaparecido por completo de la isla, pero las mangostas siguen ahí. Y no solo eso: se transformaron en una agresiva especie invasora.

La solución ideal. El cultivo de caña de azúcar se había convertido en el motor de la economía puertorriqueña, pero las ratas representaban una plaga devastadora para los sembradíos. A lo largo del siglo XIX, hacendados caribeños comenzaron a traer pequeños ejemplares de mangosta india para utilizarlos como una forma rudimentaria de control biológico: en vez de exterminar a los roedores por su cuenta, introducirían un depredador natural que hiciera el trabajo sucio.

Puerto Rico apostó por ese plan en los años 1870. En el papel sonaba impecable; en la práctica ecológica, el resultado fue radicalmente distinto. Las mangostas no tardaron en multiplicarse y dispersarse, pero jamás resolvieron el problema por el que fueron importadas. Una de las razones, en retrospectiva, raya en lo absurdo: las mangostas tienen hábitos esencialmente diurnos, mientras que las ratas que azotaban los cañaverales son activas principalmente de noche.

Presa y cazador compartían el mismo espacio geográfico sin cruzarse durante la mayor parte de sus horas de actividad. Las ratas siguieron dañando las cosechas y Puerto Rico terminó albergando una nueva especie foránea plenamente capacitada para sobrevivir y prosperar por su cuenta.

Lejos de extinguirse, la mangosta encontró presas alternativas de inmediato. Aves nativas, reptiles, anfibios y otros animales pequeños que jamás habían convivido con un depredador semejante pasaron a formar parte de su dieta habitual, un fenómeno destructivo que se replicó en diversas islas del Caribe. Aquel animal introducido como herramienta agrícola terminó clasificado formalmente como una especie invasora peligrosa y una severa amenaza para la biodiversidad local. 

Fue el primer golpe imprevisto de aquella decisión decimonónica, pero no el más grave. Ochenta años después de su llegada, estalló el impacto en la salud pública. En 1950 se documentó en Puerto Rico el primer gran brote de rabia confirmado en laboratorio dentro de la población de mangostas. Conforme pasaron las décadas, el virus echó raíces en la especie. Estos animales pasaron a ser el principal reservorio silvestre del virus de la rabia en tierra firme dentro de la isla. 

Concentraron más del 70% de los casos reportados en animales; de hecho, los CDC han estimado históricamente esa cifra en alrededor del 75%. El animal que llegó para salvar la caña de azúcar terminó perpetuando una de las infecciones más letales de Puerto Rico. Cuantificar el alcance con exactitud es complejo, ya que la presencia de anticuerpos no siempre equivale a una infección activa, pero las investigaciones reflejan un nivel de exposición alarmante. 

Un estudio en zonas como El Yunque y Cabo Rojo detectó anticuerpos neutralizantes contra la rabia en cerca del 39% de las mangostas capturadas. Otros muestreos en diferentes puntos de la isla arrojaron cifras menores, en torno al 17%, lo que demuestra que la circulación del virus cambia notablemente según la región y el ecosistema. El riesgo no se queda en la fauna: los expertos calculan que en promedio unas 280 personas sufren mordeduras de mangosta cada año en Puerto Rico.

Zach Rogers 0uhwdklcfbe Unsplash

Un hombre de 54 años en el sureste puertorriqueño fue atacado por una mangosta mientras limpiaba un gallinero y no buscó atención médica. Semanas después comenzó con fiebre, dificultades para deglutir, sensación de hormigueo y otros síntomas neurológicos. Acudió al hospital en estado crítico y falleció poco después tras sufrir un paro cardíaco.

Las pruebas post mortem confirmaron el diagnóstico de rabia e identificaron la variante caribeña propia de las mangostas. Se trató de la primera muerte humana en Puerto Rico causada directamente por la mordedura de este animal y el primer registro de este tipo en Estados Unidos o sus territorios asociados.

La historia ha dado un giro irónico. Científicos estadounidenses han dedicado años en analizar densidades poblacionales, patrones de movimiento y cebos orales con miras a aplicar campañas de vacunación masiva en la fauna, tal como se hace con otros reservorios en el territorio continental de EE. UU.

Incluso se han realizado pruebas con diversos sabores de cebo y descubrieron que las mangostas eligen el queso por encima del coco o el pescado. La misión actual ya no es erradicar una plaga en los cultivos, sino contener las consecuencias de haber alterado el equilibrio natural hace más de un siglo.

Puerto Rico dejó atrás la época en que era una potencia cañera impulsada por la idea de que traer un depredador de Asia salvaría su industria. Los cañaverales desaparecieron casi por completo, pero las mangostas colonizaron cada rincón de la isla, diezmaron especies endémicas y se asentaron de forma permanente.

Unos 150 años después del experimento, científicos y autoridades sanitarias siguen obligados a vigilar mordeduras, rastrear la evolución del virus y diseñar métodos para inmunizarlas. Aquella solución diseñada en el siglo XIX para salvar plantaciones sobrevivió con creces al problema original, dejando una amenaza de salud pública que Puerto Rico aún batalla por resolver.

Imagen | Wikimedia

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