
Al analizar la Gran Mancha del Pacífico, los científicos descubrieron una realidad muy distinta
Durante años, la imagen colectiva de la contaminación marina se ha construido alrededor de bolsas de supermercado, botellas, vasos desechables y popotes que tiramos en tierra firme y terminan en el mar. A nivel global, este diagnóstico tiene mucho de cierto: los ríos y las costas continúan siendo las mayores vías de entrada de plástico a los océanos.
El giro inesperado ocurrió cuando un grupo de científicos analizó a fondo una de las mayores acumulaciones de basura del planeta y se topó con un escenario completamente diferente. En realidad, se trata de una gigantesca masa de microplásticos mezclados con objetos de mayor tamaño dispersos en La Gran Mancha de Basura del Pacífico.
En esa zona confluyen cuatro grandes corrientes que conforman el giro subtropical del Pacífico Norte, un vórtice oceánico de aproximadamente 20 millones de km² que empuja los residuos flotantes hacia áreas de relativa estabilidad donde pueden quedar atrapados durante años. Cualquier objeto que ingresa a este circuito puede navegar enormes distancias mientras la radiación solar y el oleaje lo van fragmentando poco a poco, aunque sin destruirlo jamás.
En 2019, la organización The Ocean Cleanup y científicos de la Universidad de Wageningen recuperaron más de 6,000 piezas de plástico duro mayores a cinco centímetros para someterlas a una rigurosa investigación forense. Los científicos rastrearon logotipos, inscripciones, idiomas, fechas de fabricación y sellos con la intención de averiguar qué era cada objeto y de dónde provenía.
De las 232 piezas en las que se logró determinar el país de procedencia, el 33.6% provenía de Japón y el 32.3% de China. Más atrás se ubicaron Corea del Sur (9.9%), Estados Unidos (6.5%), Taiwán (5.6%) y Canadá (4.7%). En total, estos seis países concentraron más del 92% de los objetos identificables. Todos comparten un común denominador indiscutible: una intensa actividad pesquera en el Pacífico Norte.
El estudio arrojó una revelación contundente: al cruzar las muestras con modelos de transporte oceánico, los investigadores estimaron que entre el 75% y el 86% de la masa de plástico flotante de más de cinco centímetros en la Gran Mancha proviene de actividades de pesca industrial y acuicultura en altamar.
Las redes de pesca ya habían dejado una pista clave en investigaciones previas, donde se calculaba que conformaban cerca del 46% de la masa de plástico del área. Incluso los objetos menos numerosos demostraron ser enormes al pasar por la báscula: las boyas y los flotadores representaban apenas el 3% de las piezas encontradas, pero sumaban cerca del 21% del peso total.
El fenómeno no ocurre porque los barcos pesqueros generen más basura que millones de personas en tierra firme, sino porque el punto de origen del desecho es determinante. Los modelos oceanográficos indican que un residuo generado en alta mar tiene más de diez veces más probabilidades de llegar al giro subtropical que uno arrojado desde un río costero.
Gran parte del plástico terrestre termina varado en playas, sedimentado en bahías o atrapado cerca de las costas. En cambio, una red, una trampa o una boya perdida en mar abierto corre con ventaja directa para integrarse de inmediato al sistema de corrientes que nutre el gran basurero del Pacífico.
El peligro de las redes fantasma. Estos desechos poseen una diferencia crítica frente a una botella o un popote: fueron diseñados para capturar fauna marina. El llamado ghost gear o aparejo fantasma (redes, líneas de pesca, cabos y nasas perdidos) continúa atrapando y matando especies durante años sin control alguno.
El impacto golpea con fuerza incluso en reservas aisladas. En Papahānaumokuākea, un monumento marino protegido en el noroeste de Hawái, una expedición extrajo en apenas 24 días más alrededor de 43 toneladas de desechos en solo 25 kilómetros de costa.
Cerca de 36 toneladas eran redes fantasma y artes de pesca abandonadas. En su primera jornada de trabajo, los especialistas hallaron una foca monje hawaiana de cuatro años con una red fuertemente enredada al cuello. Desde 1996, este remoto archipiélago ha tenido que retirar más de 900 toneladas de residuos arrastrados por las mismas corrientes del Pacífico Norte.
Esto no significa que el plástico de uso diario esté exento de culpa. Los propios investigadores advierten que los residuos terrestres continúan saturando las costas y los ríos siguen siendo vías cruciales de contaminación global. A fin de cuentas, la Gran Mancha representa únicamente una fracción de todo el plástico que termina en el mar.
Lo que cambia por completo es la respuesta a qué tipo de residuo es capaz de viajar hasta el corazón del océano abierto y mantenerse flotando por años. En el lugar que durante décadas simbolizó el impacto del consumo individual de botellas, bolsas y popotes, la ciencia siguió el rastro impreso en miles de fragmentos y encontró la huella inequívoca de la pesca industrial.
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