Cuatro relojes viajaron alrededor del mundo y regresaron desincronizados: así comprobaron que el tiempo no es igual para todos

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Bastaron cuatro relojes para comprobar una teoría de Einstein y él tenía razón.

Samantha Guerrero

Editora Jr

En 1971, cuatro relojes atómicos abordaron vuelos comerciales para dar la vuelta al mundo. Cuando regresaron, los científicos descubrieron algo inesperado: ya no marcaban exactamente la misma hora que los relojes que habían permanecido en tierra. Las diferencias eran mínimas, medidas en nanosegundos. Sin embargo, bastaron para demostrar una de las ideas más extrañas propuestas por Albert Einstein décadas antes: el tiempo no transcurre igual para todos. 

Hasta entonces, la relatividad había sido respaldada por cálculos matemáticos, observaciones astronómicas y experimentos de laboratorio. Pero aquel experimento ofrecía una oportunidad única para comprobar sus predicciones de forma directa utilizando relojes reales y vuelos alrededor del planeta.

El experimento consistía en algo sorprendentemente simple

La prueba fue diseñada por los físicos Joseph Hafele y Richard Keating. Su idea era sencilla: comparar relojes que experimentaran condiciones distintas de movimiento y gravedad.

Mientras algunos relojes atómicos permanecían en tierra como referencia, otros fueron transportados en vuelos comerciales alrededor del mundo. Un grupo viajó hacia el este y otro hacia el oeste. 

Al finalizar los recorridos, todos serían comparados con los relojes atómicos del Observatorio Naval de Estados Unidos, una de las instituciones encargadas de mantener los estándares oficiales de tiempo. Si Einstein estaba equivocado, todos los relojes deberían seguir perfectamente sincronizados. No ocurrió así.

Los relojes regresaron marcando tiempos distintos

Tras completar los vuelos y analizar las mediciones, los investigadores comprobaron que los relojes ya no coincidían entre sí. Los que viajaron hacia el este habían perdido aproximadamente 59 nanosegundos respecto a los relojes de referencia. Los que viajaron hacia el oeste mostraron el efecto contrario y terminaron adelantándose alrededor de 273 nanosegundos.

Los resultados fueron publicados poco después en la revista Science. Las mediciones registraron una pérdida cercana a 59 nanosegundos en los vuelos hacia el este y una ganancia de alrededor de 273 nanosegundos en los que viajaron hacia el oeste, cifras que coincidían notablemente con las predicciones realizadas décadas antes por Albert Einstein.

La diferencia era diminuta. Un nanosegundo equivale a una milmillonésima de segundo. Ningún ser humano podría percibir una variación tan pequeña. Sin embargo, los relojes atómicos son capaces de detectarla sin problemas.

Lo más importante fue que los resultados coincidían con las predicciones realizadas décadas antes por Einstein. Los relojes no estaban fallando: era el tiempo el que había transcurrido de forma distinta para cada uno.

Cómo puede cambiar el tiempo sin que nadie lo note

La explicación se encuentra en dos de los pilares de la relatividad. La relatividad especial establece que cuanto más rápido se mueve un objeto, más lentamente transcurre el tiempo para él respecto a un observador que se desplaza más despacio.

La relatividad general añade otro factor: la gravedad. Cuanto más lejos se encuentra un objeto de una fuente gravitatoria intensa, más rápido avanza su reloj.

Los aviones del experimento estuvieron sometidos a ambos efectos simultáneamente. Volaban a velocidades superiores a las de las personas que permanecían en tierra y, además, se encontraban a varios kilómetros de altitud, donde la influencia gravitatoria es ligeramente menor. La combinación de ambos fenómenos produjo exactamente las diferencias que los científicos esperaban encontrar.

El tiempo dejó de ser una idea abstracta

El experimento tuvo una consecuencia importante: convirtió una teoría que muchos consideraban abstracta en algo medible. Hasta ese momento, la relatividad seguía pareciendo una descripción extraña del universo reservada a los físicos teóricos. 

Sin embargo, aquellos vuelos demostraron que el tiempo es una propiedad física capaz de variar dependiendo de las condiciones en las que se encuentra un observador. Las diferencias son imperceptibles para los seres humanos, pero existen. Y los relojes atómicos pueden medirlas.

Hoy seguimos utilizando esa comprobación todos los días

Lo más curioso es que la relatividad ya no pertenece únicamente a los libros de física. Actualmente, los sistemas GPS dependen constantemente de correcciones relativistas para funcionar con precisión.

Los satélites que orbitan la Tierra se desplazan a enormes velocidades y se encuentran mucho más lejos del campo gravitatorio terrestre que cualquier persona en la superficie. Como consecuencia, sus relojes avanzan a ritmos ligeramente distintos.

Si los ingenieros ignoraran esos efectos, los errores en la localización crecerían rápidamente y los sistemas de navegación perderían precisión en cuestión de días.

Cada vez que alguien consulta una ruta en su teléfono, utiliza una aplicación de transporte o comparte su ubicación, está aprovechando tecnología que incorpora las mismas correcciones que ayudó a confirmar aquel experimento de 1971.

El legado de cuatro relojes y algunos boletos de avión

Con el paso de los años, relojes atómicos mucho más precisos han vuelto a confirmar los resultados obtenidos por Hafele y Keating. Aun así, aquel experimento sigue siendo uno de los ejemplos más famosos de la relatividad puesta a prueba fuera del laboratorio.

Lo que comenzó como una prueba realizada con cuatro relojes atómicos transportados en vuelos comerciales terminó convirtiéndose en una referencia histórica para demostrar que el tiempo no transcurre igual para todos.

Su impacto va mucho más allá de la física teórica. Hoy los sistemas GPS, las telecomunicaciones, las redes de sincronización global y numerosas tecnologías modernas dependen de correcciones relativistas para funcionar correctamente. Quizá esa sea la parte más sorprendente de toda la historia.

Uno de los conceptos más extraños del universo, que el tiempo no transcurre igual para todos, no fue demostrado en un gigantesco acelerador de partículas ni en una misión espacial multimillonaria. Bastaron cuatro relojes atómicos, algunos vuelos comerciales alrededor del mundo y una pregunta que parecía imposible de responder.

Las diferencias fueron de apenas decenas o cientos de nanosegundos, una fracción insignificante para la vida cotidiana. Sin embargo, esos nanosegundos cambiaron nuestra comprensión del universo.

Y continúan siendo relevantes. Cada vez que un GPS calcula una ruta o un teléfono determina tu ubicación, está corrigiendo exactamente el mismo fenómeno que aquellos relojes detectaron durante un puñado de vuelos comerciales en 1971.

Lo que parecía una curiosidad de la física terminó convirtiéndose en una tecnología indispensable para la vida moderna. Porque Einstein tenía razón: el tiempo nunca fue tan universal como creíamos.

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