En 1946, Estados Unidos envió una señal de radio a la Luna. 2.5 segundos después recibió el inicio de la carrera espacial

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Mucho antes del Sputnik o el alunizaje, un pulso en un monitor demostró que podíamos comunicarnos más allá de nuestra atmósfera

Ismael Garcia Delgado

Editor Jr

En enero de 1946, más de una década antes de que el Sputnik despegara y cuando colocar un satélite en órbita sonaba a ciencia ficción pura, un puñado de ingenieros militares estadounidenses apuntó un viejo radar de la Segunda Guerra Mundial directo a la Luna. Enviaron una ráfaga al espacio y se quedaron en silencio frente a los monitores. Tras apenas 2.5 segundos, una pequeña oscilación apareció en la pantalla: la señal acababa de recorrer unos 768,000 kilómetros de ida y vuelta para regresar a Nueva Jersey.

Aquel discreto rebote no solo confirmó un cálculo matemático; derribó de un golpe las grandes dudas científicas de la época. Aunque hoy parezca un experimento puramente astronómico, el Project Diana no se diseñó para explorar el cosmos. Durante el conflicto armado, el laboratorio de Camp Evans, ubicado en Nueva Jersey, se dedicaba a perfeccionar radares y descifrar la tecnología confiscada a las fuerzas del Eje. Sin embargo, la irrupción de los cohetes V2 alemanes en 1944 encendió todas las alarmas: por primera vez en la historia, un proyectil humano era capaz de rozar el espacio.

En los pasillos del Pentágono surgió una inquietud inmediata: ¿qué pasaría si un enemigo desarrollaba misiles aún más potentes, capaces de atravesar océanos para impactar en suelo estadounidense? Con esa amenaza en mente, le encomendaron al teniente coronel John H. DeWitt Jr. y a su división técnica una misión crítica: descubrir si la tecnología de radar tenía el alcance necesario para detectar semejantes proyectiles a distancias intercontinentales.

A falta de misiles balísticos, el blanco fue la Luna. El obstáculo principal era evidente: el proyectil intercontinental que debían aprender a rastrear todavía no había sido inventado. Frente a este vacío, a finales de 1945 DeWitt formó un equipo multidisciplinario junto al físico E. King Stodola y el matemático Walter McAfee, tomando una decisión pragmática: apuntarían al objeto más masivo y lejano a su alcance. Si conseguían rebotar una señal en la Luna y registrar su eco, comprobarían los límites operativos máximos del radar.

La iniciativa estaba lejos de ser prioritaria para el presupuesto militar, por lo que no tuvieron fondos para fabricar equipo nuevo. Tuvieron que improvisar: tomaron un radar SCR-271 excedente de la guerra y lo conectaron a un arreglo de 64 dipolos dispuestos en una cuadrícula de ocho por ocho. Así, reciclando equipo bélico de desecho, arrancaban los primeros pasos de la era espacial en Estados Unidos.

La barrera invisible sobre nuestras cabezas. En aquellos años, las telecomunicaciones a larga distancia funcionaban gracias a un truco físico: ciertas frecuencias de radio rebotaban en la ionosfera y regresaban a la superficie de la Tierra, permitiendo conectar puntos muy distantes del globo. La gran incógnita radicaba en el proceso inverso: ¿podría una señal de radar con la frecuencia adecuada perforar esa capa ionizada y viajar al espacio exterior?

Parte de la comunidad científica sospechaba que la atmósfera superior disiparía la energía o que el trayecto de cientos de miles de kilómetros atenuaría el pulso hasta volverlo imperceptible. Las ecuaciones de McAfee y el equipo indicaban que era viable, pero nadie lo había probado en la práctica. Project Diana representaba el paso definitivo entre la teoría matemática y la comprobación instrumental en una pantalla.

11:58 horas: el destello en la pantalla. Las limitaciones técnicas del montaje rayaban en lo artesanal. La antena solo podía moverse sobre su eje horizontal y carecía de ajuste de elevación. Esto reducía la ventana de disparo a escasos 40 minutos al día, coincidiendo con el instante exacto en que la Luna cruzaba la franja de cielo a la que apuntaban los dipolos. Para colmo, debían calcular manualmente el efecto Doppler derivado del movimiento orbital lunar.

El 10 de enero de 1946, exactamente a las 11:58 de la mañana, DeWitt y Stodola dispararon una ráfaga calibrada a 111.5 MHz. Pasaron 2.5 segundos exactos —el tiempo que tarda la luz en ir y venir de la superficie lunar— y sobre el fósforo del osciloscopio se dibujó con claridad el eco. Durante los días posteriores repitieron la prueba una y otra vez para asegurarse de que no se trataba de ruido electromagnético ni de una anomalía fortuita.

El nacimiento de una nueva ventana al universo. Como arma de defensa inmediata, el proyecto aportó poco al ejército en ese instante. El Pentágono incluso contempló aprovechar la técnica Moonbounce para espiar transmisiones soviéticas usando la Luna a modo de espejo pasivo, pero la idea no prosperó militarmente. Donde sí detonó una revolución fue en la ciencia: acababa de inaugurarse la radioastronomía de radar.

La humanidad dejó de limitarse a recibir la luz pasiva de los astros; ahora podía bombardear cuerpos celestes con pulsos propios y analizar el rebote para mapear superficies, calcular distancias ultraprecisas, medir velocidades y corregir la escala entera del sistema solar. Con esta misma técnica se explorarían más tarde Venus, Marte y decenas de asteroides cercanos.

La semilla de las telecomunicaciones orbitales. Quizá la mayor trascendencia de Project Diana fue abrir la puerta a las comunicaciones espaciales modernas: demostró que una señal electromagnética podía cruzar la ionosfera, internarse en el vacío y regresar intacta. Sin esa confirmación empírica, la posterior puesta en órbita de satélites de telecomunicaciones y las misiones tripuladas habrían carecido de sustento técnico. Hasta la fecha, comunidades de radioaficionados de todo el mundo recurren al enlace Tierra-Luna-Tierra (EME) para enlazarse cruzando océanos usando el satélite como repetidor pasivo.

En 2019, el IEEE distinguió oficialmente al Project Diana como uno de los hitos tecnológicos más trascendentales de la ingeniería. Es difícil pensar en un génesis más austero para la carrera espacial: un radar sobrante de guerra, una brecha operativa de apenas 40 minutos diarios y una señal que, al volver 2.5 segundos después, demostró que la atmósfera había dejado de ser una frontera insalvable.

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