
De Sherlock Holmes a Frankenstein, las producciones de Hollywood han distorsionado la imagen real de la iluminación doméstica
Luces tenues y sombras constantes: adaptaciones como el Frankenstein de Guillermo del Toro suelen mostrar aquellos años con una atmósfera mucho más lúgubre de lo que realmente se vivía.
Pocas épocas han sido tan explotadas por el cine y la televisión como el siglo XIX. Es el escenario recurrente de relatos emblemáticos como Sherlock Holmes, Oliver Twist, La vuelta al mundo en 80 días, Moby Dick, Los miserables, Orgullo y prejuicio, por mencionar solo algunos.
Sin embargo, todas estas producciones nos han transmitido una idea falsa sobre el siglo XIX que distorsiona cómo se veía el entorno en aquella época. Uno de esos mitos, estrechamente ligado a la historia de la tecnología, es el que desmiente este recorrido histórico.
Ya sea que una película retrate el Londres victoriano o el París de hace 200 años, la imagen que se proyecta casi siempre es opaca, grisácea y deprimente. Este recurso visual resulta especialmente habitual cuando los argumentos abordan conspiraciones, crímenes o revueltas sociales.
Para los primeros compases del siglo XIX esa visión sombría es acertada, pero el desarrollo técnico hasta consolidar la luz eléctrica transformó de manera radical la iluminación, sobre todo en interiores, de acuerdo con los registros de Building Conservation.
A inicios del siglo XIX predominaban las velas y las lámparas de aceite. Su producción era económica y accesible para la mayoría de los bolsillos. Pese a ello, la luz era un recurso que debía administrarse con moderación: cuando el aceite se agotaba o la vela terminaba de consumirse, la oscuridad era inmediata. Hoy, en pleno 2026 y con electricidad disponible en cualquier enchufe, esa dependencia parece inconcebible.
Las arañas de techo y los apliques de pared existían, pero su encendido solía reservarse para celebraciones o momentos especiales. En la rutina diaria, los candeleros individuales, las palmatorias, las lámparas portátiles de aceite y el fuego del hogar eran las herramientas cotidianas de alumbrado.
Dichos artefactos solo alumbraban áreas muy reducidas, como el centro de la mesa durante la cena. Además, las velas de sebo generaban abundante hollín y humo, un inconveniente que comenzó a quedar atrás a partir de 1850 con la llegada comercial de la parafina, al menos en el papel.
La sociedad de la época miraba con desconfianza las nuevas tecnologías y evitaba meter gas en sus hogares. Por esa razón, el alumbrado por gas no se popularizó en viviendas familiares sino hasta mediados de siglo.
El cambio más notable llegó en 1865 con el quemador Duplex. Al incorporar dos mechas paralelas y un cilindro de cristal diseñado para favorecer la combustión, brindaba una luz significativamente más brillante. Al mismo tiempo, las pantallas y difusores de vidrio cumplían la función de distribuir mejor el haz de luz y servir como elemento decorativo.
El salto lumínico fue todavía mayor con la camisa incandescente, el puente tecnológico entre el fuego, el gas y la electricidad. Carl Auer von Welsbach patentó la camisa incandescente en 1885. En lugar de que la llama fuese la fuente directa de iluminación, el calor hacía entrar en incandescencia un cuerpo textil tratado con sales metálicas.
Esta innovación incrementó la potencia lumínica del gas y la parafina a un grado tal que podía competir de tú a tú con las primeras bombillas eléctricas. A pesar de que hacia mediados del siglo XIX los interiores domésticos gozaban ya de bastante claridad, nada pudo frenar la adopción gradual de la corriente eléctrica.
En 1879, Thomas Edison culminó con éxito el desarrollo de la bombilla incandescente, manteniendo una intensa disputa con su principal rival británico, Joseph Swan. Su funcionamiento descansaba en principios físicos muy concretos.
Un filamento muy delgado conducía la corriente eléctrica dentro de la ampolla. La resistencia del filamento convertía la energía eléctrica en calor, alcanzando miles de grados de temperatura hasta emitir luz visible. El elemento determinante era la ampolla de vidrio al vacío: en contacto con el aire común, el filamento caliente se oxidaría y quemaría de inmediato; en el vacío, en cambio, lograba permanecer incandescente durante muchas horas.
El filamento requería calentarse al extremo para producir iluminación suficiente sin evaporarse ni romperse al poco tiempo, motivo por el cual la elección de los materiales y el sellado al vacío resultaron esenciales.
Por supuesto, este invento no llegó de inmediato a todas las casas. Por un lado, la bombilla representaba un objeto de estatus y prestigio; por el otro, las ciudades requerían infraestructura para canalizar el suministro eléctrico. Aunque en 1880 la finca de Cragside, cerca de Newcastle, fue la primera residencia en contar con alumbrado eléctrico, la adopción masiva se extendió bien entrado el siglo XX.
La luz eléctrica se mantuvo durante años como un avance costoso. Hacia 1900 convivieron al mismo tiempo las velas, las lámparas de aceite, el gas y los primeros focos eléctricos, dotando a los hogares de una luminosidad cada vez más uniforme.
En lo referente a las farolas urbanas, el cine sí acierta casi por completo. La evolución del alumbrado público con gas, recopilada por The Victorian Emporium, describe un paisaje muy diferente al de los hogares.
Durante el siglo XVIII y principios del XIX, las calles carecían prácticamente de luz artificial. Si no había luna llena, los transeúntes debían caminar con faroles personales. Algunos establecimientos comerciales colgaban linternas en sus accesos, en gran medida como medida disuasoria frente a la delincuencia.
El gas marcó la primera gran revolución del alumbrado exterior. El 28 de enero de 1807 se realizó en la calle Pall Mall de Londres la primera demostración pública de iluminación por gas obtenido de la destilación de carbón. No obstante, su despliegue generalizado no llegó sino hasta mediados del siglo XIX.
Existía un problema insalvable: las farolas de gas emitían una cantidad de luz muy limitada. Incluso los ejemplares más potentes generaban menos luz que una bombilla actual de 25 vatios. Para colmo, las farolas se ubicaban a distancias considerables —en ocasiones separadas hasta por 65 metros—, lo que dejaba tramos enteros en completa oscuridad. Por esta razón, operaban como guías para orientarse y no como una iluminación real del camino.
Un detalle histórico relevante: en aquellos años floreció el oficio del farolero. Al anochecer, estos trabajadores se encargaban de encender cada farola de gas para luego apagarlas al amanecer, además de ocuparse de su limpieza y mantenimiento.
A mediados de siglo irrumpieron las lámparas de arco eléctrico, adelantándose a la bombilla de filamento. Se emplearon prioritariamente en recintos públicos de gran escala, como la estación ferroviaria de St. Enoch en Glasgow. En la década de 1870, algunas variantes de estas lámparas de arco se implementaron también en el alumbrado público de París, sentando las bases del sistema urbano que conocemos hoy.
Un dato curioso para cerrar: versiones modernas de las lámparas de arco eléctrico se utilizan todavía hoy en proyectores IMAX debido a la altísima potencia de brillo que alcanzan.
Así que cuando vuelvas a ver una serie o película ambientada en el siglo XIX, recuerda que la realidad era bastante más brillante de lo que las cámaras retratan, en especial a partir de 1850. Los callejones de Jack el Destripador ciertamente eran sombríos, pero no tanto como el cine insiste en mostrar.
Imagen | IMDb
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