En 1945, un submarino británico rastreó a ciegas a un sumergible nazi. Lo que ocurrió minutos después no se ha vuelto a repetir jamás

El torpedo se disparó en 1945, pero la catástrofe que dejó detrás aún reposa en el lecho marino.

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Ismael Garcia Delgado

Editor Jr
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Ismael Garcia Delgado

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Comunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.

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A principios de febrero de 1945, en plena recta final de la Segunda Guerra Mundial, un submarino de la Marina Real británica detectó en aguas noruegas a un U-boat alemán. Ambos navegaban con el casco completamente bajo el agua. No había forma de contacto visual directo, apenas era posible escucharlo y las armas navales de aquellos años carecían de sistemas guiados para perseguir por sí solas un objetivo. 

Pese a todo, tras tres horas de acecho, el comandante británico ordenó lanzar cuatro torpedos hacia rutas calculadas matemáticamente. El resultado de esa maniobra sigue siendo, hasta la fecha, un enfrentamiento sin igual en toda la historia militar.

El cargamento secreto del U-864. Con la derrota militar tocando a la puerta en Europa, el Tercer Reich quemaba sus últimos cartuchos para enviar tecnología militar y suministros estratégicos a Japón. Para ello dispusieron del U-864, un submarino de gran porte Type IXD2 diseñado para travesías transoceánicas, asignado a la Operación Caesar. Su bodega resguardaba esquemas técnicos, componentes de armamento avanzado, ingenieros especializados y decenas de toneladas de mercurio líquido, insumo clave para la producción de detonadores bélicos.

Lo que Berlín ignoraba era que los servicios de inteligencia aliados ya habían descifrado las comunicaciones cifradas por la máquina Enigma y conocían el plan en detalle. Ante esto, la Royal Navy comisionó al HMS Venturer para tenderle una emboscada en el mar.

El cazador convertido en blanco. La misión del U-864 estuvo plagada de dificultades desde que zarpó: había acumulado problemas que incluyeron encallamientos, composturas de emergencia y fallas continuas en fiordos noruegos. Ya en ruta, una avería mecánica lo sentenció: los motores diésel emitían un sonido anormalmente reconocible bajo el mar. Ante el desperfecto, su capitán, Ralf-Reimar Wolfram, recibió la orden de abortar y enfilar de vuelta al puerto de Bergen.

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Ese giro selló su destino. Wolfram navegó de regreso justo al sector donde el sumergible británico montaba guardia. En el Venturer, el sonarista detectó un ruido subacuático que en principio pareció el motor de un barco pesquero. El oficial al mando, Jimmy Launders, levantó el periscopio para corroborar la fuente y divisó a la distancia lo que parecía ser el mástil del esnórquel del U-864 asomando ligeramente sobre el oleaje.

Un rastreo a ciegas. La clave táctica de Launders residió en la cautela: prefirió prescindir de utilizar el ASDIC, aquel primitivo sonar activo que rebotaba ondas acústicas y delataba con facilidad la posición del atacante. El comandante apostó todo al sigilo y al uso estricto de hidrófonos pasivos, dedicándose únicamente a escuchar lo que ocurría en el fondo marino.

Tras fijar el contacto acústico, el Venturer comenzó a seguirlo silenciosamente con la esperanza de que el submarino enemigo emergiera por completo, lo que habría facilitado un ataque convencional. Pero el U-864 permaneció sumergido y adoptó un patrón de zigzag para despistar posibles amenazas. Conforme pasaban las horas, la carga de las baterías británicas empezó a agotarse: el tiempo jugaba en contra de Launders y obligaba a tomar una decisión rápida.

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El dilema balístico bajo el agua. Mandar al fondo buques de superficie desde las profundidades era una maniobra común en la guerra; atacar a otro sumergible mientras ambos operaban sumergidos era un problema completamente distinto. La instrumentación de la época permitía proyectar el rumbo horizontal de un objetivo, pero determinar la cota de profundidad con certeza representaba un reto mucho más difícil.

A diferencia del armamento naval moderno, los proyectiles de 1945 no contaban con cabezas buscadoras guiadas. Launders y su equipo tuvieron que resolver a mano un problema tridimensional: estimar la posición del U-864, deducir su velocidad y profundidad estimada, y anticipar en qué punto exacto coincidiría con los torpedos minutos más tarde. Todo esto mientras el submarino alemán ejecutaba maniobras evasivas continuas.

Una emboscada en abanico. A las 12:12 del 9 de febrero, Launders dio la orden de fuego. El Venturer disparó cuatro torpedos con intervalos calculados de unos 17.5 segundos, programados para cubrir distintas profundidades y vectores. No se trataba de disparar directamente hacia el blanco, sino de tender una red invisible calculada para interceptar cualquier posible maniobra de escape.

Al percibir las detonaciones del lanzamiento, la tripulación del U-864 intentó una maniobra desesperada. Los tres primeros torpedos pasaron de largo. Sin embargo, el cuarto alcanzó al submarino alemán en lleno, partiendo la estructura en dos y hundiéndolo con sus 73 tripulantes a bordo.

Un récord naval irrepetible. Aunque a lo largo del conflicto bélico varios sumergibles lograron destruir a otros navíos gemelos y continuaron a hacerlo después, en todos esos casos la nave atacada se encontraba navegando en superficie. La batalla entre el Venturer y el U-864 se mantiene hasta hoy como el único caso conocido en que dos submarinos libraron un combate a muerte estando ambos completamente sumergidos.

La gesta adquiere tintes aún más inverosímiles si se toma en cuenta que la doctrina y tecnología que hoy consideramos habituales en la guerra submarina no existía en 1945. Launders resolvió un cálculo que parecía imposible valiéndose únicamente de hidrófonos, observaciones fugaces por periscopio, reglas de cálculo y torpedos sin capacidad de corrección de trayectoria.

La bomba ecológica en el lecho marino. La tumba del U-864 permaneció en el misterio hasta 2003, cuando la marina noruega dio con los restos cerca de la isla de Fedje. Es de ese hallazgo de donde proviene la cifra de los 150 metros: no corresponde a la profundidad en la que navegaba durante el combate, sino al lecho marino donde reposan los restos despedazados del casco y las decenas de toneladas de mercurio destinadas a Tokio.

Con el paso de las décadas, el deterioro de los contenedores metálicos transformó el pecio en un problema medioambiental de primer orden para Noruega, desatando un debate científico y político sobre si la mejor opción es extraerlo, sepultarlo con arena y roca o aislarlo definitivamente. Ocho décadas más tarde, el U-864 sigue atado a dos historias extraordinarias: la de un arsenal estratégico que jamás alcanzó las costas de Japón y la de una salva de cuatro torpedos en las profundidades que logró una hazaña jamás igualada en el mar.

Imagen | National Interest

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