
Con solo usar un nombre se siembra el miedo.
Por años, en México solo bastaba con escuchar el nombre de un grupo criminal para que el miedo hiciera el resto. Y eso es lo que está ocurriendo en Guanajuato, donde muchas extorsiones no son cometidas directamente por integrantes reales de cárteles, sino por personas que utilizan su reputación como herramienta psicológica para intimidar.
De acuerdo con un reporte de La Jornada, la Fiscalía General de la República señaló que el 99% de las extorsiones relacionadas con cobro de cuotas o amenazas a negocios son realizadas por personas que se hacen pasar por integrantes de grupos criminales. Pero el verdadero poder no siempre está en las armas, sino en el miedo que produce escuchar ciertos nombres.
El crimen funcionaría como una marca de miedo
Los grupos criminales por años construyeron algo más grande que simple presencia territorial. Noticias, ejecuciones, videos, mantas, enfrentamientos y redes sociales terminaron creando una asociación automática en la mente colectiva: cierto nombre significa peligro real.
La criminología y la psicología social llevan años estudiando este tipo de fenómenos bajo conceptos como condicionamiento del miedo. Cuando un estímulo se asocia repetidamente con violencia o amenaza, el cerebro aprende a reaccionar automáticamente incluso antes de confirmar si el peligro es real.
Por eso muchas personas reaccionan con terror apenas escuchan frases como: "hablamos de parte de...". El cerebro ya fue entrenado durante años para asociar esas palabras con riesgo extremo. Y eso es lo que parece estar pasando en México. Porque para extorsionar ya no siempre hace falta demostrar poder real. Muchas veces basta con fingir pertenecer a un grupo suficientemente temido.
El miedo hace gran parte del trabajo
La revelación de la FGR también ayuda a entender cómo evolucionó la extorsión moderna. Muchos delincuentes ya no necesitan grandes estructuras criminales ni capacidad operativa sofisticada. Necesitan algo mucho más simple: provocar una reacción emocional inmediata.
El mecanismo se parece bastante a la ingeniería social utilizada en fraudes digitales: generar urgencia, sembrar pánico, bloquear el pensamiento racional y hacer que la víctima reaccione antes de verificar la información. En México, pocos estímulos generan más impacto psicológico que escuchar el nombre de un grupo criminal. Por eso muchas llamadas de amenaza funcionan incluso cuando detrás no existe realmente la organización.
La víctima no responde únicamente al delincuente. Responde a años de miedo acumulado alrededor de la violencia. Y las cifras muestran hasta qué punto ese mecanismo funciona. Según datos citados por la FGR, las denuncias por extorsión en Guanajuato crecieron 7,400% entre 2020 y 2025, con 4,381 querellas acumuladas ante ministerios públicos estatales.
Además, las autoridades señalaron que el 85% de las llamadas de extorsión provienen de apenas cuatro centros penitenciarios específicos. Aun así, la enorme mayoría de quienes amenazan ni siquiera pertenecen realmente a organizaciones criminales. La estrategia consiste en apropiarse del miedo que otros construyeron por años.
México lleva años viviendo bajo esa presión psicológica
El fenómeno no aparece en el vacío. Durante mucho tiempo, millones de mexicanos convivieron con noticias sobre desapariciones, masacres, enfrentamientos y extorsiones vinculadas al crimen organizado. La exposición constante a esa narrativa terminó construyendo una especie de reflejo colectivo.
Psicológicamente, eso se parece al condicionamiento del miedo: el cerebro aprende a asociar ciertos símbolos, palabras o nombres con peligro inmediato. Por eso un extorsionador puede lograr resultados simplemente diciendo: “Hablo de parte de…”. El nombre hace gran parte del trabajo.
Aparece otra idea como el capital simbólico: El sociólogo Pierre Bourdieu explicaba que las instituciones o grupos acumulan poder más allá de la fuerza física. En el caso del crimen organizado, décadas de violencia y exposición mediática terminaron convirtiendo ciertos nombres en símbolos capaces de generar obediencia y miedo incluso sin presencia real.
El problema ya no es solo criminal: también es psicológico
La parte más inquietante del reporte de Guanajuato quizá no es descubrir que existen falsos integrantes de grupos criminales. Lo que preocupa es que el miedo al crimen organizado se volvió tan poderoso en México que incluso personas sin vínculos reales pueden utilizar esa reputación para controlar, intimidar y extorsionar.
Porque después de años de violencia, el crimen dejó de funcionar solamente como una estructura. También se convirtió en una herramienta psicológica.
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