Los psicólogos lo confirman: las personas que tienen más apego a sus mascotas desarrollan mayor sensibilidad y sentido de responsabilidad

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La psicología revela por qué incluso los perfiles más hostiles pueden ser protectores y amorosos con sus animales

Ismael Garcia Delgado

Editor Jr

Desde pequeños nos enseñan que tener una mascota va mucho más allá de contar con un compañero de juegos. El cuidado de un perro o un gato implica establecer rutinas de alimentación, atención constante, visitas al veterinario y, de manera primordial, el desarrollo de la capacidad de comprender que la vida de otro ser vivo depende enteramente de nosotros.

La psicología respalda este aprendizaje, aunque con un matiz fundamental: el simple hecho de adoptar un animal no transforma de manera automática a una persona en alguien más responsable o empático en todos los ámbitos de su vida.

Diversos estudios demuestran que quienes logran establecer lazos profundos con sus mascotas sí tienden a registrar niveles ligeramente más elevados de responsabilidad, empatía y sensibilidad emocional.

Un análisis clave fue el realizado por la Queen's University Belfast, donde se encuestó a 938 dueños de perros y gatos de varios países. Los datos arrojaron que las personas con puntuaciones elevadas en minuciosidad o escrupulosidad también presentaban una conexión emocional mucho más fuerte con sus compañeros peludos.

Un ejemplo de ello aparece en la serie Los Sopranos. El protagonista, Tony Soprano, es un jefe de la mafia responsable de actos violentos, extorsiones e incluso asesinatos. Sin embargo, a lo largo de la serie desarrolla un vínculo emocional intenso con los animales. Especialmente con patos o caballos. ¿Se trata de una incoherencia narrativa? Desde la perspectiva científica, no necesariamente.

La psicología aclara que no es requisito ser empático con toda la humanidad para lograr una conexión intensa con un animal. De hecho, se ha encontrado que un vínculo estrecho con una mascota se traduce principalmente en empatía hacia los animales en general, lo cual puede, indirectamente, fomentar conductas prosociales en el trato con otros seres humanos, tales como la preocupación por el prójimo y la disposición para ayudar.

Esto tiene una base lógica: a diferencia de las personas, los perros y gatos no pueden verbalizar el miedo, el dolor, el hambre o la incomodidad. Quien vive con ellos debe aprender a interpretar señales silenciosas, desde un sutil cambio en la mirada o la postura corporal hasta alteraciones en su alimentación.

Sin embargo, los especialistas insisten en no generalizar. Quien no tiene mascotas no es por defecto menos responsable o frío, del mismo modo que un amante empedernido de su perro no será necesariamente una persona noble y comprensiva en todas sus relaciones humanas.

La conclusión de la ciencia es clara: las personas con un fuerte apego a sus animales muestran, en promedio, una mayor tendencia a la responsabilidad y la empatía, pero este comportamiento se manifiesta de manera primordial y directa hacia sus propias mascotas.

Imagen | IMDb

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