Si le preguntas a tus padres o a tus abuelitos sobre cómo pasaban el tiempo con sus amigos cuando eran niños, seguramente te platicarán que solían llegar con las manos llenas de tierra, sudor en la frente y las rodillas raspadas. La razón era simple, jugaban en la calle hasta que anochecía. Según los psicólogos, ese tipo de infancia no era un descuido paternal, sino un método de entrenamiento.
Era 1971 cuando un estudio realizado por el psicólogo Roger Hart demostró la libertad que tenían las infancias por aquel entonces. Le pidió a un grupo de niños que dibujaran un mapa de los lugares donde podían moverse solos y, sorprendentemente, eran kilómetros de su barrio. Décadas después Hart repitió el ejercicio y descubrió que esa distancia se redujo. Hoy es una tendencia creciente en numerosos países.
Según diversas investigaciones, esa libertad de los niños para salir sin supervisión adulta no era solo un tiempo para jugar, sino un entrenamiento psicológico. Desde resolver conflictos, conocer la colonia, asumir pequeños riesgos o inventar juegos les funcionó para desarrollar habilidades como la autonomía, confianza, la regulación emocional y la capacidad para enfrentar la incertidumbre.
Los investigadores se basan en el concepto de home range, aquel territorio en el que los niños pueden salir sin supervisión, para medir esa transición entre las generaciones que recorrían grandes distancias solos y las actuales infancias en las que apenas llegan a la puerta de su casa. A grandes rasgos, una reducción de la independencia.
Como ejemplifican en Springer Nature, si un grupo de niños discutía las reglas de un juego no era mero entretenimiento, más bien ejercían, sin darse cuenta, dotes de negociación, cooperación, creatividad, tolerancia y toma de decisiones. A su vez, desde la Universidad de Aarhus apuntan que los incluso son los niños quienes consideran esencial que el juego les pertenezca a ellos y no a los adultos.
Paralelamente, otro análisis con 2,500 menores evidenció que jugar en exteriores favorece en el desarrollo de habilidades tanto sociales como emocionales. Entonces ¿por qué los niños ya no salen a jugar como antes? De acuerdo con The Washington Post, más allá de la llegada de la tecnología, se toman en cuenta la urbanización, desaparición de espacios seguros, el miedo de los padres y querer supervisar cualquier actividad.
Esto propicia una infancia más organizada a través de actividades dirigidas en lugar de tener oportunidades para experimentar, equivocarse y aprender por su cuenta. Aunque claro, ninguna de las investigaciones fomenta dejar solos a los niños en esta época. El debate gira en torno a encontrar un equilibrio entre la protección y su autonomía.
Así, los psicólogos coinciden en que la confianza entre los pequeños no se da en entornos puramente controlados. Al contrario se da cuando descubren que pueden salir adelante por su propia mano. Una idea que muchas generaciones aprendieron mientras jugaban hasta tarde... o hasta que se cansaran.
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