
La comida no es lo más importante
¿Qué harías si mañana tu celular se quedara sin batería y no pudieras volver a usarlo? Probablemente lo primero que extrañarías serían los mensajes, las redes sociales o la música. Sin embargo, el verdadero problema aparecería unos minutos después: encontrar el camino de regreso, saber si lloverá durante la tarde o simplemente decidir qué dirección tomar sin la ayuda de un mapa digital.
La tecnología ha simplificado tantas tareas cotidianas que pocas veces nos detenemos a pensar cuánto dependemos de ella. Desde recordar números telefónicos hasta calcular la ruta más rápida para llegar a un destino, buena parte de las decisiones que antes resolvíamos con experiencia o memoria ahora descansan en un teléfono inteligente.
Esa es precisamente la pregunta que plantea Supervivencia al Desnudo: Conquista Mundial, la nueva edición internacional del reality disponible actualmente en HBO Max. En esta ocasión, participantes de distintos países, entre ellos los mexicanos Pablo Melin y Fernanda Pérez, deben sobrevivir durante 40 días utilizando únicamente sus conocimientos y los recursos que encuentran en la naturaleza. Más allá del espectáculo, el programa sirve como punto de partida para una pregunta que va más allá: ¿qué tan preparados seguimos para sobrevivir cuando la tecnología deja de estar disponible?
La tecnología también cambió la forma en que usamos nuestro cerebro
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, orientarse sin mapas digitales era una habilidad indispensable. Nuestros antepasados aprendían a interpretar montañas, ríos, la posición del Sol o las estrellas para encontrar el camino correcto. Hoy basta con abrir una aplicación para que una voz nos indique exactamente dónde girar.
Este cambio no solo modificó nuestros hábitos, también ha despertado el interés de la comunidad científica. Una investigación publicada en Nature Communications por especialistas del University College London encontró que el hipocampo, una región del cerebro relacionada con la memoria espacial y la orientación, presenta una actividad mucho mayor cuando las personas toman decisiones sobre la ruta que seguirán que cuando simplemente obedecen las instrucciones de un sistema de navegación.
Esto no significa que utilizar GPS sea perjudicial. Herramientas como Google Maps o Waze han transformado la movilidad al permitir encontrar rutas más rápidas, evitar tráfico y explorar lugares desconocidos con facilidad. Lo que muestran los investigadores es algo diferente: cuando delegamos constantemente determinadas tareas a la tecnología, nuestro cerebro necesita participar menos en ellas.
Los especialistas conocen este fenómeno como cognitive offloading, un proceso mediante el cual trasladamos parte de nuestro esfuerzo mental a herramientas externas. Es lo que ocurre cuando dejamos de memorizar números telefónicos porque sabemos que siempre estarán guardados en el celular o cuando utilizamos recordatorios para no olvidar una cita. La tecnología no reduce nuestras capacidades, pero sí cambia la forma en que las utilizamos.
Paradójicamente, nunca habíamos tenido tantas herramientas para orientarnos y, al mismo tiempo, nunca habíamos dependido tanto de ellas. Si por alguna razón dejaran de funcionar, muchas personas descubrirían que habilidades que durante miles de años fueron esenciales para la supervivencia hoy apenas forman parte de su vida cotidiana.
Sobrevivir no significa solo encontrar comida
Cuando pensamos en supervivencia, solemos imaginar que el hambre será el principal enemigo. Películas, series y realities han reforzado esa idea, pero especialistas en medicina de supervivencia coinciden en que la realidad suele ser muy distinta.
La conocida “regla de los tres” ayuda a entenderlo. Aunque no es una ley científica y los tiempos pueden variar según factores como la temperatura, el estado de salud o la actividad física, sirve como referencia: el cuerpo resiste mucho menos tiempo sin agua que sin alimento. En consecuencia, encontrar una fuente segura para hidratarse suele convertirse en una prioridad antes que salir a buscar comida.
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) explica que incluso niveles moderados de deshidratación pueden afectar funciones cognitivas como la atención, la memoria y la capacidad para tomar decisiones. En un entorno hostil, donde elegir mal un camino o desperdiciar energía puede agravar la situación, mantener un buen nivel de hidratación puede resultar más importante que consumir calorías de inmediato.
El organismo también cuenta con mecanismos para enfrentar la falta de alimento durante cierto tiempo. Primero utiliza las reservas de glucógeno almacenadas en el hígado y los músculos; después comienza a obtener energía de la grasa corporal y solo en etapas más avanzadas recurre al tejido muscular. Por eso, en un escenario de supervivencia, administrar el esfuerzo físico suele ser tan importante como encontrar comida. Gastar demasiada energía en actividades innecesarias puede acelerar el agotamiento de esas reservas.
Algo similar ocurre con el fuego. Encender una fogata parece sencillo cuando se usa un encendedor, pero hacerlo mediante técnicas primitivas requiere identificar materiales adecuados, controlar la humedad de la madera y dominar procedimientos que pueden tomar mucho tiempo aprender. Durante miles de años, el fuego permitió cocinar alimentos, mantenerse caliente y protegerse de depredadores; hoy es una habilidad que la mayoría de las personas nunca ha tenido que desarrollar.
El ser humano nunca sobrevivió por ser el más fuerte
Existe una idea muy extendida de que la supervivencia depende principalmente de la fuerza física. Sin embargo, la historia de nuestra especie cuenta algo muy distinto. Los seres humanos nunca fueron los animales más rápidos, los más fuertes ni los que poseían mejores armas naturales. Aun así, lograron expandirse prácticamente a todos los continentes gracias a una ventaja evolutiva diferente: la capacidad para aprender, cooperar y transmitir conocimiento entre generaciones.
Identificar plantas comestibles, interpretar cambios en el clima, reconocer huellas de animales o construir herramientas eran habilidades que podían marcar la diferencia entre vivir y morir. Ninguna de ellas dependía únicamente de la fuerza, sino de la observación, la experiencia y la capacidad para resolver problemas utilizando los recursos disponibles.
En cierto sentido, la tecnología moderna no eliminó esas capacidades; simplemente comenzó a sustituirlas. Hoy un teléfono puede decirnos hacia dónde caminar, cuánto tiempo tardaremos en llegar, si se aproxima una tormenta e incluso dónde encontrar agua o comida. La paradoja es que, mientras desarrollamos una enorme habilidad para utilizar herramientas digitales, ejercitamos cada vez menos muchas de las capacidades que acompañaron al ser humano durante miles de generaciones.
Quizá por eso las historias de supervivencia siguen despertando tanto interés. Nos obligan a imaginar cómo reaccionaríamos si todas esas herramientas dejaran de funcionar y volviéramos a depender únicamente de nuestro ingenio, nuestros conocimientos y nuestra capacidad para adaptarnos.
De un experimento extremo a una franquicia global de la supervivencia
Cuando Supervivencia al Desnudo debutó en Discovery Channel en 2013, pocos imaginaban que una premisa tan sencilla terminaría convirtiéndose en una de las franquicias de supervivencia más exitosas de la televisión. El formato original reunía a dos desconocidos que debían permanecer 21 días en algunos de los entornos más hostiles del planeta completamente desnudos y con apenas un objeto de supervivencia elegido por cada uno.
Lo que comenzó como un experimento televisivo terminó encontrando una audiencia fiel. Más de una década después, la serie principal suma 18 temporadas y ha dado origen a diversos spin-offs que han explorado nuevas variantes del formato. Supervivencia al Desnudo XL amplió el reto a 40 días con varios participantes; Last One Standing convirtió la supervivencia en una competencia entre veteranos, mientras que propuestas como Náufragos o Amor al Natural demostraron que la idea podía adaptarse a escenarios muy distintos sin perder su esencia.
El éxito tampoco se limitó a Estados Unidos. La franquicia impulsó producciones locales y especiales en países como México, Brasil y España, reflejando que la curiosidad por saber cómo reaccionaría una persona frente a condiciones extremas trasciende idiomas y culturas. Esa evolución desemboca ahora en Supervivencia al Desnudo: Conquista Mundial, una edición que por primera vez reúne a algunos de los supervivientes más destacados de diferentes países para competir representando a sus respectivas naciones.
La nueva temporada traslada el desafío a Zululandia, en Sudáfrica, una región caracterizada por su biodiversidad, sus cambios bruscos de temperatura y la presencia de fauna potencialmente peligrosa. Allí, los concursantes deben construir refugios, encontrar agua, conseguir alimento y administrar su energía durante 40 días utilizando recursos mínimos. Entre ellos se encuentran los mexicanos Pablo Melin y Fernanda Pérez, quienes buscarán demostrar que su experiencia puede competir con la de participantes provenientes de otras partes del mundo.
Más allá del espectáculo o de las condiciones extremas, el éxito de Supervivencia al Desnudo probablemente responde a algo más profundo. El programa pone a prueba situaciones que la mayoría nunca enfrentará, pero que despiertan una pregunta universal: ¿qué tan preparados estamos para vivir sin las herramientas que damos por sentadas?
La ciencia ofrece algunas respuestas. Sabemos que el cerebro modifica la forma en que navega cuando delegamos esa tarea al GPS, que la deshidratación afecta rápidamente la capacidad para tomar decisiones y que sobrevivir depende tanto de administrar la energía como de conseguir alimento. También sabemos que nuestra especie llegó hasta aquí no por ser la más fuerte, sino por su capacidad para aprender y adaptarse.
Tal vez esa sea la verdadera razón por la que un formato como Supervivencia al Desnudo continúa despertando interés más de una década después de su estreno. Más allá del entretenimiento, funciona como un recordatorio de que muchas de las habilidades que permitieron la supervivencia del ser humano siguen formando parte de nosotros, aunque la vida moderna nos haya dado pocas oportunidades para volver a ponerlas a prueba.
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