En 1950 Portugal plantó un árbol australiano para estabilizar sus suelos. Sin saberlo, cambió para siempre la forma en que se propagan los incendios

Sin planearlo, Portugal construyó una autopista verde para que las llamas recorrieran kilómetros

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Ismael Garcia Delgado

Editor Jr
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Ismael Garcia Delgado

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Comunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.

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Durante los años 50, gran parte de Europa recurrió a múltiples programas de reforestación para detener la erosión del suelo y proveer de madera a una economía devastada por la guerra. Portugal, por ejemplo, apostó por un árbol australiano que parecía la solución perfecta para fijar el terreno y alimentar su naciente industria papelera. Ocho décadas después, las consecuencias han transformado radicalmente la manera en que el fuego se propaga por todo su territorio.

Contexto. Para entender la crisis forestal de hoy en día, es necesario viajar al Portugal de mediados del siglo pasado. El país enfrentaba una erosión de la tierra alarmante, un éxodo rural masivo y la presión de la dictadura de António de Oliveira Salazar por levantar una industria forestal que generara ingresos rápidos.

Así, el eucalipto se alzó como el candidato ideal gracias a sus asombrosas propiedades: crecía a un ritmo acelerado, estabilizaba terrenos erosionados y era una excelente materia prima para producir papel. No obstante, lo que parecía una política pública brillante alteró la dinámica de los incendios forestales para las siguientes generaciones.

El impacto real no vino solo por introducir una especie exótica, sino por la forma en que se rediseñó toda la geografía del país. Los antiguos mosaicos compuestos por cultivos locales, pastizales y bosques diversos fueron sustituidos por enormes extensiones llenas de pinos y, sobre todo, de eucaliptos.

Aunque este nuevo ecosistema artificial resultó sumamente rentable en el plano económico, también destruyó las barreras naturales que antes frenaban el avance del fuego. Sin planearlo, Portugal construyó una autopista verde para que las llamas recorrieran kilómetros con una facilidad pasmosa.

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El eucalipto no inicia los incendios, pero los vuelve letales. Existe la falsa creencia de que este árbol es el detonante directo del fuego. En realidad, los incendios forestales inician por diversas causas humanas o climáticas, pero el eucalipto cambia radicalmente el comportamiento del fuego. Sus aceites esenciales son altamente volátiles y combustibles, lo que provoca que, al calentarse, los árboles ardan con intensidad.

Ahora bien, los cultivos forestales de rápido crecimiento distan mucho de ser un ecosistema boscoso maduro y diverso. Al tratarse de monocultivos de una sola especie, capturan menos carbono a largo plazo y ofrecen una resistencia casi nula a la propagación del fuego, a diferencia de los bosques nativos con sotobosques húmedos y diversidad de especies de árboles.

Esto da pie a un círculo vicioso: las llamas consumen de forma recurrente las mismas regiones e impiden que la vegetación nativa se regenere y recupere la biodiversidad que serviría para contener futuros desastres forestales. Si a esto le sumamos el incremento de las olas de calor y las sequías prolongadas, Portugal se enfrenta constantemente a temporadas de incendios catastróficas.

La gravedad de la situación ha obligado al gobierno portugués a activar de manera recurrente el Mecanismo Europeo de Protección Civil en busca de auxilio internacional. Asumen que la escala de los siniestros sobrepasa la capacidad operativa de cualquier nación por sí sola. Sin embargo, los especialistas coinciden en que apagar incendios es inútil a largo plazo si el paisaje sigue diseñado para arder. 

El verdadero desafío consiste en restaurar bosques mixtos, reactivar actividades agropecuarias que rompan la continuidad del material combustible en el suelo y diversificar las especies forestales plantadas. Se trata de rediseñar un territorio que durante casi un siglo se gestionó bajo una lógica puramente comercial, ignorando la resiliencia climática y la prevención de catástrofes.

El eco de una decisión tomada hace 80 años. El caso de los eucaliptos en Portugal deja claro cómo las políticas ambientales y económicas de mediano plazo pueden reconfigurar un territorio de forma imprevista. Hoy, el reto no se limita a sofocar las llamas durante las temporadas de calor extremo, sino en revertir un paisaje que convierte cada sequía en una bomba de tiempo lista para estallar.

Imagen | anagh

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