Cada diciembre, millones de familias en México colocan un árbol de Navidad en sus casas. Solo los productores nacionales comercializan alrededor de 700 mil árboles naturales cada temporada, cultivados específicamente para convertirse en el centro de las celebraciones, pero apenas pasan unas semanas, casi todos comparten el mismo destino. Algunos llegan a centros de acopio para convertirse en composta o madera triturada; otros simplemente terminan en la basura.
En Alabama, Estados Unidos, existe una tercera opción. Desde hace casi 40 años, miles de árboles de Navidad son trasladados hasta las playas de Gulf Shores para cumplir una función completamente distinta: ayudar a reconstruir las dunas que protegen la costa frente a la erosión e incluso reducen parte del impacto de tormentas y huracanes.
La pregunta parece absurda: ¿Cómo un árbol que hace unas semanas sostenía luces y esferas puede terminar ayudando a proteger una playa? La respuesta resulta mucho más interesante de lo que parece.
La respuesta no está en el árbol, sino en el viento
Aunque parezca extraño, el verdadero protagonista de esta historia no es el árbol: es el viento. Las playas están cambiando todo el tiempo. El viento mueve millones de granos de arena y, cuando no encuentra ningún obstáculo, esa arena sigue su camino o termina siendo arrastrada con mayor facilidad por el oleaje.
Todo cambia cuando ese árbol de Navidad, que hace apenas unas semanas estaba lleno de adornos, termina acostado sobre la playa. Sus ramas funcionan como una especie de red natural y, al atravesarlas, el viento pierde velocidad y la arena comienza a quedarse atrapada entre ellas.
Al principio apenas aparece una pequeña acumulación; después surgen montículos y, con el paso de las semanas, esos montículos terminan convirtiéndose en dunas. Lo curioso es que el árbol nunca produce arena ni detiene el mar; lo que hace es darle al viento un lugar donde dejarla.
Esas montañas de arena hacen mucho más de lo que parece
A simple vista, una duna puede parecer solo un montón de arena. En realidad, es una de las mejores defensas naturales que tiene una playa.
Cuando llega un huracán o una tormenta, las dunas absorben parte de la energía del oleaje y ayudan a reducir la cantidad de arena que el mar arrastra tierra adentro. También disminuyen la fuerza del viento y sirven como hogar para plantas cuyas raíces estabilizan el terreno.
Sin ellas, las playas quedan mucho más expuestas a la erosión. Por eso, restaurarlas se ha convertido en una prioridad para muchas comunidades costeras.
Alabama descubrió que un árbol todavía podía ser útil después de Navidad
Fue a finales de la década de 1980 cuando Gulf Shores comenzó a buscar maneras de recuperar las dunas que protegían su litoral. La solución terminó siendo mucho más sencilla de lo que cualquiera habría imaginado.
Cada enero, el municipio invita a la población a llevar sus árboles de Navidad naturales a centros de recolección. Después, trabajadores y voluntarios los acomodan sobre la playa formando largas hileras y estructuras en forma de "U".
No es una forma al azar. Ese diseño ayuda a que el viento deposite arena justo donde se necesita para que las dunas vuelvan a crecer y, conforme la arena se acumula, también se planta vegetación nativa que termina consolidando esas nuevas barreras naturales. Meses después, los árboles comienzan a degradarse, pero para entonces ya hicieron su trabajo.
Lo más curioso es que Alabama no intenta ganarle a la naturaleza
Puede parecer una gran obra de ingeniería, pero en realidad sucede exactamente lo contrario. Los árboles no sustituyen las dunas, no detienen el avance del mar, no contienen un huracán, sino que simplemente aceleran un proceso que el viento ya hace todos los días.
Existe incluso un nombre para este tipo de estrategias: soluciones basadas en la naturaleza. La idea consiste en aprovechar procesos naturales para resolver problemas ambientales en lugar de depender únicamente de infraestructura de concreto y, en este caso, no construyen un muro, además de que dejan que el viento haga el trabajo. Los árboles únicamente le indican dónde dejar la arena.
México también podría aprender algo de esta idea
Aunque la historia ocurre en Alabama, el problema está lejos de ser exclusivo de Estados Unidos. México también enfrenta procesos de erosión costera en distintas regiones del Golfo, el Caribe y el Pacífico. Por eso, diversas instituciones impulsan proyectos para restaurar dunas mediante vegetación nativa y otras soluciones inspiradas en el funcionamiento natural de estos ecosistemas.
Eso hace inevitable regresar al dato del principio. Cada año, en México se comercializan alrededor de 700 mil árboles de Navidad naturales. Claro, eso no significa que todos puedan terminar protegiendo playas.
Depende de la especie, de las condiciones de cada litoral y de cómo se implemente un programa de este tipo, pero el caso de Alabama demuestra algo mucho más interesante. Que un árbol no necesariamente termina su historia cuando acaba diciembre y, en el lugar adecuado, todavía puede convertirse en una herramienta para ayudar a reconstruir un ecosistema.
El árbol nunca dejó de proteger algo
Durante unas cuantas semanas sostuvo luces, esferas y regalos. Después quedó tirado sobre la arena y parecía que su historia había terminado, ya que en realidad apenas estaba empezando otra.
Poco a poco comenzó a retener arena y esa terminó formando nuevas dunas, para que meses después ayudaran a proteger la playa cuando llegó la siguiente tormenta.
Quizá esa sea la parte más curiosa de toda la historia. El árbol nunca dejó de cumplir una función; solo cambió una sala llena de adornos por una playa donde, sin hacer ruido, ayuda a que la naturaleza se proteja a sí misma.
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