Llegas a casa después de un día frío y probablemente pocas cosas resultan tan atractivas como abrir la regadera y dejar que salga agua muy caliente. Además de la sensación de confort, una ducha antes de dormir puede convertirse fácilmente en uno de esos pequeños rituales del invierno. El problema empieza cuando confundimos esa sensación agradable con algo que necesariamente también le viene bien a nuestra piel.
La dermatóloga Ana Molina lo resume así: "Bañarte con agua demasiado caliente provoca deshidratación y comezón". Incluso utiliza una comparación bastante cotidiana para explicarlo: cuando queremos retirar la grasa de los platos sucios, recurrimos al agua caliente y algo parecido puede ocurrir con la superficie de nuestra piel.
Nuestra piel también necesita grasa
La comparación tiene una explicación detrás. La capa más externa de la piel, el estrato córneo, funciona como una barrera que ayuda a limitar la pérdida de agua y nos protege del exterior. En ella también existen lípidos que cumplen un papel importante para mantener esa función.
Por eso, cuando Molina habla de una piel "deslipidizada", se refiere a una superficie en la que se han alterado o eliminado parte de esos lípidos. No significa que el agua retire absolutamente toda la grasa de la piel, sino que una exposición excesiva al calor puede afectar temporalmente esa barrera y favorecer la pérdida de agua.
Un estudio publicado en 2022 permite ver este efecto. Los investigadores analizaron a 50 voluntarios sanos y midieron distintos parámetros de la piel antes y después de exponerla a agua fría y caliente.
Tras el contacto con agua caliente, la pérdida transepidérmica de agua aumentó de 25.75 a 58.58 g/h/m². También aumentaron el pH y el eritema. Los autores concluyeron que la exposición prolongada al agua puede perjudicar la función de barrera y que el efecto fue mayor con agua caliente.
Eso sí, el estudio evaluó condiciones experimentales concretas y no establece una temperatura universal a partir de la cual una ducha se vuelva perjudicial. Lo que sí ayuda a explicar es el mecanismo detrás de lo que señala Molina: el agua caliente puede alterar temporalmente la barrera cutánea y hacer que la piel pierda más agua.
Por eso la comezón puede aparecer después
Aquí está la paradoja: sales de la ducha después de estar varios minutos bajo el agua y, aun así, tu piel puede sentirse más seca que antes.
Mojar la superficie y mantener la hidratación de la piel no son exactamente lo mismo. Por eso, una ducha especialmente caliente puede dejar sensaciones de tirantez, sequedad o incluso comezón.
Molina también reconoce que ella misma disfruta de esas duchas durante el invierno, pero su solución no es necesariamente renunciar a ellas, sino aplicar después una crema hidratante bastante espesa para ayudar a recuperar la barrera de la piel.
Bañarse con agua caliente no es el problema; el exceso sí puede serlo
La idea tampoco es convertir una ducha caliente en el enemigo de la piel. El verdadero matiz está en la temperatura y en lo que hacemos después. Un baño demasiado caliente puede sentirse muy bien en ese momento, pero la piel puede pagar parte de esa comodidad al perder más agua.
Y ahí la comparación de Molina con los platos cobra sentido: el agua caliente es especialmente eficaz para retirar grasa, pero nuestra piel no necesariamente quiere quedar completamente "desengrasada". Quizá por eso la mejor señal no esté en cuánto vapor llena el baño, sino en cómo se siente la piel cuando cerramos la regadera.
Imágenes | Pexels, Doctora Ana Molina
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