Es uno de los monumentos más fotografiados de Ciudad de México. Sale en postales, películas, series de televisión y suele convertirse en punto de reunión cuando hay celebraciones deportivas, marchas o eventos que recorren Paseo de la Reforma y, para millones de personas, la Diana Cazadora simplemente forma parte del paisaje de la capital.
Lo curioso es que la escultura que todos conocemos ya no es exactamente la misma que fue inaugurada hace más de 80 años. Cambió de nombre, fue censurada apenas dos años después de aparecer, perdió parte de su estructura y terminó siendo reemplazada por una nueva fundición. Mientras tanto, la obra original acabó lejos del sitio para el que fue creada: la historia de la Diana es, en realidad, la historia de una escultura que nunca dejó de cambiar.
Antes de ser la Diana Cazadora, tenía otro nombre
Todo comenzó en 1942. Como parte de un proyecto para modernizar la imagen de la Ciudad de México, el gobierno impulsó la construcción de varias fuentes monumentales sobre Paseo de la Reforma.
El arquitecto Vicente Mendiola diseñó la fuente y el escultor Juan Fernando Olaguíbel creó la figura principal. Pero hay un detalle que casi siempre pasa desapercibido: la obra nunca fue bautizada oficialmente como Diana Cazadora.
Su nombre original era La Flechadora de la Estrella del Norte y tenía sentido. La mujer sostenía un arco, pero no apuntaba hacia ningún animal y su flecha estaba dirigida hacia el norte y al cielo como una representación del progreso, del futuro y de las aspiraciones de una ciudad que buscaba convertirse en una gran metrópoli.
Con el paso de los años ocurrió algo curioso. La gente empezó a llamarla simplemente Diana Cazadora por su parecido con la diosa romana y, al final, el nombre popular terminó ganándole al oficial.
La mujer que inspiró la escultura permaneció en secreto durante casi medio siglo
Para modelar la figura femenina, Olaguíbel pidió ayuda a una joven secretaria llamada Helvia Martínez Verdayes; tenía apenas 16 años. En aquella época, posar desnuda para una escultura podía provocar un escándalo, así que su identidad permaneció completamente en secreto durante casi cincuenta años.
Fue ella misma quien decidió contar la historia décadas después, pero ese no sería el único episodio que transformaría la historia del monumento.
El desnudo nunca buscó provocar, pero terminó siendo censurado
Olaguíbel decidió representar la figura completamente desnuda siguiendo la tradición de la escultura clásica, donde el cuerpo humano simboliza la belleza, la libertad y la perfección, no una provocación. Sin embargo, la fuente apenas llevaba dos años inaugurada cuando comenzaron las críticas.
Diversos grupos conservadores consideraron que el desnudo atentaba contra la moral pública y presionaron para modificar la obra y, en 1944, las autoridades ordenaron colocarle un taparrabos de bronce.
Durante más de veinte años, esa fue la imagen con la que convivieron los habitantes de Ciudad de México. La escultura que había nacido como un símbolo del progreso terminó convirtiéndose en el reflejo de un debate mucho más amplio: hasta dónde podía llegar el arte en el espacio público.
Cuando intentaron devolverle su aspecto original, ocurrió algo inesperado
El escultor nunca estuvo de acuerdo con aquella modificación. Durante años insistió en retirar el taparrabos para recuperar la obra tal y como la había imaginado y finalmente obtuvo autorización, pero al desmontar la pieza añadida ocurrió un problema.
La estructura original sufrió daños importantes. Como la escultura había sido elaborada mediante fundición en bronce y Olaguíbel todavía conservaba los moldes originales, fue posible fabricar una nueva pieza prácticamente idéntica a la primera.
Y ahí está lo curioso: la Diana que hoy permanece en Paseo de la Reforma es esa nueva fundición. A simple vista, ambas esculturas parecen la misma, pero históricamente no lo son. La original fue testigo de la transformación de Ciudad de México durante casi tres décadas. La que hoy vemos ocupa su lugar desde entonces.
¿Y entonces dónde quedó la original?
La escultura original nunca desapareció, simplemente cambió de ciudad. En 1970 fue trasladada a Ixmiquilpan, Hidalgo, donde permanece instalada hasta hoy.
Mientras millones de personas seguían visitando la Diana de Paseo de la Reforma, la obra original permanecía lejos del sitio para el que había sido creada. Paradójicamente, muchos visitantes creen estar viendo la escultura original cuando, en realidad, observan una nueva fundición realizada años después.
Una escultura que cambió junto con la ciudad
La historia no terminó ahí. Con el paso del tiempo también desapareció la flecha que originalmente sostenía entre sus manos y, aun así, la figura siguió transmitiendo la misma idea que imaginó Olaguíbel hace más de ocho décadas: una mujer apuntando hacia el cielo, no hacia una presa.
Quizá por eso resulta difícil hablar de una sola Diana. Está la que imaginó el escultor, la que fue censurada, la que recuperó su desnudez, la que hoy permanece en Hidalgo y la que todos seguimos viendo sobre Paseo de la Reforma.
El monumento cambió, pero el símbolo permaneció
Pocos monumentos tienen una historia tan accidentada. La Diana cambió de nombre, sobrevivió a la censura, perdió parte de su estructura y terminó siendo sustituida por una nueva fundición.
Cualquier otra obra habría quedado marcada por todos esos cambios. Ella hizo exactamente lo contrario: cada transformación terminó reforzando su lugar como uno de los símbolos más reconocibles de Ciudad de México y quizá ahí está lo interesante.
Cada día miles de personas pasan frente a la Diana, le toman una fotografía o la usan como punto de encuentro sin imaginar que la escultura que tienen enfrente ya no es exactamente la misma que se inauguró en 1942. La ciudad siguió llamándola Diana Cazadora, aunque la original hace mucho tiempo dejó ese lugar.
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