Hay construcciones que no necesitan presentación. Basta ver su silueta para saber exactamente de qué lugar estamos hablando: El Ángel de la Independencia, la Torre Latinoamericana o el Palacio de Bellas Artes pertenecen a ese grupo de sitios que cualquier mexicano reconoce casi de inmediato.
Pero hay otro caso mucho más curioso. Cinco enormes prismas de concreto reciben todos los días a quienes llegan por el norte de la Ciudad de México; estos no tienen puertas, no tienen ventanas. No cuentan con miradores ni espacios interiores.
De hecho, nunca fueron diseñadas para que alguien entrara en ellas y aun así terminaron convirtiéndose en uno de los símbolos urbanos más importantes del país; lo más curioso es que ese nunca fue el plan.
Todo empezó con la entrada a una ciudad que todavía no existía
A finales de la década de 1950, la capital comenzaba a crecer hacia el Estado de México. Uno de los proyectos más ambiciosos era Ciudad Satélite, un desarrollo urbano pensado para responder al rápido crecimiento de la población.
Sus desarrolladores querían que la entrada fuera diferente a cualquier otra; no buscaban levantar una estatua ni un arco monumental. Querían que, desde el primer vistazo, cualquiera entendiera que estaba llegando a una ciudad moderna.
Para lograrlo recurrieron a tres nombres que hoy forman parte de la historia de la arquitectura y el arte en México: Luis Barragán, Mathias Goeritz y Jesús "Chucho" Reyes Ferreira. Su propuesta rompía con todo lo que existía hasta entonces.
En lugar de construir un edificio, imaginaron enormes prismas geométricos de concreto que no servirían para habitarse ni tendrían una función práctica. Su misión era otra: crear una experiencia visual para quienes recorrían la autopista.
Las Torres que conocemos ni siquiera eran el plan original
Hay un detalle que pocas personas conocen. Las Torres de Satélite estuvieron a punto de ser siete y ese era el proyecto original.
Sin embargo, durante la construcción, el diseño tuvo que modificarse por cuestiones presupuestales y solo cinco prismas llegaron a levantarse. Paradójicamente, aquella versión "incompleta" terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles del país.
Sin darse cuenta, millones de personas comenzaron a usarlas como referencia
Con el paso de los años ocurrió algo que ninguno de sus creadores había previsto. Las Torres dejaron de ser únicamente una obra de arquitectura y se convirtieron en un punto de encuentro.
"Nos vemos en las Torres", "Ya pasé las Torres", "Está antes de las Torres". Esas frases comenzaron a repetirse todos los días entre quienes recorrían el norte del Valle de México y en algún momento dejaron de ser una escultura para convertirse en parte del lenguaje cotidiano.
En realidad, existe una explicación para que eso ocurra
El urbanista Kevin Lynch hablaba de un concepto llamado landmark. Son esos elementos que ayudan a las personas a orientarse dentro de una ciudad y que terminan formando parte de su mapa mental.
Las Torres de Satélite encajan perfectamente en esa definición, pero hay otra razón y es que su diseño era imposible de confundir. Cinco prismas gigantes, sin ventanas, sin decoración y con una geometría completamente distinta a la de cualquier edificio cercano, podían reconocerse incluso desde un automóvil en movimiento.
Justo como Barragán y Goeritz habían imaginado. Sin proponérselo, terminaron diseñando una de las imágenes más fáciles de recordar del paisaje urbano mexicano.
Todo alrededor cambió. Ellas no
Durante más de seis décadas, el entorno cambió por completo. Llegaron nuevos fraccionamientos, se ampliaron avenidas y aparecieron distribuidores viales, segundos pisos y centros comerciales.
La zona dejó de ser la periferia de la ciudad para convertirse en uno de los puntos con mayor actividad del área metropolitana. Las Torres siguieron exactamente en el mismo lugar.
Esa permanencia ayudó a convertirlas en un punto fijo dentro de una ciudad que nunca dejó de transformarse. Con el tiempo aparecieron en películas, fotografías, campañas publicitarias, programas de televisión y postales y poco a poco dejaron de representar únicamente a Ciudad Satélite; comenzaron a representar a toda una ciudad.
Ni siquiera los colores permanecieron iguales
Aunque hoy parecen inmutables, las Torres tampoco conservaron siempre la apariencia con la que fueron inauguradas. El paso del tiempo, la contaminación y distintas intervenciones modificaron sus colores originales.
Fue hasta diversas restauraciones cuando especialistas realizaron estudios para recuperar la propuesta cromática concebida por Barragán, Goeritz y Chucho Reyes, devolviéndoles la presencia visual con la que habían sido imaginadas.
Un símbolo no nace cuando termina la obra
Las Torres de Satélite nunca fueron el edificio más alto del país, tampoco el monumento más visitado de México. Su importancia nunca dependió de eso y lo realmente extraordinario es que lograron algo que muy pocas obras consiguen.
Pasaron de ser una pieza de arquitectura a convertirse en parte de la memoria colectiva y quizá por eso basta ver su silueta para saber exactamente dónde estamos, porque un símbolo urbano no nace cuando termina la construcción. Nace cuando una ciudad deja de explicarlo porque ya todos saben de qué está hablando.
En Xataka México | Desde la "supermanzana" hasta las mega torres de departamentos apilados: las ideas de Mario Pani que crearon Tlatelolco y moldearon CDMX
En Xataka México | México construyó esta gigantesca sombrilla hace casi 60 años y todavía parece una obra del futuro
Ver 0 comentarios