Durante siglos, los marineros de todo el mundo murieron por el escorbuto. Todos menos los vascos

En su momento, se creyó que tomar café disminuía el impacto o incluso que se trataba de un castigo divino

D590e5c0 0751 44e0 A1ce 209012d33bb7
Sin comentarios Facebook Twitter Flipboard E-mail
ismael-garcia

Ismael Garcia Delgado

Editor Jr
ismael-garcia

Ismael Garcia Delgado

Editor Jr

Comunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.

2007 publicaciones de Ismael Garcia Delgado

Por allá del siglo XVI, los marineros no le temían tanto a los naufragios, las tormentas o a los piratas como a una enfermedad silenciosa que aniquiló tripulaciones enteras. Una deficiencia extrema de vitamina C (ácido ascórbico) que cobró más vidas en el mar que todas las batallas navales y tormentas juntas: el escorbuto.

Sin embargo, los balleneros vascos parecían inmunes a este mal. Para entender cómo lo lograron, debemos que retroceder unos seis siglos atrás. Cuando Vasco de Gama completó la primera ruta marítima a la India en 1498, reportó que una misteriosa enfermedad había acabado con la mitad de sus hombres. Se le conocía como "la peste del mar". 

En su momento, se creyó erróneamente que era contagiosa, que tomar café disminuía el impacto, que comer luciérnagas ayudaba a sanar o, en los casos más extremos, que se trataba de un castigo divino. Hacia 1740, el comodoro británico George Anson zarpó de Portsmouth al mando de ocho navíos de la Royal Navy con casi 2,000 hombres. 

Su misión era asaltar los bastiones españoles en el Pacífico. Cuatro años después, en 1744, regresó a Inglaterra con apenas 188 sobrevivientes, cerca del 10% de su tripulación original. Casi todos los demás murieron de escorbuto. Pese a la tragedia, la expedición se consideró un éxito financiero porque lograron capturar un galeón español repleto de plata.

Pero antes de que Anson zarpara, los vascos ya dominaban el Atlántico Norte. Desde el golfo de Vizcaya partían sus balleneros con técnicas cada vez más sofisticadas. Aunque hay indicios de su actividad desde los siglos VIII y IX, su época dorada comenzó en el XIII. Cuando las ballenas escasearon en el Cantábrico, los navegantes vascos las persiguieron hacia el norte: Islandia, Groenlandia y, eventualmente, Terranova.

Clay Banks Fxmer5jsj3e Unsplash

Historiadores como García Camino y Orella Unzué, el filólogo vasco A. Irigaray y el investigador Robert Loture, sugieren que los vascos llegaron al continente americano en 1375, más de un siglo antes que Cristóbal Colón. Aunque no hay evidencias arqueológicas definitivas de ese año en particular, sí está plenamente documentada su presencia constante en los siglos XV y XVI.

Por su parte, la investigadora canadiense Selma Barkham dedicó décadas a estudiar los archivos de Oñati y Tolosa para rescatar contratos, pólizas de seguro y bitácoras de viaje. La gran pregunta siempre fue: ¿por qué ellos no morían en alta mar? A mediados del siglo XVI, los vascos eran los reyes del mercado global de aceite de ballena, el combustible que alumbraba las principales ciudades de Europa.

Un centenar de barcos salían rumbo a Terranova cada año. Red Bay, en la provincia canadiense de Labrador —a la que llamaban Butus o Buytes—, era su centro de operaciones. Justo en esa bahía, en octubre de 1565, una tempestad hundió un legendario ballenero vasco. El barco transportaba mil barriles de aceite en sus bodegas. No hubo pérdidas humanas y los tripulantes lograron volver a casa, pero el navío quedó sepultado bajo el agua durante cuatro siglos.

En 1978, un equipo de arqueólogos de Parcs Canada localizó los restos de la nao San Juan. El hallazgo fue una auténtica cápsula del tiempo: maderas del casco, herramientas, pertenencias personales de los marineros y hasta una lancha ballenera intacta. Se trata del barco del siglo XVI mejor documentado por la arqueología subacuática. Entre los escombros se encontraron cientos de barricas; algunas contenían aceite de ballena, pero muchas otras llevaban sidra y txakolí.

Debido a los riesgos de la navegación, los vascos registraban minuciosamente cada contrato de provisiones. Gracias a esto sabemos que cada marinero tenía derecho a recibir entre dos y tres litros de sagardoa (sidra vasca) al día. Xabier Agote, director del museo Albaola, calcula que una sola expedición podía cargar hasta 50,000 litros de sidra. La razón: al ser más económica, era la bebida del diario para la tripulación.

Durante mucho tiempo se creyó que la sidra era el secreto de su inmunidad. Tiene lógica a simple vista: si los vascos bebían sidra y no tenían escorbuto, la sidra debía ser la cura. De hecho, en 1720, el médico vasco Vicente Lardizabal publicó Consideraciones político-médicas sobre la salud de los navegantes, donde sugirió dietas para prevenir la enfermedad, bajo la idea de que el problema era una carencia nutricional, aunque no lo vinculó directamente con la sidra.

Pexels Catchavibe 1400255

La prueba de fuego llegó el 20 de mayo de 1747. El médico escocés James Lind seleccionó a doce marineros enfermos de escorbuto y los dividió en seis parejas. A cada grupo le dio un tratamiento distinto: vinagre, agua de mar, elixir vitriólico, un laxante, naranjas con limones y, finalmente, sidra. Los únicos que se recuperaron notablemente fueron quienes consumieron cítricos. Los que bebieron sidra no mostraron mejoría. Lind registró este hito en 1753 en su obra A Treatise of the Scurvy

La sidra participó, pero falló la prueba. Porque aunque proviene de la manzana, la química explica que no funcionó ya que pasaba por un proceso de fermentación que elimina por completo la vitamina C. En 2020, el investigador Daniel Zulaika publicó el artículo La sidra no prevenía el escorbuto en las travesías oceánicas, donde demostró que el contenido de ácido ascórbico en la sidra fermentada es prácticamente nulo.

¿Cuál era entonces el verdadero secreto de los vascos? La respuesta es mucho más simple: el factor tiempo. El escorbuto tarda semanas en manifestarse; los primeros síntomas aparecen tras un mes sin consumir vitamina C, las complicaciones graves surgen a los dos meses y la muerte sobreviene después del cuarto mes. El viaje desde los puertos vascos hasta Terranova tomaba alrededor de un mes. 

Los balleneros llegaban a Labrador al iniciar la primavera, trabajaban en la zona durante cinco meses tocando tierra firme constantemente y regresaban en invierno. En resumen: en ningún momento de la travesía pasaban más de un mes seguido en mar abierto sin acceso a recursos frescos.

El mito de la sidra milagrosa resultó ser una correlación sin causalidad directa. Lo que sí es una realidad incuestionable es que sus embarcaciones llegaron a las costas americanas mucho antes que la expedición de Colón, que su aceite de ballena iluminó las capitales europeas por dos siglos y que la sidra se mantiene como una bebida excepcional para disfrutar en tierra firme.

En Xataka México | Huesos de animales revelan el secreto sobre el origen del maíz en México: así fue como el clima cambió nuestra dieta

En Xataka México | La ciencia logró reconstruir los rostros de dos mujeres enterradas en una mina hace 6,000 años. Lo que aún no sabe es cómo terminaron ahí

Inicio