Un millonario pasó 34 años excavando túneles secretos en Liverpool sin explicación. Dos siglos después, la respuesta lo volvió un genio

La arqueología moderna descubrió que su plan era no dejar a nadie sin trabajo

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Ismael Garcia Delgado

Editor Jr
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Ismael Garcia Delgado

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Comunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.

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Durante más de tres décadas, un acaudalado comerciante inglés invirtió buena parte de sus recursos en perforar el subsuelo de Liverpool para crear un gigantesco laberinto que desconcertó a muchos. Las galerías no conectaban puntos estratégicos, descendían a profundidades insólitas y jamás contaron con planos oficiales ni justificaciones públicas. 

Cuando su creador murió, aquel entramado subterráneo quedó sepultado bajo montañas de basura y escombros, alimentando leyendas durante casi dos siglos. Hoy, tras más de 30 años de rescate arqueológico, la razón detrás de semejante esfuerzo resulta ser mucho más noble e ingeniosa de lo que se creía.

El magnate que agujeró una ciudad. Nacido en Yorkshire en 1769, Joseph Williamson se mudó a Liverpool a los 11 años para emplearse en el negocio del tabaco con Richard Tate, con cuya hija, Elizabeth, contraería matrimonio más tarde. Hacia 1803 tomó las riendas de la compañía y consolidó una notable fortuna a través del comercio y diversas inversiones. Apenas tres años después adquirió terrenos en Edge Hill con la aparente meta de edificar casas.

Sin embargo, el rumbo del proyecto llegó después y cambió por completo: desde ese momento y hasta su muerte en 1840, Williamson mantuvo a cuadrillas enteras picando la roca arenisca para levantar bóvedas, cámaras y pasajes subterráneos. Fue una obra descomunal cuyo propósito fundamental su dueño nunca explicó a nadie.

Un laberinto monumental bajo la superficie. En las entrañas de Edge Hill se fue configurando un entramado de pasadizos intrincados, escalinatas, sótanos y salones distribuidos en múltiples niveles. Hay cálculos que sugieren que esta red subterránea pudo abarcar cerca de 2.6 kilómetros cuadrados, si bien sus límites definitivos todavía son un misterio. Una de las estancias más asombrosas es el llamado Banqueting Hall, una bóveda de unos 20 metros de largo por más de 8 metros de alto, cuyo piso actual reposa sobre una capa de sedimentos y cascajo que podría superar los 6 metros de profundidad.

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Las exploraciones han sacado a la luz sectores con dos y tres niveles superpuestos con tiros que bajan por lo menos 18 metros, e incluso hay miembros del equipo de rescate que calculan que ciertas cavidades podrían alcanzar los 27 metros de profundidad. La escala de semejante ingeniería resulta todavía más desconcertante si se considera que se ejecutó a mano limpia durante las primeras décadas del siglo XIX.

Mitos, excentricidades y silencio. La personalidad de Williamson dio pie a una sólida fama de excéntrico envuelta en anécdotas cuya veracidad resulta difícil de comprobar. Se contaba que llegó a presentarse ante el rey Jorge IV con botas de faena y ropa remendada, que organizaba banquetes extravagantes para poner a prueba a sus comensales y que solía gastar bromas pesadas a los ingenieros del ferrocarril entre Liverpool y Londres. De hecho, se decía que en una ocasión mandó a sus mineros a esconderse en un túnel para asustar a los operarios ferroviarios en cuanto perforaran su galería por accidente.

Esta reputación no hizo más que alimentar las conjeturas sobre sus excavaciones, carentes de registros o diagramas públicos. Tras el fallecimiento del comerciante en 1840, los sótanos y túneles se transformaron en basureros clandestinos que quedaron sellados bajo los desechos de fábricas, viviendas y comercios, borrando casi por completo la obra de la memoria colectiva local.

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De rutas de contrabando a búnker del apocalipsis. Ante el vacío de explicaciones surgieron teorías de todo tipo. Una corriente sospechaba que se trataba de conductos para el contrabando de mercancías; otra aseguraba que el magnate buscaba un refugio contra el fin del mundo, supuestamente convencido por su esposa Elizabeth tras escuchar los sermones de un predicador.

Por otro lado, existían lecturas vinculadas con la construcción de viviendas: las arcadas y los muros de ladrillo habrían servido para apuntalar viejas canteras de arenisca y permitir la edificación en la superficie. Aunque la arquitectura del lugar respalda en parte esta hipótesis constructiva, no alcanza a justificar por sí sola semejante profundidad ni los 34 años de trabajo continuo.

El rescate de una maravilla olvidada. El rescate de este patrimonio comenzó a gestarse gracias a los textos que el historiador Charles Hand difundió en la década de 1920, propiciando revisiones oficiales hacia 1926. Años más tarde, en 1989, nació la Joseph Williamson Society. En 1999, durante las obras de una residencia estudiantil, se redescubrió el acceso a un antiguo sistema de sótanos. A partir de entonces, decenas de voluntarios han invertido incontables jornadas en retirar los escombros acumulados a lo largo de generaciones.

Hasta la fecha se han desalojado más de 120 contenedores de residuos, rescatando una auténtica cápsula del tiempo: tinteros escolares, pipas de arcilla, botellas de cerveza y de veneno, vajillas de uso hospitalario, juguetes y restos óseos de animales. Hoy, entidades como Friends of Williamson Tunnels y el Williamson Tunnels Heritage Centre gestionan visitas guiadas e investigan el sitio mientras continúan desenterrando nuevos tramos.

La verdadera razón: un programa de empleo disfrazado. Tras más de tres décadas retirando tierra y estudiando los pasajes, los especialistas coinciden en que el móvil principal no fue la locura ni el lucro, sino la filantropía. A inicios del siglo XIX, Liverpool experimentaba un auge comercial que enriquecía a una élite, mientras una gran masa obrera vivía en condiciones precarias. La incipiente mecanización dejaba sin sustento a muchos artesanos y, tras el cierre de las guerras napoleónicas en 1815, miles de soldados desmovilizados deambulaban buscando empleo.

En ese contexto, Williamson usó su capital para contratar a hombres desocupados, asegurarles un salario digno y capacitarlos en oficios de albañilería y minería. La profundidad alcanzada en muchos tramos refuerza esta tesis: se han localizado pozos y excavaciones cuya función práctica era nula, e incluso fosas que se abrían solo para volver a taparse con la misma tierra. Para los investigadores, el objetivo real era simple y brillante: mantener a cientos de hombres empleados y con ingresos durante el mayor tiempo posible.

Un plan social que trascendió a su creador. Las pistas documentales de la época también apuntan en esa dirección: se han encontrado indicios sociales en los libros de bautismo de las parroquias vecinas, donde varias familias humildes bautizaron a sus recién nacidos con el nombre de Joseph Williamson, en claro agradecimiento por haberles dado trabajo.

Aunque parte de la infraestructura pudo tener fines urbanísticos en Edge Hill, la monumental escala de las excavaciones y lo absurdo de muchas de sus galerías sugieren que Williamson concibió una de las redes de asistencia social basada en el empleo más singulares de la Revolución Industrial.

Hoy, a casi doscientos años de su muerte, brigadas de voluntarios siguen excavando sus túneles y descifrando los enigmas que todavía guardan. Si la hipótesis solidaria es acertada, el plan de Williamson fue tan efectivo que sus obras continuaron dando ocupación y propósito a las personas mucho tiempo después de que él dejara este mundo.

Imagen | Wikimedia

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