El plan de la Unión Europea para imponer la transición total hacia el auto eléctrico acaba de toparse con problema puesto por sus miembros más influyentes. Aunque Bruselas había trazado una estricta hoja de ruta de descarbonización, la realidad económica del sector obligó a las tres mayores potencias industriales de Europa (Alemania, Francia e Italia) a pactar un viraje estratégico.
El acuerdo, reportado por Motorpasión, busca dar un respiro a los fabricantes relajando las exigencias comunitarias de emisiones a cambio de blindar la manufactura local. La postura cobró fuerza pública luego de que el canciller alemán Friedrich Merz calificara la decisión de "histórica" tras concluir el Consejo Europeo, si bien el trámite legislativo definitivo todavía debe sortear debates en la Eurocámara y en el Consejo de la Unión Europea.
El origen de una meta cada vez más lejana
El origen del conflicto se remonta a los compromisos climáticos fijados tras el escándalo del Dieselgate, cuando la Unión Europea aceleró su agenda verde con la meta final de prohibir la venta de autos con motor de combustión en 2035. La presión creció aún más tras descubrirse que fabricantes alemanes mantuvieron reuniones secretas para frenar el avance de las normas anticontaminación.
Aunque inicialmente la postura medioambiental se mantuvo inalterable, las metas comenzaron a desalinearse de las ventas reales. Para 2025, las armadoras debían cumplir con un promedio de 93.6 g/km de CO2 por cada vehículo vendido, bajo amenaza de multas de 95 euros por cada gramo excedente por unidad. En la práctica, si un fabricante con ventas anuales de 1,000,000 de autos superaba el tope por 10 gramos, la sanción ascendía a 950 millones de euros.
Para evitar que compañías como el Grupo Volkswagen enfrentaran multas cercanas a 1,500 millones, los países miembros alcanzaron un acuerdo de último momento: el tope se mantuvo, pero el cálculo se promediará sobre la flota comercializada entre 2025 y 2027, con la esperanza de que la llegada de eléctricos más asequibles compense los números.
Posteriormente, en diciembre de 2025, se perfiló otro ajuste pendiente de formalización: para 2035 la reducción de emisiones requerida sería del 90%, lo que dejaba una ventana abierta a híbridos enchufables, hidrógeno o combustibles sintéticos. No obstante, el 10% restante debía compensarse mediante combustibles neutros en carbono. El inconveniente es que, a pesar de capturar tanto CO2 como el generado en su ciclo, estos carburantes continúan arrojando a la atmósfera óxidos de nitrógeno (NOx) y partículas finas perjudiciales para la salud.
El nuevo pacto: salvavidas a la combustión y sello europeo
La propuesta actual impulsada por Alemania y Francia (respaldada también por Italia) da un paso más drástico: eliminar por completo la obligación de compensar ese 10% de emisiones, lo que permitiría comercializar vehículos con motores tradicionales impulsados por cualquier tipo de combustible.
Como contrapartida, exigen priorizar los vehículos con sello made in Europe. Bajo este esquema, un auto solo obtendría la etiqueta continental si al menos el 70% de sus componentes (excluyendo la batería) y el 10% de su celda de energía provienen de la Unión Europea. La medida excluye a naciones con convenios comerciales asimétricos, como Marruecos.
Este sello determinaría el acceso a subsidios estatales y facilitaría la creación de la categoría eCar (concebida como una variante europea de los kei cars japoneses para el entorno urbano), la cual incluso permitiría comercializar modelos eléctricos con regulaciones de seguridad menos estrictas para abaratar costos.
La crisis que acorrala a Alemania y las prioridades de Francia
El cambio de postura de Berlín responde a un momento crítico: su sector automotor atraviesa graves dificultades. Tan solo el Grupo Volkswagen contempla 100,000 despidos y analiza clausurar hasta cuatro plantas en territorio alemán, algo inédito en su historia.
Los tres gigantes germanos (Volkswagen, BMW y Mercedes) dependían ampliamente del mercado chino, cuyas ventas se han desplomado al mismo tiempo que las millonarias inversiones en autos eléctricos no logran la adopción esperada. Empresas como Mercedes, que planeaban abandonar los motores de combustión, han tenido que replantear por completo su estrategia. A este panorama se suman los aranceles en Estados Unidos y la expectativa de que, bajo la administración de Donald Trump, ese país desmonte sus normativas de emisiones, incentivando la continuidad del motor térmico.
Francia, por su parte, insiste en un proteccionismo más severo contra los autos chinos y las importaciones desde plazas con ventajas comerciales como Marruecos. Aunque para concebir sus eléctricos accesibles deba apoyarse en desarrollo chino (como ocurrió en el caso del Renault Twingo), París empuja el formato eCar para dar cabida a vehículos como el pequeño de Renault, un futuro Dacia o el nuevo Citroën 2 CV.
Un desenlace todavía incierto
A pesar de la alianza entre las tres mayores economías del bloque, la medida todavía no está aprobada. Cualquier reforma en materia de emisiones e industrialización requiere el voto a favor de al menos 15 de los 27 Estados miembros que representen al 65% de la población europea.
El consenso no será sencillo, pero todavía tiene mucho camino por recorrer.
Foto | Mercedes
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