Estados Unidos tiró 96 millones de bolas de plástico negras en una presa para salvar su agua. 11 años después, el invento tuvo un costo que nadie vio

Parecía una jugada maestra contra la sequía, hasta que la ciencia calculó cuánta agua costó fabricarlas

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Ismael Garcia Delgado

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Ismael Garcia Delgado

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Comunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.

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Hacia el verano de 2015, una imagen insólita dio la vuelta al planeta: una marea interminable de esferas negras rodando por el vertedero de la presa de Los Ángeles, en Sylmar. Frente a una sequía feroz que golpeó a California entre 2011 y 2017, la ciudad decidió arrojar 96 millones de bolas de plástico sobre el agua. A primera vista, la maniobra parecía una genialidad de la ingeniería urbana para evitar la evaporación, pero el tiempo reveló una paradoja ambiental que pocos anticiparon: producir esas mismas esferas demandó una cantidad gigantesca de agua.

El plan consistió en blindar las cerca de 70 hectáreas del embalse bajo un manto de polietileno. El proyecto requirió una inversión de 34.5 millones de dólares y aspiraba a proteger más de 1,100 millones de litros anuales. No obstante, el motivo de fondo no era únicamente retener el líquido, sino librar una batalla química invisible.

Un escudo contra un enemigo invisible. Aunque la prensa bautizó el proyecto como el gran remedio contra la sequía, la meta prioritaria era sanitaria. El agua de la presa contenía bromuros de forma natural; al recibir radiación solar en presencia del cloro empleado para el saneamiento, se transformaban en bromato, una sustancia potencialmente cancerígena regulada con rigor en el suministro público.

Al interponerse entre el sol y el agua, las esferas bloqueaban cerca del 95% de la radiación ultravioleta, lo que frenaba esa reacción química indeseada, inhibía la proliferación de algas y reducía el gasto en químicos desinfectantes. No era una ocurrencia improvisada: el Departamento de Agua y Energía de Los Ángeles (LADWP) ya las había puesto a prueba en 2008 en el embalse de Ivanhoe y después en otras instalaciones menores.

Ahorrar 250 millones con plástico. Desde el punto de vista presupuestario, el despliegue era imbatible. Cada pelota medía unos diez centímetros de diámetro, estaba fabricada con polietileno de alta densidad certificado para agua potable y contenía un porcentaje de agua en su interior para que las ráfagas de viento no la levantaran. Su color negro provenía del negro de carbón, un aditivo que las blindaba contra el desgaste solar.

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La alternativa que barajaba la administración era partir el embalse y construir monumentales cubiertas flotantes, una obra tasada en al menos 300 millones. Al optar por las bolas flotantes, la ciudad se anotó de golpe un ahorro presupuestal superior a 250 millones.

La huella hídrica que nadie vio venir. El entusiasmo duró hasta julio de 2018, fecha en que la revista Nature publicó un estudio que cambió la perspectiva del proyecto. Un equipo de investigadores del MIT, el Imperial College de Londres y la Universidad de Twente decidió calcular la huella hídrica integral del plástico, considerando la extracción de petróleo, el gas natural y la electricidad necesarios para elaborarlo.

El resultado fue desconcertante: la fabricación de las esferas consumió entre 250 y 2,900 millones de litros de agua, dependiendo del método de manufactura. En términos sencillos: mientras Los Ángeles preservaba agua en su presa, la cadena industrial estaba evaporando o consumiendo cantidades comparables en otras regiones del mundo.

Bajo las estimaciones base del estudio, producir los 96 millones de piezas demandó unos 2.9 millones de metros cúbicos de agua, mientras que el volumen real ahorrado en el embalse durante la sequía analizada rondó los 1.7 millones de metros cúbicos. Los científicos estimaron que la presa necesitaba funcionar durante al menos dos años y medio en condiciones de sequía crítica únicamente para compensar el agua consumida en las fábricas.

Ese balance empeoraba en épocas de lluvia moderada, cuando la tasa de evaporación cae de forma natural y el plazo para recuperar la inversión hídrica se alarga considerablemente. El hallazgo no tachaba la idea de inservible, pero demostró que cualquier solución ambiental exige balances ecológicos globales y no solo locales.

El dilema del plástico envejecido. Las esferas tenían una vida operativa estimada en al menos diez años. El propio LADWP reconoció en su momento que, con el paso de las temporadas, el material terminaría sufriendo desgaste, agrietándose o fracturándose en las uniones, obligando a retirarlas, reciclarlas y colocar nuevas unidades.

En 2026, al cumplirse once años del despliegue masivo, el proyecto enfrenta un punto de inflexión: qué hacer con millones de piezas plásticas que alcanzaron el término de su diseño original. A la fecha no existen cifras oficiales actualizadas sobre cuántas bolas se han degradado, cuántas han sido reemplazadas o si existe un plan en marcha para sustituirlas por completo.

En depósitos como Ivanhoe, Elysian o Upper Stone Canyon, el sistema se planteó como un parche temporal mientras se construían techumbres definitivas. Sin embargo, en Sylmar la escala volvía inviable esa sustitución tradicional. Aunque hoy se barajan opciones como islas de paneles solares flotantes, los informes del LADWP continúan catalogando las esferas como parte de su esquema de calidad junto con desinfección ultravioleta.

El experimento de Sylmar no fue un error técnico; resolvió una urgencia sanitaria real y contuvo un gasto descomunal de dinero público. No obstante, la investigación científica dejó una advertencia que sigue vigente: muchas tecnologías verdes que solucionan una crisis a nivel local simplemente están trasladando el impacto ecológico a otra parte del mapa.

Imagen | Junkyardsparkle

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