Julia Henning, especialista felina: "No les des leche a los gatos. No la necesitan, les puede causar más daño que placer"

Nos enseñaron que los gatos aman la leche, pero eso no significa que deban tomarla.

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Samantha Guerrero

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Por décadas, las películas, caricaturas y hasta los cuentos infantiles nos enseñaron la misma escena: un gato encuentra un plato de leche y comienza a beberlo como si fuera uno de sus alimentos favoritos. El problema es que esa imagen tiene mucho más de tradición que de realidad.

Julia Henning, especialista en comportamiento felino de la Universidad de Adelaide, lo resumió de forma muy directa en el podcast Joy Media: “No les des leche a los gatos. No la necesitan, les puede causar más daño que placer”. Y aquí está el detalle: cuando un gato deja de ser cachorro, su capacidad para digerir la lactosa cambia considerablemente.

La leche que necesita un gatito no es la misma que le damos a un gato adulto

La leche contiene lactosa, un azúcar que necesita de una enzima llamada lactasa para poder ser digerido. Los gatos, como otros mamíferos, producen lactasa durante las primeras etapas de su vida porque la necesitan para aprovechar la leche de su madre. Pero esa capacidad disminuye conforme crecen.

Un estudio sobre las enzimas digestivas del gato doméstico encontró precisamente este patrón: la actividad de la lactasa era elevada al nacimiento y descendía durante las primeras semanas de vida, hasta alcanzar niveles mucho menores en los animales adultos. La caída más rápida ocurrió durante el periodo de destete.

Eso explica por qué la leche que necesita un gatito no es lo mismo que la leche de vaca que un humano puede servirle a un gato adulto. Henning señala que muchos gatos adultos tienen dificultades para digerir la lactosa porque ya no necesitan este azúcar como parte de su alimentación y, cuando un animal no produce suficiente lactasa, la lactosa no se digiere correctamente y continúa su recorrido por el intestino.

El problema puede terminar en el arenero

Cuando la lactosa no se absorbe correctamente, llega al colon, donde las bacterias intestinales pueden fermentarla. El resultado puede ser bastante menos agradable que la imagen del gato feliz frente a su plato.

Henning menciona algunos de los efectos que pueden aparecer: hinchazón, gases, cólicos y, especialmente, diarrea. Pero eso no significa que todos los gatos vayan a enfermar después de beber un poco de leche. La tolerancia puede variar entre individuos y también depende de la cantidad consumida.

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Hay una diferencia importante entre que un gato pueda tolerar ocasionalmente una pequeña cantidad de leche y que la necesite como parte de su alimentación. Por eso, incluso cuando se trata de leche sin lactosa, Henning recomienda no convertirla en un premio habitual. Eliminar la lactosa puede evitar los problemas relacionados específicamente con ese azúcar, pero no convierte a la leche en un alimento necesario para el gato.

Entonces, ¿por qué seguimos relacionando a los gatos con la leche?

Esa es la parte más curiosa de este caso. Según Henning, los gatos comenzaron a acercarse a los asentamientos humanos por una razón bastante práctica: allí encontraban comida. Los roedores de las granjas eran una fuente fácil de alimento y, cuando los humanos comenzaron a criar ganado y ordeñar vacas, apareció otra oportunidad.

La leche estaba ahí, era abundante y algunos gatos la bebían. Con el tiempo, esa asociación terminó convertida en una imagen mucho más poderosa que la realidad nutricional: el gato que encuentra un plato de leche se volvió un personaje habitual de caricaturas, películas y cuentos.

Y hubo otro factor. Durante buena parte de la historia, los animales domésticos simplemente comían lo que había disponible. Henning señala que no fue hasta los últimos 100 o 150 años cuando comenzamos a desarrollar alimentos específicamente formulados para mascotas.

La leche podía formar parte de las sobras de una casa y, si un gato la aceptaba, parecía lógico seguir ofreciéndosela. Pero que un animal quiera comer algo no significa necesariamente que ese alimento sea adecuado para él.

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La leche ya no es el premio que imaginamos

La recomendación de Henning apunta a algo bastante sencillo: cuando se introduce un alimento nuevo, conviene observar cómo responde el gato. Si después de consumirlo aparecen cambios en las heces, diarrea u otras alteraciones digestivas, es una señal de que quizá ese alimento no le está sentando bien.

Al final, el problema con la leche no es que una sola lamida vaya a enfermar a cualquier gato. Es que la imagen que heredamos de las caricaturas hizo que pareciera un alimento natural para ellos, cuando un gato adulto puede vivir perfectamente sin ella y, para un gato adulto, el agua y una alimentación adecuada tienen mucho más sentido que un plato de leche.

Imágenes | Pexels, Adelaide University

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