En México, las becas educativas nacieron con la promesa de evitar que millones de estudiantes abandonen la escuela por falta de dinero. Sin embargo, en la práctica cumplen otra función que es más amplia (y más urgente), sostener la economía de los hogares.
De acuerdo con un reporte de El Universal, apenas 35.3% del dinero de las becas se destina directamente a educación, mientras que una gran parte se va a necesidades básicas como alimentos (15.8%), vestido (10.5%) o incluso ahorro (10.3%). Es decir, el apoyo no solo financia útiles o inscripciones, sino que se integra al gasto cotidiano de las familias.
Becas sin seguimiento: el dinero se usa, pero no se mide
El mismo reporte revela que el gobierno no sabe exactamente en qué se gasta el dinero. La Coordinación Nacional de Becas para el Bienestar Benito Juárez reconoció, vía transparencia con el medio, que no cuenta con mecanismos para rastrear el destino de los recursos.
“Esta coordinación nacional no realiza ni cuenta con mecanismos de seguimiento, registro o verificación del destino específico…”
Esto implica que, aunque existen datos agregados, no hay forma de evaluar con precisión si las becas están cumpliendo su objetivo educativo en cada caso individual.
Más que becas: transferencias para sobrevivir
Un estudio sobre el uso de las Becas para el Bienestar Benito Juárez confirma que el dinero no se usa de forma aislada, sino que se integra al gasto familiar. En otras palabras, la beca deja de ser estrictamente educativa y se convierte en un ingreso más del hogar.
Esto coincide con una realidad documentada desde hace años, que incluso en educación pública “gratuita”, las familias enfrentan costos constantes en transporte, útiles, uniformes y alimentación. En contextos de pobreza, estos gastos pueden ser determinantes para continuar estudiando. Así, el dilema es que antes que libros o colegiaturas, muchas familias priorizan comer.
No es mal uso, es contexto
Para especialistas, hablar de “mal uso” es simplificar el problema. Según el análisis citado por El Universal, los datos reflejan que se trata de presiones económicas estructurales, no decisiones individuales equivocadas.
En hogares más vulnerables, el gasto en alimentos absorbe buena parte del ingreso, mientras que en niveles educativos más altos crece el gasto en transporte. Esta diferencia evidencia barreras reales para la permanencia escolar, como la distancia o el costo de traslado.
Además, conforme avanza el nivel educativo, el transporte puede superar el 21% del gasto, lo que confirma que estudiar también implica moverse y pagar por ello.
El problema de fondo no es solo el destino del dinero, sino el diseño del programa. Los expertos advierten que las becas han dejado de operar como una política estrictamente educativa para convertirse en una política social de transferencias directas. Eso no es necesariamente negativo, pero sí genera ambigüedad, ya que no se sabe si es para que los estudiantes sigan en la escuela o para tener ingresos para subsistir. Sin mecanismos de evaluación claros, responder a estas preguntas es difícil.
El nuevo esquema: más cobertura, mismo reto
En paralelo, el gobierno ha ampliado el alcance de estos apoyos. La Beca Rita Cetina, que sustituye gradualmente a las Benito Juárez en educación básica, otorga hasta 1,900 pesos bimestrales por familia, con apoyos adicionales por hijo. El programa busca garantizar la permanencia escolar, pero enfrenta el mismo desafío, en contextos de pobreza, el dinero seguirá cubriendo primero lo urgente.
El diagnóstico coincide en un punto, las becas sí ayudan a que los estudiantes permanezcan en la escuela, pero no porque se gasten exclusivamente en educación, sino porque alivian la presión económica del hogar. Cuando una familia puede pagar comida, transporte o ropa, el estudiante tiene más probabilidades de seguir estudiando.
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