La etapa superior de un cohete Falcon 9 terminó impactando contra la superficie de la Luna de forma no prevista. Aunque el incidente no provocó daños a infraestructura ni representó un riesgo inmediato, sí volvió a poner sobre la mesa un problema que cobrará cada vez más importancia conforme aumenten las misiones hacia el satélite: qué hacer con los restos de los cohetes una vez que cumplen su misión.
Hoy, cuando la Luna permanece deshabitada, este tipo de eventos incluso ofrecen una oportunidad para la investigación científica. Los especialistas pueden estudiar cómo se dispersa el material tras el impacto y aprovechar las señales generadas para comprender mejor la estructura interna del satélite mediante instrumentos sísmicos. Sin embargo, ese mismo escenario cambiará por completo cuando existan bases permanentes en la superficie lunar.
Por ello, SpaceX y la NASA trabajan en estrategias que reduzcan el riesgo de que futuras etapas superiores terminen colisionando de forma accidental con la Luna.
El problema aparece cuando las misiones abandonan la órbita terrestre
SpaceX tiene amplia experiencia recuperando parte de sus cohetes. Los propulsores de la primera etapa regresan a la Tierra para reutilizarse, mientras que las etapas superiores suelen completar su misión después de colocar la carga útil en el espacio.
Cuando un lanzamiento permanece en la órbita baja terrestre, el procedimiento habitual consiste en ejecutar una desorbitación controlada para que la etapa vuelva a entrar en la atmósfera y se destruya durante el reingreso. Es un proceso ampliamente utilizado para evitar la acumulación de basura espacial alrededor del planeta.
La situación cambia cuando el destino es la Luna o el espacio profundo. En esas trayectorias, conocidas como órbitas de transferencia de alta energía, ya no siempre es posible dirigir el vehículo nuevamente hacia la atmósfera terrestre, por lo que la etapa puede quedar siguiendo trayectorias influenciadas por la gravedad de la Tierra, la Luna e incluso del Sol.
Una trayectoria que terminó donde no debía
De acuerdo con la explicación del incidente, las maniobras realizadas para evitar que la etapa permaneciera vagando por el sistema Tierra-Luna, combinadas con la influencia gravitacional y otros factores como la actividad solar, terminaron alterando su trayectoria hasta provocar el impacto contra la superficie lunar.
El caso ha servido para recordar que, conforme aumente el número de lanzamientos hacia la Luna, también crecerá la cantidad de etapas superiores que permanecerán en este tipo de órbitas. Por ello, SpaceX y la NASA buscan nuevas estrategias que permitan minimizar el riesgo de futuras colisiones.
Una de las referencias es la misión del Telescopio Espacial James Webb. Durante su lanzamiento, la trayectoria del cohete fue calculada para que la etapa impulsora terminara en una órbita alrededor del Sol, suficientemente estable como para evitar un posible impacto con la Tierra o la Luna durante al menos un siglo, e incluso por mucho más tiempo.
La necesidad de encontrar soluciones será cada vez mayor. SpaceX se ha convertido en uno de los principales operadores de lanzamientos espaciales y el número de misiones hacia el entorno lunar seguirá aumentando durante los próximos años. Si el objetivo es establecer una presencia humana permanente en la Luna, controlar el destino de los componentes desechados dejará de ser únicamente una cuestión científica para convertirse también en un requisito de seguridad.
Imagen | Wikimedia
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