A la isla de São Miguel, la mayor y más poblada de las Azores, se la conoce como "Ilha Verde" por sus frondosas praderas. Sin embargo, en 2001 lo más apropiado habría sido llamarla la "isla blanca". Sus costas, concretamente las de la localidad de Rabo de Peixe, comenzaron a llenarse de decenas y decenas de paquetes de cocaína pura.
La droga llegó flotando desde el Atlántico, de sorpresa y sin que nadie en Rabo de Peixe pudiera entender muy bien cómo o de dónde venía. Lo que sí es un hecho, a más de dos décadas de distancia, es que ese suceso cambió para siempre la historia del lugar: familias enteras empanizaban pescados con cocaína en lugar de harina.
Para empezar, la zona de las Azores son un verdadero paraíso, pero hasta el rincón más hermoso del planeta puede convertirse en una pesadilla. Así lo vivió Antonino Quinzi a principios de junio de 2001, mientras navegaba en un yate de 12 metros de eslora por el Atlántico rumbo a España.
Aunque era un marino experimentado que poco antes había completado la ruta entre las Islas Canarias y Venezuela, cerca de las Azores se topó con una fuerte tormenta que dañó el timón de su embarcación. Ante el riesgo de quedar a la deriva, Quinzi decidió y buscar refugio en alguna caleta apartada de São Miguel.
Para los habitantes de la parroquia de Pilar da Bretanha que vieron aparecer el yate entre los acantilados, Quinzi parecía simplemente un velerista aficionado en apuros. Pero estaban muy equivocados. Buscaba con urgencia un sitio discreto para esconder la valiosa carga que llevaba a bordo.
Además de provisiones para su larga travesía, en el yate ocultaba cientos de kilogramos de cocaína pura procedente de Venezuela. La cifra oficial habla de media tonelada, aunque hay quienes señalan que la embarcación tenía capacidad para transportar hasta 3,000 kilos.
El problema inmediato para Quinzi era que necesitaba atracar en un puerto para reparar el timón y, lógicamente, no podía hacerlo con el barco repleto de droga. Para resolver el problema, decidió deshacerse del cargamento temporalmente.
Algunos testimonios dicen que usó una lancha pequeña para guardar parte de los paquetes en una cueva, pero tuvo que cancelar la operación al ser visto por unos pescadores. Para deshacerse rápidamente de la mercancía, Quinzi optó por un método mucho más arriesgado.
Una marea de paquetes
Tras empaquetar todo cuidadosamente para que el agua de mar no dañara el contenido, metió los fardos en redes de pesca y los hundió cerca de la costa por medio de cadenas pesadas y un ancla como lastre. De ahí, navegó hacia el puerto de Rabo de Peixe, un humilde pueblo pesquero ubicado a unos 20 kilómetros de donde había sumergido el cargamento.
En el papel, el plan era perfecto. Lo que Quinzi no previo fue que el fuerte oleaje de la tormenta rompiera las redes que sujetaban los paquetes. El resultado fue inevitable: decenas de fardos de cocaína salieron a la superficie y las olas los arrastraron directo hacia la playa.
De acuerdo con The Guardian, el primer reporte oficial ocurrió el 7 de junio de 2001, apenas un día después de que se viera al yate cerca de los acantilados. Un habitante que caminaba por la playa se topó con un enorme plástico negro que envolvía lo que parecían bloques empaquetados. Dio aviso a las autoridades, quienes confirmaron que se trataba de 270 paquetes con un peso aproximado de 300 kilos.
Durante los días siguientes, la policía no dejó de recibir reportes similares de personas que encontraron paquetes que flotaban o encallados en la arena. Se calcula que en dos semanas los agentes lograron asegurar unos 400 kilos, una cifra bastante alta considerando que la estimación oficial del cargamento total era de unos 500 kilos.
Más allá de la cifra exacta, lo cierto es que una enorme cantidad de cocaína terminó en manos de los habitantes de São Miguel, una isla de apenas 140,000 habitantes. El epicentro de esta situación fue Rabo de Peixe. Y en ese momento, los relatos sobre cómo llegó esta inusual herencia a las calles del pueblo rozaron lo suerrealista.
Se cuenta, por ejemplo, que los pescadores endulzaban su café con cucharadas de cocaína al creer que era azúcar, que en muchas cocinas se utilizaba el polvo blanco para empanizar el pescado, e incluso que unos niños usaron el polvo por creer que era gis para pintar las líneas de una cancha de fútbol.
Por supuesto, no todos en la isla eran tan ingenuos. Muchos vieron en el cargamento perdido de Quinzi la oportunidad perfecta para ganar dinero de forma rápida y fácil. Las historias sobre el repentino mercado ilegal que surgió son impactantes: jóvenes en las calles con bolsas de supermercado llenas de droga, o vendedores locales que surtían mercancía desde sus vehículos.
Había tal abundancia que algunos vendían vasos de cerveza llenos de cocaína pura por 20 euros, unos 400 pesos mexicanos. Otros aseguran que se podía conseguir la misma cantidad por solo cinco euros. A finales de junio de 2001, las autoridades admitieron el riesgo de un "consumo masivo" sin precedentes.
El verdadero peligro no fue solo la cantidad, sino la completa falta de conocimiento. Aunque los problemas de adicción ya existían en la isla la crisis sanitaria colapsó los servicios médicos de la región al punto de que se registraron 20 muertes e incontables casos de sobredosis solo tres semanas después del suceso.
Dos décadas después, periodistas de diversos medios que regresaron a São Miguel y Rabo de Peixe confirmaron que el impacto social aún es devastador. En 2022, el diario Ara señaló que un porcentaje muy alto de la población de Rabo de Peixe cargó con secuelas severas de adicción.
La gravedad del asunto radicaba también en la pureza de la sustancia. Los análisis químicos revelaron que la cocaína del cargamento superaba el 80% de pureza. Al ser tan fuerte, el síndrome de abstinencia era tan violento que muchos consumidores recurrieron a la heroína para intentar mitigar los efectos físicos del bajón.
"Fue una verdadera pesadilla. Jóvenes que nunca en su vida habían probado un cigarrillo terminaron consumiendo cocaína de la noche a la mañana", comentó un inspector de la policía local a The Telegraph.
¿Y qué pasó con Quinzi? El cerebro detrás de este cargamento fue finalmente localizado por las autoridades. La policía logró arrestarlo y lo trasladó a la prisión de Ponta Delgada para esperar su juicio. Sin embargo, apenas una semana y media después de su ingreso, logró escapar de la cárcel. Las autoridades lo encontraron pocos días después, escondido en la humilde casa de un pescador local.
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