Existen edificios que se reconocen al instante. Basta ver su enorme cúpula de mosaicos, las esculturas de mármol blanco o su fachada monumental para saber que se trata del Palacio de Bellas Artes, uno de los recintos culturales más importantes de México.
Lo curioso es que, a primera vista, no parece un edificio mexicano. Su arquitectura recuerda mucho más a los grandes teatros europeos de finales del siglo XIX que a cualquier construcción levantada en la Ciudad de México. Y eso tiene una explicación: cuando comenzó a construirse, nunca fue pensado para representar al México que hoy conocemos.
Un sueño del Porfiriato
La historia comenzó en 1904. Porfirio Díaz quería que la capital tuviera un teatro monumental capaz de mostrar al mundo la modernidad del país y que estuviera listo para las celebraciones del Centenario de la Independencia en 1910.
Para hacerlo realidad, encargó el proyecto al arquitecto italiano Adamo Boari, quien diseñó un edificio inspirado en la arquitectura europea de la época, especialmente en el Art Nouveau, uno de los estilos más populares en Francia, Bélgica e Italia.
Por eso el exterior está recubierto con mármol blanco de Carrara, extraído de las canteras de la región italiana de Toscana. No fue un capricho.
Utilizarlo también era una declaración de intenciones: mostrar un México moderno capaz de competir con las grandes capitales del mundo. Lo curioso es que, en ese momento, el edificio ni siquiera iba a llamarse Palacio de Bellas Artes. Su nombre original era Teatro Nacional.
Un proyecto monumental y uno de los más caros de su época
La construcción comenzó oficialmente el 2 de agosto de 1904 y el plan era terminarla antes del Centenario. Pero conforme avanzaban las obras, también crecían los costos.
El uso de mármol importado desde Italia, una compleja estructura metálica y el alto nivel de detalle arquitectónico hicieron que la obra se encareciera conforme avanzaba la construcción.
A ello se sumaron los retrasos provocados por problemas técnicos, el hundimiento del terreno y, más tarde, la Revolución Mexicana, factores que terminaron convirtiendo al proyecto en una de las obras públicas más ambiciosas y costosas del Porfiriato.
La Revolución cambió todos los planes
Todo parecía indicar que el edificio estaría listo para 1910, pero la historia tomó otro rumbo. La Revolución Mexicana, los problemas económicos y el constante hundimiento del suelo de la Ciudad de México obligaron a detener la construcción.
Adamo Boari abandonó el país y la obra quedó inconclusa durante años; lo que debía terminarse en unos cuantos años tardó casi tres décadas. Finalmente, el edificio fue inaugurado el 29 de septiembre de 1934, en un México completamente distinto al que había imaginado Porfirio Díaz.
De un palacio europeo a un símbolo profundamente mexicano
Cuando el arquitecto mexicano Federico Mariscal retomó el proyecto, decidió conservar buena parte del diseño exterior, pero transformó completamente el interior.
El resultado fue un edificio que mezcla dos épocas. Mientras la fachada mantiene la elegancia del Art Nouveau, el interior adopta elementos del Art Déco, el estilo que dominó buena parte de la arquitectura durante las décadas de 1920 y 1930.
Pero el cambio más profundo ocurrió puertas adentro. Con el paso de los años, Bellas Artes comenzó a llenarse de obras que representaban una nueva identidad nacional.
Hoy alberga algunos de los murales más importantes del país, realizados por Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Jorge González Camarena y Roberto Montenegro. Así, un edificio concebido con inspiración europea terminó convirtiéndose en el mayor escaparate del arte mexicano del siglo XX.
El tesoro que casi nadie ve
Aunque la fachada suele robarse todas las miradas, uno de los elementos más sorprendentes del Palacio permanece oculto la mayor parte del tiempo. Se trata de su famoso telón de cristal, fabricado por Tiffany Studios, en Nueva York.
A diferencia de los teatros tradicionales, donde el telón está hecho de tela, Bellas Artes utiliza una estructura de aproximadamente 22 toneladas, integrada por cerca de un millón de piezas de vidrio opalescente.
La imagen representa a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl y, hasta hoy, sigue siendo uno de los pocos telones monumentales de cristal que continúan funcionando en un teatro.
Un edificio que sigue cambiando con la ciudad
Hay otro detalle que muchos visitantes pasan por alto. El Palacio de Bellas Artes fue construido sobre el antiguo suelo lacustre de la Ciudad de México y, con el paso del tiempo, el terreno ha seguido hundiéndose.
Hoy el edificio se encuentra varios metros por debajo del nivel que tenía cuando fue inaugurado. Por eso constantemente recibe trabajos de conservación para proteger tanto la estructura como las obras que resguarda.
Es una prueba de que Bellas Artes no solo sobrevivió a una revolución. También ha tenido que adaptarse a una ciudad que nunca deja de moverse.
El edificio terminó contando una historia distinta
Ahí está una de las grandes paradojas de Bellas Artes. Nació como un proyecto profundamente europeo, impulsado por el Porfiriato para mostrar un México moderno ante el mundo.
Pero cuando abrió sus puertas, el país ya era otro. La Revolución había transformado la manera en que México entendía su identidad y el arte comenzó a mirar hacia sus propias raíces.
Por eso Bellas Artes terminó reuniendo dos historias en un mismo lugar: una arquitectura inspirada en Europa y un contenido profundamente mexicano. Esa mezcla explica por qué hoy resulta imposible entender el edificio únicamente como un palacio de estilo europeo.
Mucho más que un teatro
Con el paso de las décadas, Bellas Artes dejó de ser únicamente un recinto para ópera o teatro. También se convirtió en el lugar donde México ha despedido a algunas de sus figuras culturales más importantes.
Por sus salones han pasado homenajes dedicados a Diego Rivera, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Juan Gabriel y Francisco Toledo, entre muchos otros. Además, sigue siendo la casa de la Orquesta Sinfónica Nacional, la Compañía Nacional de Danza, la Ópera de Bellas Artes y algunas de las exposiciones más importantes organizadas por el INBAL.
Un edificio que terminó representando a todo un país
Cuando comenzó a construirse, Bellas Artes quería parecerse a Europa. Más de un siglo después ocurre exactamente lo contrario y hoy millones de personas lo reconocen como uno de los edificios que mejor representan la cultura mexicana.
Esa es, quizá, la mayor ironía de su historia. Un palacio diseñado por un arquitecto italiano, construido con mármol de Carrara y pensado para mostrar el México del Porfiriato, terminó convirtiéndose en el hogar del muralismo, la ópera, la danza, la literatura y algunas de las expresiones artísticas más importantes del país.
Lo que alguna vez quiso parecer europeo acabó transformándose en uno de los mayores símbolos culturales de México.
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