Si una remodelación ya es un dolor de cabeza, piensa en la casa que costó 120 veces más que su precio original: una obra maestra

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Ismael Garcia Delgado

Editor Jr
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Ismael Garcia Delgado

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Comunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.

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El simple concepto de remodelar una casa de por sí ya es un dolor de cabeza. Desde modificar un baño hasta construir un cuarto adicional, conlleva una lluvia de ideas casi interminable, altos presupuestos, costos de imprevistos, soluciones provisionales y mucho más. Ahora imagina una remodelación que no solo costó 120 veces más de lo planeado, sino que terminó por convertirse en una de las grandes piezas arquitectónicas del siglo XX. Simplemente, una obra maestra.

Era 1934 cuando el magnate y filántropo Edgar J. Kaufmann encargó al arquitecto Frank Lloyd Wright que diseñara una casa para descansar los fines de semana junto a una cascada en el arrollo de Bear Run, Pensilvania. La idea original de Kaufmann era que su hogar estuviera cerca del río dado que a él y a su familia les gustaba nadar y hacer picnics, pero Wright tuvo concibió un plan que lo llevó a una decisión insólita: construir sobre el mismo río. Así nació Fallinwater.

Construida entre 1936 y 1938, esta casa se convirtió de inmediato en una oda a la arquitectura orgánica. En el recinto relucen terrazas de hormigón que asimilan flotar sobre el paso del agua, muros de piedra que se alzan de entre las rocas, espacios abiertos que dan directamente al bosque. Todo ello hace que la casa se imagine como una extensión del paisaje, cuestión que le ganó su lugar en la portada de la revista Time en su momento. La mezcla perfecta entre naturaleza y modernidad.

Tal cual mencionamos al inicio, construir una casa es una tarea compleja y una obra de este calibre no sería la excepción. Aunque ya explicamos que Fallinwater se perfila como una construcción sin precedentes, llevar a cabo dicha perfección tuvo un precio estratosférico. A grandes rasgos, la casa superó casi cuatro veces el presupuesto original hasta alcanzar la cifra de 155,000 dólares. Aproximadamente unos 3.5 millones de dólares actuales.

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Entre las cosas que llevaron a que el precio se disparara se encuentran, a primera de cuentas, el cobro de Wright y los gastos de construir en un entorno alejado. Según narran en The New York Times, la casa de descanso surgió por medio de un despliegue titánico tanto a nivel técnico como económico. Una visión radical materializada que nació con tensiones financieras desde un inicio. Esto dado a lo que precisamente le dio el mismo nombre a la obra: las columnas sobre las cascadas.

Ese gran factor diferenciador y característico también funcionó como talón de Aquiles. Para empezar, mientras se erigía la construcción el ingeniero encargado del hormigón le advirtió a Wright que se colocaron inicialmente ocho barras para reforzar una viga principal. Pero para un tramo de tal longitud debían duplicar el acero. El arquitecto hizo caso omiso al enfatizar que añadir refuerzos podría comprometer la estructura. Sin aviso alguno, el contratista aumentó el acero de todos modos.

Sin embargo, eso no fue suficiente. En un inicio, una de las estructuras voladizas se deformó cuatro centímetros hasta volverse en una pendiente visible y los problemas no tardaron en aparecer. Incluso antes de que la familia Kaufmann habitara la casa en 1937, se registraron filtraciones y fisuras en el hormigón. Décadas más tarde, algunos balcones se hundieron 20 centímetros en comparación de su posición inicial. Para los 90, ingenieros dictaminaron que hubo una falla técnica.

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Lo que al inicio era una icónica fotografía dado que se mostró como la casa que parecía retar a la gravedad, resultó en un equilibrio bastante frágil. Puesto que si la cascada era el gran atractivo, la lluvia y la nieve fueron la pesadilla de la construcción. Entre tejados planos y terrazas que funcionaron como cubiertas, la filtración del agua hacia el interior se volvió inevitable. Lastimosamente, la cautivadora idea inicial se vio inundada de cubetas sobre el suelo para recoger agua de las goteras. 

Casi 90 años después de relucir en las páginas de revistas, sigue en marcha una intervención de 7 millones de dólares con el fin de sellar cubiertas. Incluso se han destinado alrededor de una decena de toneladas de lechada en los muros a fin de mejorar el impermeabilizante. Ya para inicios del siglo XXI, se decidió llevar a cabo una restauración decisiva para la estructura: perforar vigas e introducir cables de acero para "jalar" el hormigón. La razón: que regrese a parte de su posición original.

En un principio la operación logró que el hundimiento se detuviera, pero aún con ello no se logró eliminar la necesidad de un mantenimiento constante. Como resultado, el hecho de querer mantener a flote esta construcción resultó aún más costoso. Para ejemplo, existen videos de cómo se han realizado trabajos para mantenerla en pie. Desde 1937 hasta nuestros días, se han invertido 19 millones de dólares en la preservación de Fallinwater. Son 120 veces más el costo inicial.

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Como dato, para 1963 Kaufmann donó la casa a la Western Pennsylvania Conservancy. Esto dio la oportunidad a que el público general pudiera recorrer los pasillos y desde entonces cerca de seis millones de personas han visitado Fallinwater. A la fecha se encuentra registrada como Monumento Histórico Nacional y Patrimonio Mundial por la UNESCO. Una autoría exagerada que demostró la misma cantidad de proeza que de problemas.

Más allá de servir como una linda postal, Fallinwater funciona como ejemplo de que la tensión entre visión y realidad pueden hacer que una obra maestra esté, paradójicamente, ahogada hasta el cuello.

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