Durante millones de años, la evolución hizo su trabajo. Nuestros antepasados dejaron de caminar en cuatro patas, comenzaron a desplazarse erguidos y, poco a poco, la cola dejó de tener una función. Con el paso del tiempo desapareció hasta quedar reducida a un pequeño vestigio anatómico que todavía conservamos: el coxis.
Parecía una decisión definitiva de la naturaleza. Pero un grupo de investigadores japoneses decidió hacerse una pregunta que suena más a ciencia ficción que a ingeniería: ¿Y si la cola nunca dejó de ser útil? La respuesta terminó convirtiéndose en Arque, una cola robótica portátil diseñada para colocarse alrededor de la cintura y ayudar al cuerpo humano a recuperar una capacidad que perdió hace millones de años: mantener mejor el equilibrio.
Lo curioso es que el proyecto nunca buscó hacer que las personas parecieran animales; lo que intentaba era mucho más ambicioso.
La evolución la eliminó. La física nunca dejó de necesitarla
Cuando pensamos en una cola, solemos imaginar a un perro moviéndola cuando está feliz o a un gato intentando mantener el equilibrio sobre una barda. Pero, para la mayoría de los animales, una cola sirve para mucho más que expresar emociones; es un contrapeso.
Los guepardos la utilizan como un timón cuando cambian de dirección a gran velocidad. Los canguros prácticamente la convierten en una quinta extremidad cuando se desplazan lentamente. Muchos primates la usan para repartir mejor el peso del cuerpo mientras trepan entre los árboles.
Los biólogos estiman que la cola de un guepardo puede representar alrededor del 10 % de la longitud de su cuerpo y funciona como un contrapeso que le permite cambiar de dirección a alta velocidad sin perder estabilidad.
En todos los casos ocurre lo mismo: la cola ayuda a mantener el equilibrio, pero los seres humanos resolvimos ese problema de otra manera. Al caminar completamente erguidos, el equilibrio pasó a depender de la columna vertebral, las piernas, los músculos del tronco y el sistema vestibular del oído interno. Por eso la cola dejó de ser necesaria para sobrevivir, aunque eso no significa que ya no pudiera servir para nada.
La solución no era inventar algo nuevo. Era copiar a la naturaleza
Cuando los investigadores de la Universidad de Keio comenzaron a desarrollar Arque, no intentaban crear un accesorio futurista. Su idea era responder una pregunta muy concreta: ¿Cómo ayudar a una persona a mantener el equilibrio sin modificar la forma en que se mueve?
La respuesta estaba en la naturaleza. Ese enfoque tiene incluso un nombre: biomimética, una disciplina que estudia cómo los seres vivos resuelven problemas complejos para después aplicar esos mismos principios en la tecnología, y así nació Arque.
La cola se coloca alrededor de la cintura y cuenta con una estructura articulada cuyo centro de gravedad cambia constantemente gracias a motores, sensores y pesos internos. Cada vez que la persona camina, gira o se inclina, el dispositivo modifica automáticamente su posición para compensar el movimiento del cuerpo: no mueve a la persona, la ayuda a mantenerse estable.
Entonces surge otra pregunta: ¿por qué alguien construiría una cola robótica?
La respuesta está en Japón. El país enfrenta desde hace años uno de los mayores retos demográficos del mundo. Su población envejece rápidamente y eso ha impulsado el desarrollo de tecnologías pensadas para ayudar a las personas mayores a conservar su autonomía durante más tiempo.
Las caídas representan una de las principales causas de lesiones graves entre adultos mayores. Una pérdida de equilibrio aparentemente pequeña puede terminar en fracturas que cambian por completo la calidad de vida de una persona.
Arque nació pensando precisamente en ese escenario. La idea era ofrecer un apoyo adicional al caminar, transportar objetos o realizar actividades cotidianas donde mantener el equilibrio requiere un esfuerzo constante, pero sus creadores imaginaron que las posibilidades podían ir mucho más allá.
El proyecto nunca cambió. Lo que cambió fue el mundo
Cuando Arque fue presentado en 2019, muchas personas lo vieron como una de esas curiosidades tecnológicas que suelen aparecer en los laboratorios japoneses. Una cola robótica para humanos, la cual era difícil imaginar que aquello tuviera aplicaciones reales; y, en cierto sentido, así ocurrió.
Arque nunca llegó a convertirse en un producto comercial ni en un dispositivo médico de uso cotidiano. Siguió siendo un prototipo de investigación, pero cinco años después, el contexto tecnológico es completamente distinto.
Los exoesqueletos ya ayudan a trabajadores industriales a reducir el esfuerzo físico. Las prótesis inteligentes permiten recuperar movimientos con una precisión cada vez mayor. Interfaces cerebro-computadora, como las que explora Neuralink, buscan crear nuevas formas de interacción entre el cuerpo y las máquinas. Al mismo tiempo, los wearables dejaron de limitarse a medir pasos o frecuencia cardiaca y comenzaron a complementar capacidades humanas.
Lo curioso es que Arque nunca cambió. Los que cambiamos fuimos nosotros y hoy la idea de ampliar las capacidades del cuerpo humano ya no parece tan extraña como hace unos años.
Más que una prótesis, una extensión del cuerpo
Aunque el proyecto nació pensando en personas mayores, los investigadores también imaginaron otros escenarios. Trabajadores que cargan peso durante largas jornadas, operarios industriales, personal de logística o cualquier profesión donde mantener el equilibrio durante horas forme parte del trabajo.
En todos esos casos, una cola robótica podría reducir parte del esfuerzo físico que realiza el cuerpo para mantenerse estable. Y ahí está quizá la diferencia más interesante: Arque no intenta reemplazar una parte dañada del cuerpo, como ocurre con una prótesis.
Tampoco busca corregir una discapacidad; su propósito es añadir una capacidad que los seres humanos ya no tienen. Es, en cierto sentido, una extensión del cuerpo inspirada en millones de años de evolución animal.
La tecnología ya no solo quiere reparar el cuerpo
Durante décadas, buena parte de la innovación médica estuvo enfocada en recuperar capacidades perdidas: prótesis, implantes, exoesqueletos.
Arque apunta en otra dirección. La pregunta ya no es únicamente cómo reparar el cuerpo humano, también es cómo ampliarlo y, curiosamente, para encontrar esa respuesta hubo que mirar millones de años hacia atrás.
La evolución eliminó la cola porque dejó de ser necesaria para sobrevivir; la ingeniería japonesa decidió hacerse la pregunta contraria: ¿Y si todavía pudiera servir para algo?
Quizá esa sea la diferencia entre la naturaleza y la tecnología. La primera elimina aquello que deja de ser útil y la segunda siempre está buscando una razón para traerlo de vuelta.
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