Allbirds llegó a ser la marca de zapatos favorita de Silicon Valley, la que usaban íconos del ecologismo corporativo, de Barack Obama a Ben Affleck y Leonardo DiCaprio. Sin embargo, una combinación de sobreexpansión, problemas de calidad de producto, un panorama competitivo cada vez más desafiante y los retos de su salida a bolsa llevaron su valor de mercado a desplomarse en apenas cinco años. Luego de valer unos 4,000 millones de dólares en su apogeo, en 2021, la firma fue vendida hace un mes por unos otrora inconcebibles 39 millones.
Nadie se esperaba que Allbirds ‘resucitara’, y menos que lo hiciera como una empresa de IA. Esta es la historia de cómo la vertiginosa demanda de la actual revolución tecnológica está empujando a algunas empresas a tomar medidas desesperadas.
‘El zapato más cómodo del mundo’
La historia de Allbirds comienza en 2015, cuando fue fundada por Tim Brown, un exfutbolista inglés nacionalizado neozelandés, y Joey Zwillinger, un ingeniero biotecnológico y experto en renovables de San Francisco que llegó a ser reconocido como una voz prometedora en el campo de la tecnología limpia. Su propuesta era radical, usar lana para fabricar "el zapato más cómodo del mundo".
Tomó años de investigación y experimentación, pero algunos dirían que lo lograron. La empresa abrió docenas de tiendas en Estados Unidos, Reino Unido, Nueva Zelanda, China y Singapur y pronto su nombre se hizo apreciado en Silicon Valley. El ascenso fue meteórico y la caída, brutal, con una acción que llegó a cotizarse a más de 500 dólares cerrando a algo más de 2.50 poco antes de su sorpresivo giro.
Y, que nadie se engañe: fue un giro sorpresivo: su nombre cambiará a ‘NewBird AI’ y en lugar de zapatos de lana se dedicará a comprar y alquilar potencia informática -básicamente, GPU as a service- a empresas que lo necesiten.
Lo mejor de todo es que, hasta ahora, la medida parece haber funcionado, con el valor de la acción repuntando cerca del 600 por ciento tras el anuncio. Hoy por hoy no es extraño que una empresa se reinvente en torno a la IA, pero lo de Allbirds es decididamente una versión más extrema.
‘La espuma de la IA’
Tras el sacudón, vino la reflexión. La acción que subió como espuma el día del anuncio, bajó un 36 por ciento en las siguientes 24 horas, en lo que los analistas interpretaron como una corrección, si bien parcial.
Algunos observadores advierten ecos de la fiebre de los NFT, o de la burbuja de las criptomonedas, cuando bastaba con decir ‘Bitcoin’ para disparar una acción, así la empresa se dedicara a vender jugo de naranja.
Adam Saran, director ejecutivo de 50 Park Investments, dijo a Bussiness Insider: “Tiene un aire de memecoin, donde las emociones se apoderan y la lógica y la razón se tiran por la ventana. Que el mercado realmente premiara la acción cuando no parece tener ningún tipo de ángulo real en IA me dice que la espuma, y hablo específicamente la espuma de la IA, está subiendo”.
Es un sentimiento que recogió en términos todavía más crudos Slate, que en su informe sobre la decisión, apuntó: “El aceite de serpiente se ha vendido por siglos. Pero lo que resulta especialmente notable de las escasas colaboraciones tecnológicas de los años 2020 es que apestan a desesperación. Las ventas minoristas, los locales de comida física y los medios de comunicación han sido especialmente destrozados en la extraña economía pospandémica. Cualquier proveedor generoso de efectivo como el inversor de 50 millones de dólares de Allbirds parece aún más atractivo en esas circunstancias, especialmente si el cambio luce moderno y 'cool'. La posibilidad de que después llegue una caída fuerte puede que ni siquiera venga a la mente porque, bueno, al menos lo intentaste”.
Con todo, hay una carta tapada en la estrategIA de Allbirds. A la par con su anunciado giro hacia la industria tech, la empresa prepara un ‘Plan B’ para disolver todo el proyecto si en un año resulta que, después de todo, las GPU no eran el futuro de su negocio. Es una señal de cordura en medio de una operación que por momentos, tiene visos de locura. Solo dentro de un año sabremos si lo que presenciamos fue una historia genial de resiliencia y resurrección empresarial, o los últimos estertores de una startup venida a menos que pasó de vender zapatos, a vender humo.
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