El juicio del siglo entre Elon Musk y OpenAI tiene trama de telenovela. La declaración de Greg Brockman lo confirma

El juicio del siglo entre Elon Musk y OpenAI tiene trama de telenovela. La declaración de Greg Brockman lo confirma

El ejecutivo testificó que Musk primero le regaló un Tesla y luego pareció estar a punto de golpearlo.

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Juicio
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Wilson Vega

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Wilson Vega

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Fanático de la tecnología, el cine y la cultura pop. Periodista de profesión y geek por vocación, apasionado de la inteligencia artificial y la robótica en la ciencia ficción y en el mundo real. A veces, el éxito significa ser el primero en fracasar.

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A medida que avanza, el juicio que enfrenta a Elon Musk con OpenAI deja revelaciones cada vez más impactantes. Nada más comenzar esta semana, el testimonio bajo juramento de Greg Brockman, el cofundador de OpenAI, puso al descubierto detalles hasta ahora desconocidos de la ruptura que cambió el futuro de la IA.

Esa historia comenzó en 2017. La inteligencia artificial de OpenAI, que por aquel entonces era un modesto laboratorio de investigación sin fines de lucro en el sector de Mission District de San Francisco, logró vencer a los mejores jugadores humanos del mundo en un videojuego llamado Dota 2.

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Dota 2 Dota 2.

Dota 2 pertenece al género de arena de batalla en línea, conocido en inglés como MOBA, al que pertenece también League of Legends. Es reconocido por su complejidad, y justo por esa razón fue seleccionado por OpenAI para ser usado en experimentos de aprendizaje automático. 

Un sistema, conocido como OpenAI Five, se dio a la tarea de aprender a jugar el videojuego con un alto nivel de habilidad exclusivamente mediante prueba y error. El sistema se impuso en una serie de demostraciones contra jugadores profesionales en algunos eventos y un año después, en 2018, ya había desarrollado la capacidad de poner a sus bots a trabajar juntos como un equipo completo de cinco integrantes.

Pero ese triunfo, lejos de ser un motivo de celebración, reveló a los investigadores de la compañía una verdad aterradora. Las cifras demostraban que, para lograr el anhelo fundacional de una verdadera inteligencia artificial general, la clave absoluta no era solo tener a los programadores más listos, sino disponer de una potencia de cómputo fenomenal.

OpenAI se dio cuenta de que no podría ir a donde quería sin tener miles de procesadores funcionando al máximo rendimiento día y noche. El modelo original colapsaba ante la sola noción de una factura estratosférica por concepto de los servidores en la nube.

En otras palabras, OpenAI estaba intentando financiar la herramienta tecnológica más poderosa jamás concebida, pidiendo donaciones. Sus directivos llegaron a la conclusión de que como organización benéfica no podrían escalar la infraestructura y se verían, muy pronto, abocados a perder a sus ingenieros estrella al no disponer de recursos para retenerlos.

Los testimonios recopilados durante el juicio dan cuenta de cómo llegaron a pedirle a Bill Gates que donara hasta en cuatro ocasiones distintas, solo para mantener los servidores encendidos. Gates ni siquiera se dignó visitar la oficina.

Entonces, relata Brockman, fue cuando Musk, que ciertamente tiene el capital para eso y mucho más, entró en acción.

La mansión encantada

La escena que relató bajo juramento Greg Brockman tuvo lugar en agosto de 2017. Elon Musk los invitó a él y a Ilya Sutskever, investigador principal de OpenAI, a su casa en Hillsborough, al sur de San Francisco.

Hillsborough La mansión de Elon Musk en Hillsborough. Foto: Google Maps

Hablamos de una finca inmensa de 47 acres, valorada en 23 millones de dólares, a la que el propio Musk llama su mansión encantada. Brockman dijo que la casa mostraba “claros restos de una fiesta salvaje la noche anterior”, con confeti esparcido por todas partes, vasos tirados por los rincones y muebles desordenados por doquier.

Musk recibió a sus invitados con un regalo asombroso: les entregó las llaves de unos Tesla Model 3 recién salidos de fábrica. No es posible establecer sus intenciones, pero Brockman declaró que al recibir las llaves sintió claramente que Musk estaba intentando comprar su lealtad.

Mientras Musk regalaba carros, Sutskever intentó devolver el gesto regalándole a Musk una pintura de un Tesla que había encargado especialmente para él. Podría haber sido un momento de afecto, pero la conversación giró entonces hacia el tema más espinoso: la creación de una entidad paralela con fines de lucro para poder atraer inversión real.

En ese momento, Musk puso sus cartas sobre la mesa de forma tajante y sin concesiones: exigió el 51% -el control absoluto- de la nueva empresa. Exigió también el puesto de CEO -el cargo que hoy ocupa Sam Altman- y les dijo a Brockman y a Sutskever que, si lo deseara, podría crear otra empresa de inteligencia artificial al día siguiente con un solo tweet.

Brockman Y Sutskever Greg Brockman e Ilya Sutskever, de OpenAI. Foto: OpenAI

La negativa rotunda de Brockman y Sutskever a ceder el control fue recibida con un silencio sepulcral por parte de Musk. Tras varios minutos, con la tensión inundando la sala, el que es hoy el hombre más rico del mundo se puso de pie y rodeo la mesa a zancadas.

Brockman testificó que pensó que Musk le iba a atacar físicamente. En lugar de eso, el millonario, lleno de ira, amenazó con retirar todos sus fondos de la organización caritativa de forma inmediata y salió de la habitación dando un portazo. Eso sí, antes se aseguró de llevarse el cuadro del Tesla que le acababan de regalar.

Ese portazo cambió la historia de la tecnología de nuestra era para siempre. En él se condensa la diferencia que hoy enfrenta en los estrados a Musk y a OpenAI en un proceso que podría definir las reglas que gobiernen el futuro de la IA.

Pero, además, pone de relieve un dato central que explica la negativa de OpenAI a ceder el timón y que enfurece aún a Musk, porque apunta a su ego: la fractura real no fue el dinero, sino el conocimiento técnico. En palabras de Brockman, la confianza en el liderazgo de un laboratorio como OpenAI no depende de quién puede girar el cheque más grande. Musk, declaró el ejecutivo, “sabrá de cohetes, sabrá de carros eléctricos, pero no sabía y no sabe de inteligencia artificial”.

Musk acabó marchándose de la empresa en febrero de 2018, proclamando a los cuatro vientos que OpenAI iba camino a un fracaso seguro, y sugiriendo que él desarrollaría la verdadera inteligencia artificial por su cuenta dentro de Tesla. Las cifras demuestran que, en cambio, tras la marcha de Musk OpenAI logró crear más de 150 mil millones de dólares en valor patrimonial. Musk también creó una fortuna, de hecho mucho mayor, pero nunca dejó de resentir la negativa de Brockman.

Eso explica la revelación final, cuando los abogados de OpenAI dieron a conocer un mensaje de texto amenazante que Musk le envió a Brockman, apenas dos días antes de que comenzara el juicio. El mensaje decía: “Para el final de esta semana, tú y Sam serán los hombres más odiados de Estados Unidos”.

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