Un glaciar cubierto con enormes mantas puede parecer una imagen sacada de una película de ciencia ficción, pero en los Alpes suizos esto lleva años ocurriendo. Las coberturas se utilizan durante el verano para proteger determinadas zonas de hielo y retrasar su derretimiento. Ahora los científicos quieren probar si ese mismo trabajo puede hacerlo algo mucho más común y natural: lana de oveja.
El proyecto Keep It Wool, desarrollado en colaboración con la Universidad de Lausana, colocó dos prototipos de lana sobre el glaciar Glacier 3000, en Les Diablerets, según la agencia Reuters. Junto a ellos instalaron una cubierta sintética del mismo tamaño para comparar su desempeño. Después de un verano de pruebas, las primeras observaciones apuntan a que las dos cubiertas de lana ofrecieron una protección comparable a la del geotextil convencional.
Todavía faltan análisis para saber con precisión cuál material funciona mejor y bajo qué condiciones. Pero el experimento plantea una posibilidad bastante curiosa: utilizar una fibra natural y biodegradable para hacer el mismo trabajo que hoy realizan algunos materiales sintéticos.
No es la primera vez que alguien cubre un glaciar
La parte extraña de esta historia no es realmente que hayan utilizado lana. Lo más sorprendente es descubrir que los glaciares ya se cubren deliberadamente con mantas para retrasar su derretimiento.
La técnica se utiliza desde hace años en determinados sectores de los Alpes, especialmente durante el verano. Las coberturas suelen ser geotextiles blancos fabricados con materiales como poliéster o polipropileno y se colocan sobre zonas concretas donde se busca conservar nieve y hielo durante más tiempo.
Y no, la manta no está ahí para "enfriar" el glaciar. Su función es mucho más sencilla: hacer que llegue menos energía hasta la superficie del hielo, de modo que parte de la radiación que normalmente contribuiría al derretimiento deje de hacerlo.
La manta no enfría el glaciar: hace que se derrita más lento
Cuando la radiación solar llega a una superficie cubierta de nieve, una parte puede reflejarse y otra ser absorbida. Por eso el color y las propiedades de la superficie importan: una superficie más clara devuelve una mayor proporción de esa energía al ambiente, mientras que una más oscura absorbe más.
Los geotextiles aprovechan precisamente ese principio y, al colocar un material con alta reflectividad sobre la nieve o el hielo, menos radiación solar queda disponible para contribuir al derretimiento. La cobertura también puede reducir parte del intercambio de calor con el ambiente y actuar como una barrera adicional.
Y esto no se queda en la teoría. Un estudio publicado en 2020 analizó geotextiles utilizados en los glaciares Dosdè Est y Presena Ovest, en Italia, y encontró que las coberturas podían reducir hasta 69% la pérdida de nieve y hielo frente a zonas sin cubrir. Otro estudio realizado en el glaciar Urumqi No. 1, en China, encontró una reducción de aproximadamente 68% en la ablación de las zonas cubiertas.
En otras palabras, la cobertura no enfría el glaciar: consigue que una parte de la energía solar deje de convertirse tan rápido en hielo derretido.
Entonces, ¿qué tiene de nuevo la lana?
Aquí entra Keep It Wool. El proyecto colocó el 22 de junio de 2026 dos prototipos de lana de 10 por 10 metros sobre Glacier 3000, fabricados con diferentes espesores. A su lado se instaló una cobertura de geotextil sintético con las mismas dimensiones.
Los investigadores realizaron mediciones aproximadamente cada dos semanas hasta septiembre para comprobar cuánto hielo y nieve se perdía debajo de cada material y cómo resistían ambos las condiciones de alta montaña.
La comparación es importante porque evita una conclusión demasiado sencilla. La ciencia ya sabe que cubrir determinadas zonas de un glaciar puede funcionar; la novedad aquí es averiguar si una fibra natural puede desempeñar ese mismo papel.
Y las primeras observaciones son alentadoras. La Summit Foundation señala que, después de un verano, las dos coberturas de lana ofrecieron una protección comparable a la del geotextil convencional. Pero todavía faltan los análisis detallados que permitan determinar qué material funcionó mejor y en qué condiciones.
La lana tiene otra ventaja: no fue fabricada para este experimento
La elección del material tampoco salió de la nada. La lana utilizada en el proyecto procede de producción local y es biodegradable. La propuesta busca aprovechar una materia prima que ya existe y comprobar si puede convertirse en una alternativa a algunos de los textiles sintéticos que actualmente se emplean para proteger determinados sectores de los glaciares.
La Summit Foundation señala además que una parte importante de la lana producida en Suiza tiene actualmente poco uso comercial. Así que la idea intenta resolver dos problemas al mismo tiempo: aprovechar un material con pocas salidas y reducir la dependencia de coberturas sintéticas.
Eso tampoco significa que la lana sea automáticamente mejor. Antes habría que saber cuánto tiempo puede resistir a la intemperie, cómo soporta el viento y la humedad, cuánto cuesta fabricarla y transportarla y qué ocurre con ella después de varias temporadas.
Precisamente para eso sirve el experimento: antes de reemplazar un material por otro, hay que comprobar que el nuevo realmente funciona cuando sale del laboratorio y llega a una montaña.
El problema es que no se puede cubrir un glaciar entero
Aquí aparece la limitación más importante. Que una cobertura funcione en la superficie donde está instalada no significa que podamos extenderla sobre todo un glaciar y resolver así su retroceso.
El problema aparece cuando intentamos llevar esta estrategia a gran escala. Cubrir enormes superficies implicaría transportar, instalar y mantener grandes cantidades de material en lugares donde las condiciones ya son difíciles por sí mismas. Además, los costos aumentan rápidamente.
Una investigación publicada en 2026 simuló qué ocurriría si se utilizaran geotextiles de alto albedo sobre grandes superficies. El modelo encontró reducciones importantes de la ablación, pero también señaló que una aplicación masiva enfrenta costos económicos muy elevados, dificultades logísticas y riesgos ambientales.
Por eso estas coberturas tienen más sentido como intervenciones localizadas, especialmente en zonas que tengan un valor turístico, científico o económico particular. Una manta puede comprarle tiempo a una pequeña superficie de hielo, pero no puede cambiar las condiciones climáticas que están haciendo retroceder al glaciar.
Suiza está intentando comprar tiempo. México casi ya no tiene qué cubrir
Y aquí el experimento suizo tiene una conexión bastante cercana con México. El país también tiene experiencia con glaciares en retroceso, aunque a una escala muy distinta de la de los Alpes.
El Glaciar Norte del Pico de Orizaba es actualmente el último glaciar que permanece en México. Un estudio publicado en 2025 actualizó su superficie hasta mayo de 2024 y estimó que quedaban alrededor de 0.37 kilómetros cuadrados de hielo. Los investigadores también documentaron una reducción continua de su superficie y espesor.
Y el panorama más reciente no es precisamente alentador. En agosto de 2026, investigadores del Centro de Ciencias de la Tierra de la Universidad Veracruzana informaron que el glaciar atraviesa una fase terminal después de analizar más de 30 años de datos y mediciones. El equipo también cuantificó por primera vez la pérdida de espesor de todo el cuerpo glaciar.
La comparación entre ambos países resulta interesante precisamente porque ocurre en escalas muy distintas. En Suiza todavía tiene sentido preguntarse si una cubierta natural puede ayudar a conservar temporalmente ciertos sectores de hielo.
En el Pico de Orizaba, en cambio, una manta de lana no resolvería el problema de fondo. El glaciar es demasiado pequeño; el proceso de pérdida de hielo lleva décadas y las condiciones climáticas que lo están afectando no van a cambiar porque coloquemos una cubierta sobre una parte de su superficie.
La lana no va a salvar los glaciares
Y quizá esa sea la parte más importante del experimento. La lana no es una solución contra el cambio climático, ni las lonas sintéticas lo son. Son herramientas de adaptación local que pueden retrasar temporalmente la pérdida de hielo en lugares concretos.
La investigación ya demuestra que cubrir ciertas zonas puede reducir significativamente la ablación. Lo que todavía no existe es una forma económicamente viable de aplicar esa estrategia a todos los glaciares que están retrocediendo.
Por eso el proyecto suizo tiene un objetivo mucho más modesto y, al mismo tiempo, interesante: no pretende salvar un glaciar con lana de oveja. Quiere averiguar si una técnica que ya funciona puede hacerse menos dependiente de materiales sintéticos.
Mientras Suiza intenta comprarle un poco más de tiempo al hielo, México observa el mismo problema desde el extremo contrario: el último glaciar del país está entrando en una fase en la que cada vez queda menos hielo que proteger. La lana puede ayudar a conservar una pequeña superficie durante un verano, pero lo que no puede hacer es protegerla de un planeta que se está calentando.
Imágenes | Summit Foundation, Pexels
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