En México, el exceso de peso dejó de ser una excepción para convertirse en una condición mayoritaria. Los datos más recientes disponibles de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) Continua 2020-2023, elaborada por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), muestran que 37.1% de los adultos vive con obesidad. Cuando se suma el sobrepeso, la proporción supera 75% de la población mayor de 20 años.
Las diferencias por sexo también son claras. La obesidad alcanza casi 41% entre mujeres, mientras que en hombres ronda 33%. El fenómeno, sin embargo, no se limita a la población adulta. Según la ENSANUT, alrededor de cuatro de cada diez adolescentes presentan exceso de peso, mientras que en niñas y niños la cifra ronda 35%.
Aunque el levantamiento de la ENSANUT continúa con nuevas mediciones, los datos consolidados más recientes corresponden al periodo 2020-2023. Las cifras actualizadas se esperan en 2026, pero hasta ahora no existe evidencia pública que indique una reducción significativa del problema.
La dieta mexicana cambió y los ultraprocesados ganaron terreno
El cambio en la alimentación es una de las claves para entender la magnitud del fenómeno. Un análisis del Banco de México basado en la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) del INEGI muestra que los alimentos ultraprocesados ya aportan 28.2% del consumo calórico total en el país.
El crecimiento ha sido constante: en 2006 esa proporción era 23.6%. En términos absolutos, el consumo calórico proveniente de estos productos aumentó 33.8% en ese periodo. Esto significa que casi tres de cada diez calorías que consume hoy un mexicano provienen de alimentos formulados industrialmente, como botanas empaquetadas, cereales azucarados, embutidos, comidas listas para calentar o bebidas endulzadas.
Al mismo tiempo, el INEGI documenta que el gasto en alimentos y bebidas no alcohólicas sigue siendo uno de los principales rubros dentro del presupuesto familiar. Sin embargo, dentro de esa canasta los productos procesados han ganado terreno frente a ingredientes frescos y preparaciones tradicionales.
El entorno alimentario también empuja el problema
Especialistas en salud pública han advertido durante años que el problema no puede explicarse únicamente por decisiones individuales. De acuerdo con la Secretaría de Salud, el sobrepeso y la obesidad son también un fenómeno cultural, social y económico.
Durante la presentación de la Estrategia de Desaceleración del Sobrepeso y la Obesidad en México, el secretario de Salud, David Kershenobich, señaló que “la obesidad es una enfermedad, pero también es un fenómeno de contagio social”.
De acuerdo con la Secretaría de Salud, el gobierno iniciará un estudio de seguimiento con aproximadamente 500 mil personas con sobrepeso y obesidad para identificar factores biológicos, sociales y ambientales que permitan diseñar políticas públicas más efectivas.
El entorno alimentario también juega un papel importante. Según especialistas del Instituto Nacional de Salud Pública, la disponibilidad permanente de bebidas azucaradas, las promociones comerciales y la publicidad dirigida a población infantil favorecen prácticas alimentarias que incrementan el consumo calórico.
Un problema sanitario que también afecta a la economía
Las consecuencias van más allá del peso corporal. En México, enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión y padecimientos cardiovasculares figuran entre las principales causas de muerte, de acuerdo con estadísticas de mortalidad del INEGI. La obesidad es uno de los factores de riesgo más relevantes en su desarrollo.
A nivel global, el problema también crece. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, en 2022 alrededor de 2500 millones de adultos tenían sobrepeso, de los cuales más de 890 millones eran obesos. La prevalencia mundial de la obesidad se ha duplicado con creces desde 1990.
La OMS advierte que el aumento de la obesidad está relacionado con cambios en los sistemas alimentarios, el acceso desigual a alimentos saludables y entornos que facilitan el consumo de productos altos en grasa, azúcar y sal.
En ese contexto, México enfrenta un reto estructural. Según el Instituto Nacional de Salud Pública, el país ha sido pionero en políticas como impuestos a bebidas azucaradas, etiquetado frontal de advertencia y regulación sanitaria. Sin embargo, la magnitud del problema demuestra que las intervenciones deberán seguir evolucionando.
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