Corea del Sur desafió una de las mayores creencias sobre la estatura: crecer no depende solo de los genes

No fue un cambio de ADN. Fue el resultado de décadas de mejor alimentación, salud y calidad de vida.

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samantha

Samantha Guerrero

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Hay una frase que casi todos hemos escuchado alguna vez: "Si tus papás son bajitos, tú también lo serás". Durante mucho tiempo pensamos que la estatura dependía casi por completo de la genética y que había muy poco que hacer para cambiar ese destino. Pero Corea del Sur terminó demostrando que la historia puede ser mucho más compleja.

En poco más de un siglo, las mujeres surcoreanas pasaron de medir alrededor de 142 centímetros en 1896 a cerca de 162 centímetros en la actualidad, uno de los mayores incrementos de estatura registrados en el mundo. Y no, no fue porque el ADN de los surcoreanos cambiara de la noche a la mañana. 

Los investigadores creen que detrás de esos casi 20 centímetros hay otra historia: décadas de mejor alimentación, acceso a la salud, vacunación y mejores condiciones de vida que permitieron a varias generaciones crecer hasta alcanzar el potencial que ya estaba escrito en sus genes.

La historia de un país también puede medirse en centímetros

A finales del siglo XIX, Corea era un país muy distinto al que hoy conocemos. Gran parte de la población vivía en condiciones de pobreza, el acceso a servicios médicos era limitado y la alimentación estaba lejos de ser suficiente para muchas familias. 

Después llegaron la ocupación japonesa, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea (1950-1953), un conflicto que dejó millones de muertos y una economía prácticamente destruida. En ese contexto, crecer sano era casi un lujo.

La desnutrición infantil era frecuente y enfermedades que hoy pueden prevenirse seguían afectando el desarrollo de miles de niños. Todo comenzó a cambiar unas décadas después.

Con el llamado Milagro del río Han, Corea del Sur pasó de ser uno de los países más pobres del mundo a convertirse en una de las economías más importantes de Asia, pero el cambio no solo se reflejó en los edificios o en las fábricas. También llegó a hospitales, escuelas, campañas de vacunación y, por supuesto, a la mesa de millones de familias.

El cambio también llegó al plato

Si algo cambió junto con la economía fue la alimentación. Durante buena parte del siglo XX, la dieta de muchas familias coreanas se basaba principalmente en arroz, cereales, verduras y alimentos fermentados como el kimchi.

Eso no significa que fuera una mala alimentación. El problema era que muchas familias simplemente no podían acceder con frecuencia a carne, pescado, huevos, leche y otros alimentos ricos en proteínas y calcio, especialmente después de la guerra.

Conforme mejoró la economía, también lo hizo la variedad de alimentos disponibles. Cada vez fue más común consumir carne, pescado, lácteos, frutas y otros productos ricos en proteínas, vitaminas y minerales, nutrientes fundamentales durante el embarazo, la infancia y la adolescencia, cuando el cuerpo construye huesos, músculos y prácticamente todo lo necesario para crecer.

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Pero los investigadores dejan claro que la comida no hizo el trabajo sola. Al mismo tiempo, aumentó la cobertura médica, llegaron campañas de vacunación, mejoró el acceso al agua potable, disminuyeron las enfermedades infecciosas y las condiciones sanitarias cambiaron por completo.

No fue un cambio de un año para otro. Fueron décadas de mejoras acumuladas que terminaron dejando huella incluso en el cuerpo de las personas y, durante las décadas de 1950 y 1960, Corea del Sur también recibió ayuda alimentaria internacional, principalmente de Estados Unidos. Productos como leche en polvo, trigo y otros alimentos ayudaron a combatir la desnutrición que dejó la guerra.

Con el paso del tiempo, el país dejó de depender de esa asistencia y construyó un sistema alimentario mucho más diverso, hasta convertirse en una de las economías con mayor disponibilidad de alimentos en Asia.

La genética nunca dejó de importar

El caso de Corea del Sur también cambió la forma en que los científicos entienden el crecimiento humano. La genética sigue siendo una pieza fundamental. Nadie lo discute, pero tener un potencial genético para alcanzar cierta estatura no significa que necesariamente vaya a cumplirse.

Para lograrlo, también influyen la alimentación durante la infancia, el acceso a servicios médicos, la prevención de enfermedades, el saneamiento y el bienestar general.

Gran parte de ese proceso ocurre durante los llamados primeros mil días de vida, el periodo que va desde el embarazo hasta los primeros dos años de un niño. Tanto la Organización Mundial de la Salud como UNICEF consideran que esa etapa es decisiva para el desarrollo físico y cognitivo.

Cuando todas esas condiciones mejoran durante varias generaciones, el resultado termina viéndose incluso en la estatura promedio de un país. Por eso muchos investigadores consideran que la talla funciona como una especie de registro biológico del desarrollo de una sociedad. No solo dice qué tan alta es una población, también cuenta cómo vivió.

Un estudio confirmó que Corea del Sur rompió todos los récords

La evidencia quedó documentada en un estudio internacional publicado en la revista eLife por la red NCD Risk Factor Collaboration, que analizó la estatura de millones de personas nacidas entre 1896 y 1996 en 200 países.

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Y los resultados llamaron la atención. Las mujeres surcoreanas registraron el mayor incremento de estatura observado en todo el estudio: alrededor de 20 centímetros en apenas un siglo.

Para los investigadores, ese crecimiento no refleja un cambio genético acelerado. Es la consecuencia de décadas de mejoras acumuladas en nutrición, salud y calidad de vida.

México también guarda parte de esa historia en su estatura

El caso de Corea del Sur ayuda a entender que la estatura dice mucho más que cuántos centímetros mide una persona. En México también existen diferencias importantes.

Datos analizados a partir de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) muestran diferencias cercanas a 11 centímetros en la estatura promedio entre algunos estados del país. La genética explica una parte de esa variación, pero no toda.

Especialistas señalan que también influyen factores como la alimentación durante los primeros años de vida, la atención prenatal, el acceso a servicios médicos y las condiciones económicas en las que crecieron distintas generaciones.

Por eso la Organización Mundial de la Salud considera que la talla infantil es uno de los indicadores más sensibles para evaluar el bienestar de una población. En otras palabras, medir cuánto crecen los niños también ayuda a entender cómo está creciendo un país.

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No es una cuestión de centímetros, sino de calidad de vida

Cuando vemos que las nuevas generaciones son más altas que sus padres o sus abuelos, solemos pensar inmediatamente en la genética. Pero Corea del Sur demuestra que el ADN solo cuenta una parte de la historia.

Durante décadas mejoró la alimentación, disminuyó la desnutrición infantil, aumentó el acceso a la salud, se ampliaron las campañas de vacunación y crecieron las oportunidades para millones de niños.

El resultado terminó reflejándose incluso en algo tan cotidiano como la estatura promedio de la población. Esa es la parte más interesante de toda esta historia. Los casi veinte centímetros que ganaron las mujeres surcoreanas no hablan únicamente de huesos más largos.

Hablan de generaciones que crecieron con mejores condiciones para desarrollarse. Porque, al final, medir cuánto crece una población también es una forma de medir cuánto logró mejorar un país.

Imágenes | Pexels

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