Cada vez que se habla de la ventaja de México jugando un Mundial en casa, casi todas las miradas apuntan al Estadio Azteca. Pero el verdadero aliado del Tri no está en las tribunas ni sobre el césped, está en algo que nadie puede ver: el aire de Ciudad de México, a 2,240 metros sobre el nivel del mar.
Durante décadas, selecciones y clubes han hablado del famoso "mar de altura". Sin embargo, pocas veces se explica qué ocurre realmente dentro del cuerpo de un futbolista o por qué el balón parece comportarse de una forma completamente distinta cuando rueda en la capital mexicana.
No hay menos oxígeno, pero aquí está el detalle
Hay una idea que suele repetirse mucho: que en Ciudad de México "hay menos oxígeno". En realidad, el aire sigue conteniendo aproximadamente un 21% de oxígeno, prácticamente igual que al nivel del mar.
Lo que cambia es la presión atmosférica. Al encontrarse a más de 2,200 metros de altitud, la presión disminuye cerca de un 24%, reduciendo la presión parcial del oxígeno; los especialistas llaman a este fenómeno hipoxia de altitud. De esta forma, cada respiración aporta menos oxígeno útil al organismo.
Para cualquiera puede traducirse en una ligera sensación de falta de aire. Para un futbolista de élite, que alterna sprints, cambios de ritmo y esfuerzos explosivos durante 90 minutos, significa que el cuerpo necesita trabajar mucho más para producir exactamente la misma energía.
Y ahí aparece uno de los efectos más importantes. Los músculos reciben menos oxígeno y la recuperación entre esfuerzos intensos tarda más tiempo y eso hace que la fatiga no siempre aparezca desde el inicio del partido. Lo habitual es que comience a hacerse evidente conforme avanzan los minutos, especialmente durante el segundo tiempo.
La historia reciente parece confirmarlo
Hubo un detalle que no pasó desapercibido durante la fase de grupos del Mundial 2026: buena parte de los goles de México llegaron después del descanso. Frente a República Checa, el Tri anotó en los minutos 54, 61 y 94. Más allá del resultado, el desarrollo del encuentro dejó una imagen interesante: conforme avanzaba el reloj, el rival parecía perder intensidad física mientras México mantenía un ritmo mucho más constante.
Por supuesto, la altura no gana partidos por sí sola. El talento, la estrategia y el estado físico siguen siendo mucho más importantes; pero cuando dos equipos llegan con un nivel similar, jugar a más de 2,200 metros puede amplificar pequeñas diferencias físicas, especialmente si uno de ellos no ha tenido tiempo suficiente para aclimatarse.
Adaptarse a la altura no ocurre de un día para otro
Y aquí viene otro detalle importante: el cuerpo humano no se acostumbra a la altura de inmediato. Diversas investigaciones muestran que el organismo necesita varios días, e incluso semanas, para comenzar a producir más glóbulos rojos y mejorar el transporte de oxígeno hacia los músculos.
Por eso muchas selecciones llegan con anticipación cuando deben disputar partidos en ciudades ubicadas a gran altitud. No se trata únicamente de reconocer la cancha; también buscan darle tiempo al cuerpo para adaptarse.
No todas las selecciones llegan en las mismas condiciones
La ventaja de la altura tampoco es igual frente a cualquier rival. Mientras que muchas selecciones acostumbradas a jugar cerca del nivel del mar necesitan varios días, o incluso semanas, para adaptarse, hay equipos que conviven con estas condiciones de forma habitual.
Aunque durante el Mundial 2026, Ecuador estableció su base de entrenamientos en Columbus, Ohio, buena parte de sus futbolistas está acostumbrada a disputar partidos en Quito, una ciudad ubicada a 2.850 metros sobre el nivel del mar, incluso por encima de Ciudad de México.
Eso quiere decir que muchos de sus jugadores conocen bien cómo responde el cuerpo cuando disminuye la presión atmosférica y suelen llegar con una adaptación fisiológica distinta a las selecciones provenientes de zonas bajas. El famoso "factor altura" no representa el mismo desafío para todos.
Llegar antes o llegar casi sobre la hora
Existe una estrategia que suele utilizarse cuando un equipo no dispone del tiempo suficiente para completar una aclimatación adecuada; algunas selecciones prefieren hacer exactamente lo contrario: llegar apenas unas horas antes del partido.
La lógica detrás de eso es que durante las primeras 24 horas en altitud, el rendimiento ya comienza a verse afectado por la menor disponibilidad de oxígeno, pero los síntomas más intensos del llamado mal de montaña, como dolor de cabeza, náuseas o una sensación marcada de fatiga, suelen aparecer entre el segundo y el quinto día.
Por eso, cuando no es posible permanecer varias semanas entrenando en altura, algunos equipos buscan competir antes de entrar en esa fase de mayor malestar fisiológico. Eso no elimina los efectos de la altitud, pero sí puede evitar que coincidan con el momento de mayor vulnerabilidad del organismo.
Pero la altura no juega únicamente contra los pulmones
También cambia la dinámica del partido. La explicación vuelve a estar en el aire: a mayor altitud, la atmósfera es menos densa, por lo que existe una menor resistencia aerodinámica. Como consecuencia, el balón pierde menos velocidad durante su recorrido.
Dicho de otra forma, con el mismo golpeo puede viajar más rápido y recorrer una mayor distancia que al nivel del mar. Y ahí es donde muchos futbolistas descubren que sus referencias dejan de funcionar.
¿Por qué dicen que "la pelota no dobla"?
La ventaja de jugar en Ciudad de México no termina en los pulmones de los jugadores; también alcanza al balón. El doctor Miguel García, divulgador científico de la UNAM, ha explicado que la menor presión atmosférica modifica la forma en que la pelota viaja por el aire.
Al existir menos resistencia aerodinámica, el balón conserva mayor velocidad y recorre distancias más largas. Pero quizá el cambio más llamativo aparece en los tiros con efecto.
El famoso "chanfle" depende del llamado efecto Magnus, un fenómeno físico que necesita suficiente densidad de aire para curvar la trayectoria del balón. A más de 2,240 metros sobre el nivel del mar, esa fuerza disminuye.
El resultado es que los disparos suelen describir trayectorias mucho más rectas que al nivel del mar y eso obliga a los futbolistas a recalibrar prácticamente todo: los centros, los cambios de juego y, sobre todo, los tiros libres.
La técnica sigue siendo la misma y lo que cambia es el comportamiento del balón. Un disparo que normalmente termina entrando al ángulo puede seguir una trayectoria distinta simplemente porque el aire ejerce menos influencia sobre la pelota.
Por eso muchos jugadores extranjeros resumen la experiencia con una frase bastante sencilla: "La pelota no dobla igual".
Un fenómeno que la ciencia lleva décadas estudiando
El impacto de la altitud sobre el rendimiento deportivo ha sido ampliamente estudiado. El Gatorade Sports Science Institute explica que la menor disponibilidad de oxígeno reduce la capacidad para sostener esfuerzos de alta intensidad y acelera la aparición de la fatiga cuando los atletas no se encuentran aclimatados.
Al mismo tiempo, diversas investigaciones sobre aerodinámica deportiva muestran que la menor densidad del aire modifica la velocidad y la trayectoria de los balones utilizados en deportes como el futbol, el béisbol o el golf.
Eso explica por qué tantas selecciones llegan con varios días de anticipación cuando deben competir en ciudades ubicadas a gran altitud. No buscan únicamente entrenar, sino que buscan que su organismo empiece a adaptarse.
México lleva décadas jugando con un aliado invisible
La altura nunca garantizará una victoria. El talento, la estrategia y el estado físico siguen siendo mucho más importantes; pero jugar de forma habitual a más de 2,200 metros sobre el nivel del mar ofrece una ventaja que resulta muy difícil de replicar para selecciones acostumbradas a competir cerca de la costa.
Esa podría ser la razón por la que el Estadio Azteca ha construido parte de su leyenda mundialista. No solo por los partidos históricos que ha albergado, sino porque cada encuentro comienza con un jugador que nunca aparece en las alineaciones. No usa uniforme, no toca el balón, no celebra goles, pero lleva décadas jugando a favor de México. Además de que respira en cada rincón de Ciudad de México.
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