El debate del huevo o la gallina ya no es filosófico: la biología molecular acaba de cerrarlo para siempre

El dilema parece un círculo perfecto hasta que metes a la evolución en la conversación.

Gallina O Huevo
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samantha

Samantha Guerrero

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Entusiasta de la tecnología. Otaku en las sombras, con RGB para ver de noche y debilidad por las historias donde alguien grita “¡Seeenpaiiiii!”. Como diría Vash the Stampede: “¡Este mundo está hecho de amor y paz!”.

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Hay preguntas que llevamos siglos haciendo, aunque sepamos que probablemente nunca tendrán una respuesta sencilla. Una de las más famosas es también una de las más absurdas: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? La pregunta parece atraparnos en un círculo porque para imaginar un huevo pensamos en una gallina, pero para imaginar una gallina necesitamos pensar en un animal que tuvo que nacer de algún huevo y todo depende de qué tan atrás queramos mirar.

Si dejamos por un momento a la gallina doméstica y nos vamos a la historia de la vida, el problema cambia por completo. El huevo gana por cientos de millones de años, porque los animales ya producían huevos muchísimo antes de que aparecieran las aves y, desde luego, mucho antes de que existiera algo parecido a una gallina. La parte interesante es que incluso el tipo de huevo que permitió a los vertebrados reproducirse en tierra firme surgió muchísimo antes de las aves. 

Antes de la gallina hubo una larguísima historia de huevos

Cuando escuchamos la palabra "huevo", casi siempre pensamos en uno de gallina, con una cáscara rígida y listo para terminar en un plato, pero biológicamente el concepto es mucho más antiguo y no depende de esa cáscara. 

Peces, anfibios y otros animales ya producían huevos muchísimo antes de que aparecieran reptiles, mamíferos o aves. Así que, en ese sentido, la gallina llegó bastante tarde a una estrategia reproductiva que llevaba muchísimo tiempo funcionando.

El gran salto evolutivo ocurrió cuando algunos vertebrados desarrollaron estructuras que permitían que un embrión se desarrollara sin depender directamente del agua del exterior. Ahí apareció una innovación fundamental: el huevo amniótico. 

No era simplemente una esfera con una cáscara, sino un sistema de membranas y tejidos que protegían al embrión, facilitaban el intercambio de gases, almacenaban nutrientes y gestionaban residuos durante su desarrollo. 

Entre esas estructuras están el amnion, el corion, el alantoides y el saco vitelino. Cada una cumple una función distinta, pero juntas permiten mantener alrededor del embrión las condiciones necesarias para desarrollarse fuera del agua. El verdadero avance no fue solamente inventar una cáscara, sino crear una especie de paquete biológico capaz de sostener al embrión durante todo su desarrollo. 

El huevo amniótico apareció hace unos 340 millones de años

Los primeros amniotas aparecieron aproximadamente hace 340 millones de años, durante el Carbonífero. De aquel grupo surgieron dos grandes linajes: los sinápsidos, que posteriormente darían origen a los mamíferos, y los saurópsidos, que incluyen a reptiles y aves. La gallina, por supuesto, todavía estaba a una distancia evolutiva enorme. 

El huevo amniótico resolvía varios problemas a la vez. Un embrión necesita agua, oxígeno, nutrientes y una forma de gestionar sus desechos, y estas estructuras permitían mantener todas esas funciones dentro de un sistema protegido. El embrión podía desarrollarse sin estar sumergido directamente en el agua, algo fundamental para la reproducción en ambientes terrestres. 

Eso no significa que el huevo amniótico fuera la única razón por la que los vertebrados conquistaron tierra firme. La transición fue mucho más compleja y estuvo acompañada por cambios en el cuerpo, la respiración, el movimiento y la reproducción. Pero contar con un sistema capaz de proteger al embrión fuera del agua fue una de las grandes innovaciones que hizo posible esa expansión. 

La evolución del huevo tampoco fue una historia tan sencilla

Durante mucho tiempo, la historia parecía bastante fácil de contar: un animal ancestral salió del agua, comenzó a reproducirse en tierra y desarrolló un huevo protegido por membranas y una cubierta resistente. El problema es que los estudios más recientes apuntan a una historia bastante menos ordenada.

Un trabajo publicado en Nature Ecology & Evolution en 2023 plantea que la retención prolongada del embrión dentro del tracto reproductivo, conocida como extended embryo retention, pudo haber sido una característica ancestral de los primeros amniotas. 

En otras palabras, antes de imaginar solamente animales que ponían huevos fuera del cuerpo, la evolución pudo haber pasado por etapas en las que los embriones permanecían dentro de la madre durante una buena parte de su desarrollo. 

Los autores llegaron a esta reconstrucción combinando fósiles, análisis filogenéticos y la diversidad de estrategias reproductivas que encontramos entre amniotas actuales y extintos. 

Su propuesta sugiere que la evolución pudo haber experimentado con diferentes combinaciones de puesta de huevos, retención embrionaria y viviparidad. La naturaleza no tuvo que elegir una única solución y mantenerla intacta durante millones de años. 

Huevos Gallina

El primer huevo amniótico tampoco tenía que parecerse al de una gallina

Aquí aparece otra trampa del lenguaje. Un huevo amniótico no necesita tener una cáscara rígida como la que encontramos hoy en un supermercado. Existen huevos con cubiertas fuertemente mineralizadas y otros con una cubierta más flexible, parecida al pergamino, y la estructura exacta cambió una y otra vez entre distintos linajes. 

Eso significa que hace unos 340 millones de años no apareció de repente un animal poniendo algo parecido a un huevo de gallina. Lo que apareció fue un conjunto de adaptaciones reproductivas que podía modificarse de muchas maneras; algunos animales conservaron huevos rígidos, otros desarrollaron cubiertas más flexibles y otros terminaron reteniendo al embrión dentro del cuerpo. 

Los mamíferos llevaron esta última estrategia todavía más lejos y, salvo excepciones como los monotremas, dejaron de poner huevos. En su lugar, desarrollaron sistemas de reproducción interna mucho más especializados y la evolución no abandonó el problema del desarrollo embrionario; simplemente encontró soluciones diferentes. 

Entonces, ¿cuándo apareció el huevo de gallina?

Aquí sí podemos regresar a la pregunta original. La gallina doméstica pertenece a Gallus gallus domesticus y desciende del gallo bankiva, Gallus gallus y su historia es muchísimo más reciente que la del huevo amniótico y está vinculada con procesos de domesticación ocurridos hace miles de años, no cientos de millones. 

Eso significa que cualquier huevo puesto por un animal ancestral de las gallinas existió mucho antes que la primera gallina. Y aquí aparece la segunda pregunta que suele mantener vivo el debate: ¿hablamos de cualquier huevo o del huevo que contenía al primer animal que nosotros llamaríamos gallina?

Si hablamos de cualquier huevo, gana por goleada

No hace falta complicarlo demasiado. Los huevos existían cientos de millones de años antes de que aparecieran las gallinas, así que si la pregunta es simplemente "¿qué fue primero?", el huevo gana con una diferencia enorme; mientras que los primeros amniotas ya utilizaban este tipo de estrategia reproductiva cuando todavía faltaba muchísimo tiempo para que existieran las aves. 

Y ni siquiera necesitamos centrarnos en el huevo amniótico para que la diferencia temporal sea clara. Antes de la gallina hubo peces, anfibios, reptiles, dinosaurios y una enorme diversidad de animales que produjeron huevos en distintas formas, y la gallina llegó muchísimo después a una historia evolutiva que llevaba millones de años en marcha. 

Pero si hablamos del huevo que contenía a la primera gallina, también gana

Aquí es donde la evolución vuelve la respuesta todavía más interesante. Podemos imaginar una gallina completamente formada apareciendo de golpe, pero la evolución no funciona como un interruptor que un día está apagado y al siguiente se enciende. Las poblaciones cambian generación tras generación y las diferencias se acumulan poco a poco.

En algún punto del linaje que terminó dando origen a las gallinas domésticas, un animal muy parecido a una gallina, pero todavía perteneciente a una población ancestral, puso un huevo. 

El individuo que salió de ese huevo tendría las características que, desde nuestra perspectiva retrospectiva, nos permitirían considerarlo la primera gallina de esa población. 

Eso significa que, incluso si definimos la pregunta de la forma más estricta posible —"¿qué fue primero, la primera gallina o el huevo del que nació?"—, seguimos teniendo al huevo por delante. La primera gallina tuvo que desarrollarse dentro de un huevo puesto por un animal que todavía no llamaríamos gallina

Por supuesto, no existe un fósil que podamos señalar y marcar con una etiqueta que diga "aquí nació la primera gallina". La evolución no deja fronteras tan limpias entre generaciones y especies, pero lo que tenemos son poblaciones que cambian con el tiempo hasta que, desde nuestra clasificación posterior, terminamos utilizando un nombre diferente. 

Gallinas

México también tiene una ventana hacia esta historia

Todo esto puede parecer una historia de fósiles encontrados muy lejos de México, pero el país también conserva evidencia de aves que vivieron mucho antes de que existieran las gallinas modernas. La UNAM documenta a Alexornis antecedens, un ave enantiornita que vivió hace aproximadamente 80 millones de años en lo que hoy es Baja California. 

El fósil fue encontrado en la Formación La Bocana Roja, en el municipio de Ensenada, y correspondía a un ave pequeña, de alrededor de 11 centímetros de longitud. No era una gallina ni un antepasado directo de las gallinas domésticas, pero sí pertenecía a un grupo de aves mesozoicas que ya estaba diversificándose mientras los dinosaurios todavía dominaban numerosos ecosistemas. 

La conexión mexicana, entonces, no está en que aquí haya aparecido la gallina. Está en algo mucho más interesante: México conserva fósiles de animales que forman parte del enorme árbol evolutivo que precedió a las aves modernas y, muchísimo después, a las gallinas. 

La UNAM también estudia los huevos de dinosaurio de una manera bastante peculiar 

Y México no solo tiene fósiles de esas aves antiguas. Investigadores del Instituto de Química de la UNAM han estudiado proteínas intraminerales presentes en cáscaras de aves y reptiles, incluidas muestras de dinosaurios. Esas moléculas permiten comparar características relacionadas con la formación del cascarón y buscar señales útiles para estudiar la evolución de distintos grupos. 

Abel Moreno Cárcamo y su equipo compararon cáscaras de gallina y de aves ancestrales con muestras de cocodrilos y dinosaurios. En ese proyecto, investigadores del Instituto de Geología de la UNAM proporcionaron restos de cáscaras de cinco hadrosaurios de aproximadamente 70 millones de años, encontrados en El Rosario, Baja California

Para estudiarlas utilizaron técnicas como microdifracción y microfluorescencia con radiación sincrotrón, capaces de detectar señales químicas muy pequeñas. Es una forma bastante peculiar de mirar hacia el pasado: en lugar de estudiar solamente los huesos del animal, también es posible analizar la química que quedó atrapada en el cascarón. 

Un cascarón puede guardar pistas de millones de años

Los investigadores aislaron, purificaron y caracterizaron proteínas intraminerales presentes dentro de los cascarones y compararon muestras de distintos grupos de animales. Encontraron diferencias entre aves neognatas, grupo al que pertenece la gallina, y aves paleognatas como el avestruz, el emú, el kiwi y el ñandú, además de comparar esas estructuras con las de cocodrilos y dinosaurios.

Esto no significa que podamos abrir un fósil y encontrar dentro la respuesta literal a "¿qué fue primero?". Las moléculas no funcionan como una máquina del tiempo. Lo que hacen estos análisis es aportar pistas sobre cómo cambiaron determinadas estructuras y procesos a lo largo de la evolución. 

Y eso es suficiente para entender algo importante: no necesitamos encontrar una gallina fosilizada de cientos de millones de años para reconstruir la historia que llevó hasta ella. Podemos combinar fósiles, anatomía comparada, filogenia y evidencia molecular para seguir el camino evolutivo. 

La biología molecular tampoco cerró el dilema por sí sola

Aquí conviene poner un freno a una idea que suena muy bien en un titular: que la “biología molecular” acaba de resolver para siempre el problema del huevo y la gallina. 

Los estudios moleculares pueden comparar genes y proteínas, reconstruir relaciones evolutivas y ayudar a estimar cuándo se separaron distintos linajes, pero no existe un análisis que haya recuperado el ADN de una gallina de cientos de millones de años. 

Los trabajos de 2021 y 2023 que hemos revisado hacen algo diferente. Uno analiza la evolución de distintas características del huevo amniótico y otro utiliza fósiles y filogenia para reconstruir estrategias reproductivas ancestrales. Ambos ayudan a contar la historia del huevo, pero ninguno fue un experimento diseñado para decidir literalmente entre “huevo” y “gallina”. 

Por eso tampoco hace falta vender el resultado como un descubrimiento que acaba de cerrar un misterio de miles de años. La explicación evolutiva lleva mucho más tiempo entre nosotros y se vuelve bastante clara cuando dejamos de imaginar que las especies aparecen terminadas de un momento a otro. 

De hecho, la evolución cuenta una historia todavía más extraña

Uno de los detalles más llamativos del trabajo de 2023 es que las estrategias reproductivas de los primeros amniotas probablemente fueron mucho más variadas de lo que suele contarse. 

La retención prolongada de embriones pudo ser una condición ancestral, lo que significa que la historia del desarrollo embrionario no fue simplemente "salir del agua y empezar a poner huevos". 

Todavía encontramos parte de esa diversidad en los animales actuales. Algunas especies ponen huevos, otras retienen los embriones durante más tiempo y otras dan a luz crías vivas. La evolución no siguió un único camino, sino que modificó diferentes soluciones dependiendo del linaje y de las condiciones en las que vivía cada animal. 

Y eso hace que el viejo dilema resulte todavía más curioso. Mientras nosotros intentamos decidir entre dos opciones aparentemente cerradas, la naturaleza pasó millones de años probando distintas maneras de resolver el mismo problema: cómo proteger y desarrollar a un embrión. 

Huevos

La gallina aparece casi al final de una historia larguísima

Para cuando apareció el linaje que acabaría dando origen a las aves modernas, el huevo amniótico llevaba funcionando durante cientos de millones de años. Después llegaron una enorme variedad de reptiles, dinosaurios y aves, y solo mucho más tarde aparecieron los animales que acabarían conduciendo a las gallinas domésticas. 

Visto desde esa escala temporal, la gallina es casi una recién llegada. El huevo, en cambio, llevaba muchísimo tiempo formando parte de la historia evolutiva. Ni siquiera estamos hablando de un único tipo de huevo, porque las formas y estrategias reproductivas cambiaron una y otra vez durante ese largo proceso. 

Por eso el dilema parece difícil solo cuando imaginamos dos objetos perfectamente definidos: una gallina por un lado y un huevo por el otro. La evolución cuenta algo mucho menos ordenado y, justamente por eso, mucho más interesante. 

Entonces sí: primero fue el huevo

Si por "huevo" entendemos cualquier huevo, no hay prácticamente discusión: los huevos existían muchísimo antes que las gallinas. Si hablamos específicamente del huevo del que nació la primera gallina que nosotros reconoceríamos como tal, también podemos resolverlo evolutivamente, porque esa ave tuvo que desarrollarse dentro de un huevo puesto por un progenitor que formaba parte de una población ancestral. 

Lo importante es no imaginar una frontera mágica. No hubo una mañana en la que un animal completamente distinto pusiera un huevo y, de repente, apareciera una gallina perfecta como si la evolución hubiera pulsado un botón. Las poblaciones cambian generación tras generación y, después de muchísimo tiempo, terminamos utilizando nombres distintos para linajes que ya se han separado lo suficiente. 

Así que el viejo dilema tiene una respuesta bastante sencilla cuando lo miramos desde la biología evolutiva: primero fue el huevo. El huevo amniótico apareció unos 340 millones de años atrás; las aves llegarían muchísimo después y la gallina doméstica sería apenas la última invitada a una historia que ya llevaba cientos de millones de años. 

Y quizá esa sea la parte más divertida de todo esto. La ciencia no encontró un "huevo ganador" después de una competencia eterna entre dos candidatos; simplemente mostró que el problema estaba planteado con una falsa disyuntiva y el huevo no tuvo que esperar a que existiera una gallina: fue la gallina la que llegó muchísimo después a una historia que había comenzado mucho antes.

Imágenes | Pexels

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